Otra historia de cagones

Otra historia de cagones

16Jun21 0 Por Admin

Algunos se tapaban la nariz, otros me puteaban y me preguntaban si me había limpiao el tuje o qué. Yo estaba colorao de la vergüenza por las mujeres que me miraban y que no decían nada pero por dentro habrán pensado ¡qué viejo sucio!

Hector Zuñiga, alias Panini

OTRA HISTORIA DE CAGONES 

Había ido a Monteros por un trámite que tenía que realizar en el Consejo Deliberante de la ciudad, y bajaba por la céntrica calle Colón ya de regreso para tomar el Santa Lucía en la esquina de Corroto: desocupado, desembarazado de dicho trámite, mientras, de tanto en tanto pispeaba alguna vidriera sorprendido del altísimo costo de las cosas.

¡Por las nubes, carajo!

¡Qué lo parió -murmuré-. Se fue todo a la mierda!

¡¡Pannini, viejo querido!!, ¿cómo estás che? Tiempo hace que no te veo. No me digás que vas a comprarte esas zapatillas. Se ve que tenés plata.

Me di la vuelta para saludar al dueño de una voz tan particular… particular como su humor.

¡Hoola amigaso, que placer volver a verte -dije emocionado realmente de encontrarme con semejante personaje-. No te imaginás el alegrón que me das. 

A la pucha, veo que no andás solo, ¿quién es éste caballerito? -le pregunté, mientras le pellizcaba el cachete al nenito que traía de la mano-. ¿Tu hijo?

-Eso dice la bruja, jajajá.

-Pero es parecido a vos -afirmé-. Tiene tu misma cara.

-Haceme creer nomás -dijo otra vez carcajeándose-. Que luego te pago una gaseosa.

He trabajado con éste tipo en Río Negro en una chacra dónde éramos unas veinte personas entre hombres y mujeres.

Guapo como el solo, pero chupador. No había sábado que no se emborrachaba. Cuando volvíamos por la noche de hacer las compras del pueblo, destapaba una “quincha” (damajuana) sacaba los puchos, buscaba la gaseosa y enchufaba la radio, colocaba un pendrive y daba volumen a la música con Jorge Veliz y el Super Quinteto a full, aunque se haga agua el helao. Si el mundo se caia en pedazos, él no se iba ni a enterar.

-He visto que ahora sos escritor Panini. Tus lecturas están dando frutos, parece -me decía mientras me palmeaba el hombro-. ¿Cómo se llamaban esos libros que llévaste el año que estuvimos trabajando pal lado de Allen?, ¿te acordás Panini? Uno creo que hablaba de espías y el otro, si no me equivoco era del peruano ese que te da vuelta la cabeza.

-Vargas Llosa -dije para ayudarlo a recordar-. Y el otro era de un norteamericano: Dan Sherman, el título que tenía, “Dinastía de espías”, el del peruano: La tía Julia y el escribidor.

-Ajá, si. Esos eran… ahora que lo decís me acuerdo. Claro, que bárbaro. Nosotros te veíamos ahí sentado en una banca, o en el piso, o en la cama; siempre con algunos de esos libros en la manos. Mientras truqueábamos o jugábamos con la pelota en esa canchita pelada que si te caías te raspabas todo. Echábamos una mirada y te veíamos reír. Pensábamos ; éste está loco. Le falta un tornillo.

Hace unos día le dije a mi mujer: vieja, vení que quiero que veas algo. Y le mostré tus escritos en el celular y tu foto. ¿Y ese, quién es? Me contestó una vez que miró tu foto. 

-“Como que quién es -le dije y le aproximé el aparato a los ojos -. Mirá bien… ¿lo sacás ahora? No, me dijo la muy bruta, no sé quién es. 

¡Panini! El grandoto de ojos pintos, el de los libros cuando estábamos en Río Negro.

Ajá, tenés razón. ¿Él escribe eso? 

