“La economía popular ya despuntaba detrás de los piquetes”

“La economía popular ya despuntaba detrás de los piquetes”

26Jun21 0 Por Tramas

Entrevista a Miguel Mazzeo*

Tramas: En los últimos tiempos venís trabajando sobre la economía popular. Señalaste que bajo ese rótulo se encuadran experiencias muy diversas, con diferencias profundas de concepción. Conociste la experiencia de la Coordinadora Aníbal Verón y a Darío Santillán ¿Cómo caracterizás ese movimiento?

MM: En el universo de la Economía Popular podemos encontrarnos con concepciones muy diversas. Tanto en el marco de Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) como por fuera de ella. Simplificando al extremo, obviando la paleta de grises, podemos identificar dos grandes concepciones: la economía popular como “complemento” o como “alternativa” al capitalismo.

En el primer caso se sobredimensionan los aspectos pasivos y adaptativos de la economía popular. Entonces, desde este emplazamiento, se promueve su integración subordinada al capitalismo y se considera que su desarrollo depende de su articulación virtuosa con el mercado capitalista. Por lo general esta concepción remite a iniciativas productivas en esferas marginales, a unas funciones paliativas.

En el segundo caso se plantea la posibilidad (y la necesidad) de construir un sector orgánico alternativo al capitalismo. A partir de este objetivo, se ejerce una crítica a los procesos de mercantilización y a la idea del trabajo como mercancía, se auspician formas de propiedad social y comunal de los medios de producción se revindica el concepto de “bienes comunes”, se cuestiona el rol del Estado como garante de diversos tipos de renta.

El brasileño Paul Singer hablaba de “economías no capitalistas desarrolladas en medio del capitalismo, pero anticipando una forma futura de producción no capitalista”. En estas coordenadas se enmarca la concepción de la economía popular como alternativa al capitalismo. Por otra parte, también podemos ver en esta concepción un conjunto de respuestas: al devenir renta de la ganancia capitalista, al abandono del capitalismo de toda función progresiva respecto de las fuerzas productivas y la erradicación de la escasez; a la financiarización que impulsa la integración de las y los pobres al sistema y la ampliación de las fuentes de plusvalía, a la “acumulación por desposesión” de la que hablaba David Harvey.

Es importante destacar la experiencia del “movimiento piquetero”, puntualmente: la experiencia de las organizaciones de trabajadores desocupados y trabajadoras desocupadas que hace más de 20 años fueron pioneras en la reconversión de los subsidios al desempleo en proyectos productivos autogestionados. La Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón es un buen ejemplo. La economía popular ya despuntaba detrás de los piquetes. Esta experiencia nos muestra un proceso de creación de medios populares de producción y la complementariedad que existe entre la autogestión económica y el autogobierno político.

La reivindicación de la autonomía fue la marca distintiva de ese movimiento. Esa autonomía remitía a la voluntad popular de sustraerse a una reproducción subordinada a la articulación con el Estado y, por ende, dependiente de los aparatos tradicionales de mediación política. Era la reivindicación de la autonomía ideológica y política del proletariado extenso respecto de las clases dominantes, fortalecida por una autonomía “material”. Por eso, experiencias como la de La Verón, o figuras emblemáticas como la de Darío Santillán, remiten a un momento histórico en el cual se instaló con fuerza la idea de lo comunal, del autogobierno popular y del poder popular como elementos constitutivos e innegociables de un nuevo universo moral, intelectual y militante. Algo así como un intento fugaz de construir una gubernamentalidad socialista.

T: Diecinueve años después de la Masacre de Avellaneda los movimientos territoriales han sufrido cambios y han mantenido disputas y negociaciones con gobiernos de distintas orientaciones. ¿Qué cambios te parecen los más significativos y que elementos presentes en estos movimientos favorecieron esos cambios más allá de las influencias de los gobiernos?

MM: Hay que decir primero que la posibilidad de la autonomía se fue delineando en un contexto de debilidad de los aparatos especializados de mediación política, especialmente del peronismo, que se suponía irrecuperable después del infamante episodio menemista. Después de 2001, con la recomposición de esos aparatos, la posibilidad de la construcción autónoma se fue desdibujando; esa forma de construcción comenzó a exigir una serie de recursos ideológicos y políticos que los movimientos territoriales (y el conjunto de las organizaciones populares) no poseían. Y no hubo tiempo para generarlos. Luego, sin esos recursos, los movimientos territoriales quedaron a merced del Estado (y de los viejos aparatos políticos, algunos reconvertidos) y fueron perdiendo sus rasgos antisistémicos y contraculturales más característicos. Aquí tenemos un cambio importante, un momento de quiebre del orden de lo macro.

