“Cuando canta Gardel todos nos reconocemos. Él canta por todos nosotros”

“Cuando canta Gardel todos nos reconocemos. Él canta por todos nosotros”

6Jun21 0 Por editor

Felipe Pigna ha publicado hace unos meses una biografía de Carlos Gardel que merece contarse entre lo mejor de su producción. Una lectura recomendable, más allá de algunos reparos.

Por Daniel Campione

Gardel

Felipe Pigna

Buenos Aires. Planeta. 2020. 568 páginas.

La frase del título está tomada de Vicente Zito Lema, revista Crisis, 27 de julio de 1975. (Citado en Gardel, p. 526) Según Zito Lema la frase reproduce el testimonio de un camionero del Mercado de Abasto, pronunciado delante de la tumba de Carlos Gardel.

La dimensión y persistencia de la leyenda gardeliana es tal que hasta los intentos que se han hecho de refutarla contribuyen a su fortalecimiento. Trasciende fronteras; territoriales o cualesquiera otras. Más de cuatro décadas después de aquella “Tragedia de Medellín”, Luis Alberto Spinetta ubicó, en su composición El anillo del capitán Beto a “…la foto de Carlitos…” sobre el comando de una nave espacial.  Como se recordará, la conducía un colectivero porteño e “hincha” de River. Viniendo de Spinetta podría aplicarse a la referencia al gran cantor  la frase atribuida a José María Gatica en otras circunstancias, “dos potencias se saludan”.

El libro que publicó hace poco Pigna se encara con el mito sin pretender combatirlo. Eso sí, lo trata con la mediación de una “montaña” de erudición. Incorpora desde libros y artículos periodísticos escritos cuando el llamado Zorzal todavía estaba con vida hasta publicaciones académicas muy poco anteriores a la salida de este trabajo.  Y si bien no hurga en documentos inéditos, hace prolijas recorridas por la correspondencia y otras piezas que han sido reproducidas en otras obras, o hicieron parte de compilaciones en su momento.

Con esa base bibliográfica y documental le agrega su propio sesgo al perfil del ídolo: Pinta a Gardel como un hombre que, sin ser militante, ni siquiera muy politizado, tenía fuertes simpatías por las clases populares y por los movimientos políticos que se oponían a las dictaduras de minorías privilegiadas. Y aparecería por lo tanto como contracara de los capitostes de la “década infame”, la que le tocó transitar en su período de mayor repercusión artística popular. Asimismo exalta la identificación del hombre del Abasto con el tango como expresión popular, en épocas en que “nacionalistas” retrógrados, católicos integristas y “oligarcas” a secas lo despreciaban; e incluso lo perseguían a partir de una moral pacata.

No es que el autor escamotee ninguna información. No deja de mencionar a la canción grabada en homenaje al golpe que derrocó a Hipólito Yrigoyen, y hace referencia a le relación del artista con dirigentes locales del partido conservador. Incluso se ocupa con detenimiento de sus ostentaciones de riqueza y el gusto por la vida de burgués adinerado. Pero a la hora de la valoración da preeminencia a la letra “social” de Acquaforte por sobre la admirativa hacia la vida “bacana” de Aquellas Farras o la pro golpista de Viva la Patria. Y destaca con mucha frecuencia los gestos de amor a los pobres y desamparados que prodigaba el artista nacido en Francia.  Un acercamiento algo mordaz podría afirmar que el Morocho descripto en el libro tiene un costado “nacional popular”, antes de que el término y hasta el concepto existiesen.

Más allá de esas ambigüedades político-sociales cabe coincidir con el autor en la enorme sensibilidad del cantor criollo para edificar su propia leyenda y conmover al público. Claro que sobre la sólida base de la calidad de su voz, volcada en interpretaciones que no podían sino cautivar. Otro acierto es el de proponer una visión desacartonada del ídolo, incluyendo los amoríos o su desbordada pasión por el turf.

Más discutible es que se detenga  más en la última etapa del artista, y dentro de ella en su  carrera cinematográfica y sus grandes éxitos en el resto del mundo. Puede dejar con el deseo de un tratamiento más pormenorizado del desempeño artístico de don Carlos en su propio país. Y de una atención más detenida sobre su repertorio musical previo a los grandes éxitos de sus películas, que por cierto albergan grandes interpretaciones musicales, junto con desempeños actorales por lo menos discutibles. Algún esquemático podría opinar que faltó “más” Bailarín compadrito o Bajo Belgrano aunque fuera a costa de “menos” Cuesta bajo y El día que me quieras.

En un pasaje de la introducción el escritor manifiesta que en un momento pensó contar “desde Gardel” la historia argentina entre 1890 y 1935. No es eso lo que ha hecho, sino proporcionar algunos encuadres, tanto de la historia local como de la mundial, al recorrido gardeliano. Muy breves, esas contextualizaciones no están entre lo mejor de la obra. Hasta se desliza algún error, como cuando se afirma que en 1935, durante el famoso debate conocido como “de las carnes”, Lisandro de la Torre lo llevó adelante en el Senado y Alfredo Palacios en la Cámara de Diputados. Ocurre que ambos ocupaban sendas bancas de senadores en ese momento. De todos modos las narraciones históricas más generales pueden constituirse en una guía aceptable para lectoras y lectores no avezados en el conocimiento de la época.

Sin duda el núcleo de la obra reside en la minuciosa narración de la trayectoria vital del biografiado, remontándose desde un esbozo sobre la juventud de su madre a una mirada detenida en torno a la leyenda que nació con el artista en vida; pero se engrandeció  casi al infinito después de su muerte.

Al momento de esbozar un balance, es ineludible la mención de las prevenciones que a menudo despierta la carrera del autor. A partir de su trilogía Los mitos de la historia argentina,Pigna logró ser un fenómeno de ventas. Que no se quedó en el formato de libro.  Se proyectó a los medios, incluso a programas televisivos en horario central, con una audiencia nada desdeñable, aún para los altos estándares de la televisión comercial. Presentaciones públicas en los más variados formatos completaron el suceso del autor.

No sabemos si en las tan particulares condiciones impuestas por la pandemia el éxito de ésta, su última publicación, logrará estar a la altura del de sus libros más vendidos. Lo que sí parece es que este trabajo puede sobreponerse a las objeciones que suscita su fulgurante recorrido por la industria cultural.  Y a las opiniones que han asignado rasgos de mera divulgación con fines mercantiles a toda su producción.

Creemos que este Gardel no desentona frente al más académico de Simón Collier o al aún más minucioso de Julián y Osvaldo Barsky. Y puede complementarse de buen modo con los trabajos que dedicó Miguel Ángel Morena a la vida artística del gran cantor rioplatense. Para los que no hayan leído aún ninguna biografía del Maestro, esta obra puede ser una buena vía de entrada. Quienes recorrieron alguna de las otras, podrán encontrar iluminados aspectos aportados por investigaciones recientes,  o por fuentes no disponibles para los otros investigadores mencionados, cuyos trabajos tienen ya algunos años.

Quizás sea adecuado cerrar este comentario con algunos versos de alguien que merecería ser un gran mito de la poesía nacional, así como Carlos Gardel lo fue del tango:

 “Su voz fue el instrumento. Voz Gardel, voz mañana,

voz para la memoria de un cielo con ventana.

Su eternidad, la leve luna negra del disco

desde donde su espectro azul se asoma

compadreando al olvido

Fragmento de un poema de Raúl González Tuñón, reproducido por F. Pigna en la página 544 de Gardel.

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