-Pará, pará -lo detuve-. ¿La madre de ésta criatura también trabajaba ahí en la chacra? 

Por supuesto -me contestó-. Si de ahí ya la venía junando. Ella trabajaba con el viejo “Tonetti”, el que curaba la muela. Tenían la pieza al lado de la del cabezón González.

Ah, mirá vos -me sorprendi. Me costó un poco levantarla, pero lo logré, y anduvimos noviando como cerca de un año, hasta que nos casamos cuando se quedó embarazada “del que te jedi”, dijo haciendo una leve inclinación de cabeza hacia la criatura. 

-Y en qué momento la chamuyabas, si vos vos vivías en pedo. 

Cuando hicimos el “asao” de fin de cosecha ya habíamos cambiado palabras un par de veces antes antes cuando nos cruzábamos y ahí cuando la saqué a bailar le di un apuron y me dijo que lo iba a pensar. Que me pasaría el número para que la llame cuando estemos aquí en Tucumán…y me pasó nomás, y la llamé y bueno, se dió y aquí estamos.

-Mirá Panini, “la peor es nada” me está esperando en el correo por eso te voy a contar rápido algo que me pasó un día que con la cuadrilla del Patón Benegas, un vago del barrio donde vivo desde que me casé. Andábamos limoneando al otro lao de la ciudad. En una finca enorme y con lomadas para un lado y para el otro. ¿Sabés la cagada que teníamos? Quedábamos, como decís vos, hecho mierda. No teníamos respiro. Encima con las escaleras al hombro. Eran pesadisimas, como de una tonelada. Imaginate subir esas lomas.

La fruta así, (me mostraba como era formando un aro con la mano) no servía, pero pa nosotros, porque los industriales hacen guita hasta de las cáscaras. No desperdician nada.

La orden era trabajar en grupos de ocho, de nueve, o de diez Cosecheros en lo posible. A mi me tocó con los más viejos y no me quedó otra que apechugar. Qué se le va hacer. Lo que te toca, te toca y ya.

Agarramos un montón de filas y nos distribuimos y mientras cortábamos nos cagábamos de risa con las bromas que se hacia. Lentamente nos ibamos arrimando a la tranquera, igual que con lo que te estoy contando para que lo subas al face, y me acuerdo que en las últimas plantas nos amontonamos como bosta de cojudo.

-Subí a la escalera ,Piruchín”, que yo corto por abajo -le dije acomodándole el fierro en la planta para uno de los petisos que teníamos en el grupo-. Y cuando él subió me metí a cortar por dentro de la planta justo debajo de él.

¡¡Piruchín!! -que pasa lobizon, me contestó, que te duele-. No se aguanta el olor a pata que tenés jajajá, hijo de puta ¿que, no te lavas?

Todos se cagaban de risa. Hasta Piruchín lo tomó con gracia. Jajajá.

Terminamos esa jornada como te dije hecho pelotas y nos fuimos primero a dejar los fierros en la loma del kinoto porque (yeta puta) se había roto el carretón que las transportaba, y de ahí recién al colectivo.

Piruchín, haceme un favor, llevame la mochila, que echo un buen “garco” y voy.

Cuando subí al cole un rato después ya estaban todos, solo faltaba yo. Iba a sentarme y te juro Panini que ni yo me aguantaba el olor a mierda, jajajá, trasminaba como si me hubiera “cagao” el pantalón. Algunos se tapaban la nariz, otros me puteaban y me preguntaban si me había limpiao el tuje o qué. Yo estaba colorao de la vergüenza por las mujeres que me miraban y que no decían nada pero por dentro habrán pensado ¡qué viejo sucio!

Me dió la mano y me reiteró que la suba al face, que él estará a la espectativas. Se fue con la criatura por la Colón con rumbo al correo. Iba riéndose a carcajadas. Y yo me quedé en el mismo lugar, también riéndome como un loco, mientras la gente pasaba mirandome. Vaya a saber que dirían.

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