Los movimientos territoriales que apostaron a una construcción autónoma, nunca lograron salir del anti-estatismo defensivo para pasar a una práctica orientada a la construcción de un bloque de fuerzas sociales a través de la acción política. El Frente Popular Darío Santillán (FPDS) fue un intento en ese sentido, es decir, un intento de pensar-hacer la independencia política de los y las de abajo, de articular retaguardias sociales y proyectos políticos. Por eso hoy, a la distancia, le asigno un enorme valor como experiencia histórica. Sin dudas, quedará como antecedente de futuras razones contra-hegemónicas.

Otro momento de quiebre se dio cuando un conjunto de movimientos territoriales hizo una apuesta por el Estado, más o menos fervorosa, según los casos. En las instituciones del Estado burgués, la forma es el contenido. Estas no poseen unas dimensiones “estrictamente administrativas”. La función centralizadora del poder siempre implica una capitalización del mismo en función de intereses de clase. Por eso, de ningún modo, estas instituciones pueden concebirse como ámbitos privilegiados para la autodeterminación de los y las de abajo, para el desarrollo del poder popular.

Por supuesto, considero que sí pueden pensarse, en/desde esas instituciones, intervenciones político-administrativas que no conspiren contra las instancias de poder popular. Y hasta podría llegar a plantearme la posibilidad de que las alienten, espacialmente en contextos de marcado y firme avance popular. Por supuesto, no tomo en cuenta intervenciones del tipo: “solucionar los problemas de la gente”, sino otras más afines al fortalecimiento y la consolidación de las organizaciones de la sociedad civil popular y los diversos entramados comunitarios.

Pero para que esas intervenciones sean posibles se requieren modificaciones significativas en las correlaciones de fuerza de la sociedad y esas modificaciones, a su vez, reclaman la constitución de un sujeto histórico popular que anticipe la nueva sociedad en un plano material, ideológico y cultural. Un sujeto que se constituya al paso de la construcción de su poder autónomo.

Es decir, esas intervenciones benéficas del Estado/desde el Estado solo son factibles en tanto y en cuanto las clases subalternas y oprimidas logren constituirse como clases para-sí. La experiencia histórica señala que nunca conviene confiar en el “momento estatal” como promotor de dicho proceso constitutivo. Por el contrario, todo indica que los roles “benéficos” del Estado están en relación directa al grado de autodeterminación de la sociedad civil popular. Lo que salta a la vista es que, sin grados elevados de autodeterminación, las organizaciones populares y los movimientos sociales tienen muchas posibilidades de ser fagocitadas o neutralizadas por el Estado y sus instituciones.

No se puede construir un bloque social revolucionario desde el Estado, desde un ministerio, desde la gestión y las “políticas públicas”. Las concepciones “institucionalistas”, invocan en vano el concepto de poder popular, porque para ellas el sujeto histórico es el Estado. Ningún poder ejercido individualmente, del tipo “poder ciudadano”, merece el rótulo de poder popular. Solo el poder colectivo de los y las de abajo, un poder con proyecciones contra-hegemónicas, puede llamarse poder popular. No se construye poder popular con sujetos electorales, con sujetos beneficiarios de políticas públicas.

Por insistir en la idea de que el Estado es un campo de lucha, muchos movimientos territoriales se olvidaron de las luchas que acontecen fuera del Estado, las que suelen ser las más importantes, las que, en última instancia, tienen incidencia decisiva sobre el Estado.

T: Alguna vez hiciste referencia a un “vandorismo de pobres”. Ves alguna relación entre el proceso de los movimientos territoriales con el proceso de burocratización sindical que encarnó Augusto Vandor en la década de 1960.

MM: En los movimientos territoriales, especialmente en los urbanos, priman enfoques sindicalistas de la economía popular. Lo primero que deberíamos preguntarnos es si los formatos sindicales son los más adecuados para los movimientos territoriales, para un sujeto social de las características del precariado y para las experiencias socio-productivas de la economía popular. Yo tengo mis serias dudas. Dicho todo esto al margen de que ese sindicalismo pueda ser más o menos combativo, más o menos clasista. Pero si no contribuye a la politización de los espacios reproductivos del trabajo y la vida, la corporativización del precariado puede ser contraproducente, socialmente disciplinadora, más allá de algunas “conquistas” parciales.

Entonces, cuando decimos “vandorismo de pobres”, nos planteamos los riesgos de generar una burocracia de la pobreza, de entronizar a una capa de gestores de la miseria encargados de organizar la gobernabilidad y no de dirigir el conflicto social.

De este modo, el “vandorismo de pobres” remite a la organización del precariado a los fines de ejercer presión sobre Estado para obtener concesiones parciales, que pueden ser muy necesarias pero que no cuestionan el fondo estructural generador de pobreza, en realidad no cuestionan la riqueza. Se trata de una práctica que favorece la integración subordinada del precariado al sistema, al tiempo que fortalece unos aparatos político-sindicales y debilita a las bases. Por eso mismo es una práctica profundamente antidemocrática, empirista y anti-intelectual.

La cuestión política es clave. Si los movimientos territoriales se comprometen con frentes políticos que sustentan proyectos neo-desarrollistas, gestiones “progresistas” del capitalismo, difícilmente los movimientos territoriales podrán avanzar en la construcción de ámbitos de resistencia a la mercantilización y la economía popular no tendrá muchas posibilidades de desarrollarse como sector orgánico alternativo porque ese objetivo se desdibuja.

T. ¿Cuáles son las experiencias territoriales que hoy más entusiasman?

MM: En general todas las experiencias territoriales, que nuclean a sujetos plebeyos, y que de algún modo contribuyen a la recomposición de un sujeto popular en alguna de sus dimensiones, me generan algún grado entusiasmo, por lo menos de mediano o largo plazo y más allá del perfil de sus dirigencias y del carácter de sus posicionamientos políticos.

Tengo expectativas en que estas experiencias logren salirse de la objetividad social y política impuesta por las clases dominantes y el capital e instituida por el Estado, en que las dirigencias estén a la altura de sus bases y que contribuyan a politizar el hambre y no a moralizarla o a usarla como prenda de negociación con el poder. Confío en que las propias condiciones históricas hagan posible un nuevo ciclo de revalorización de la autonomía, la voluntad y la acción directa como medios para ejercer el control democrático de la existencia social. Aspiro a que la lucha de los y las de abajo alumbre una nueva universalidad emancipatoria, y genere un sustrato común, fruto de una construcción plural y de la combinación de los elementos más disruptivos de diversas identidades.

Considero que el acompañamiento indirecto a proyectos vinculados a algunas fracciones de las clases dominantes (digamos, neo-desarrollistas), que la participación en frentes políticos ajenos (aunque sean “defensivos”), limitan enormemente las posibilidades de estas experiencias, retrasan la adopción de un proyecto propio de/para las descamisadas y los descamisados del siglo XXI, y frenan toda transición a una sociedad poscapitalista. Con estas opciones desperdician las ventajas estratégicas de aquellas experiencias que prefiguran la sociedad futura y que, al mismo tiempo, le sirven de fundamento a un proyecto político transformador.

Finalmente, considero que ante el conflicto capital-vida, los movimientos territoriales tendrán que apurar las definiciones drásticas. ¿Cuál es su propuesta para contrarrestar el dominio apabullante del primero? ¿Cómo ayudarán a que ese conflicto adquiera más visibilidad de la que tiene? Lo más importante: ¿Cómo harán (cómo haremos) de la vida una fuerza social y política? Sin dudas, ninguno de estos interrogantes podrá ser resuelto por un gobierno de expertos, por elites filantrópicas, por las inoperantes instituciones del viejo Estado que no están a la altura de los problemas de nuestro tiempo y de nuestro pueblo.

*Profesor de Historia y Doctor en Ciencias Sociales. Docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y en la Universidad de Lanús (UNLa). Investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC-Facultad de Ciencias Sociales-UBA). Escritor, autor de varios libros publicados en Argentina, Venezuela, Chile y Perú. A fines de la década de 1990, se vinculó a los grupos que formarían la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón del sur de Gran Buenos aires. Fue militante del Frente Popular Darío Santillán (FPDS) desde su fundación en 2004 hasta 2013.


Compartí esta entrada en tus redes sociales
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter