Juan l. Ortiz: naturaleza, poesía y comunismo

Juan l. Ortiz: naturaleza, poesía y comunismo

22Jul21 0 Por Nilda Redondo

La concepción del poeta entrerriano Juan Laurentino Ortiz (1896-1978) respecto del comunismo entre todos los seres de la naturaleza es marginal en el seno del marxismo. Recién luego de las insurrecciones estudiantiles de mayo de 1968 en París, comenzó a expandirse una nueva concepción del espacio y de la naturaleza, entre las que se destacan la de Henri Lefevre.

Naturaleza y comunismo

David Harvey, discípulo de Lefevre, recuerda que Frederich Jamenson, marxista de la posmodernidad, en 1984 “atribuye la transformación posmoderna a una crisis de nuestra experiencia del espacio y el tiempo, crisis en la que las categorías espaciales pasan a dominar a las del tiempo” (2008: 225). Además, Harvey reconoce que las concepciones del espacio varían según las diversas culturas y los mundos espaciales de los niños, los enfermos mentales, las minorías oprimidas, las clases sociales, los pobladores urbanos y rurales, pero que sin embargo “existe un sentido englobante y objetivo del espacio” (227). Sostiene que las teorías sociales como las de Carlos Marx, Max Weber y Adam Smith privilegiaron el tiempo sobre el espacio en sus formulaciones. Para estas teorías el “progreso fue su objeto teórico y el tiempo histórico, su dimensión fundamental (. . .) el progreso entraña la conquista del espacio, la destrucción de todas las barreras espaciales, y por último, la aniquilación del espacio a través del tiempo”(230).

En el Manifiesto Comunista, de 1848, Carlos Marx y Federico Engels habían consagrado la importancia de la industrialización a la que consideraban motor del progreso y aún de socialización en la base material de la producción; es decir que la industria, resultado del dominio del hombre burgués sobre la naturaleza, creadora de una de las fuentes de la civilización, las ciudades, desarrollarían en su seno al sujeto social de la revolución: los proletarios. Es importante sin embargo advertir que la concepción relativa a la emancipación del hombre y de la sociedad es diversa en los Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844 de Marx, puesto que allí se habla de naturalización del hombre y humanización de la naturaleza. Sin embargo, la tendencia que predomina por largo tiempo es la industrialista y eurocéntrica por la cual se considera que las conquistas y colonizaciones han sido producto del progreso y que éste es necesario. En todo este despliegue ni los pueblos sometidos, ni la naturaleza dañada aparecen como conflicto.

Rompieron con la teoría del progreso tan positivista, marxistas como Walter Benjamin o Ernst Bloch. Ambos consideraban que la revolución debía interrumpir la secuencia del progreso burgués. En susTesis sobre la historia, última obra de Benjamin próxima a su suicidio en 1940, se alegorizaba el progreso con la imagen del ángel mirando hacia atrás -del cuadro de Paul Klee “Angelus Novus”- y viendo la ruina que habían producido la ciencia, la tecnología y la explotación capitalista.

Susan Buck-Morss en Origen de la dialéctica negativa, refiriéndose a Theodor Adorno señala que este filósofo nunca aceptó la dicotomía naturaleza-historia y sostuvo que “no eran excluyentes sino mutuamente determinantes: cada uno era la clave para la desmitificación del otro. En ambos conceptos, la potencialidad para el análisis dialéctico residía en sus significados multidimensionales” (2011: 139). Adorno le asignó un carácter histórico a la naturaleza en el sentido de considerar que es el resultado de una construcción social. Le atribuyó un sentido dinámico, en interacción con el sujeto social y no consideró que fuera inerte o pasiva, sólo esperando para ser dominada. Esta fue la razón por la cual, rechazaba la teoría del progreso y no consideraba que la historia tuviera a los obreros como los predestinados a impulsar la emancipación. La concepción de naturaleza de Adorno estaba, señala Buck-.Morss, emparentada con los Manuscritos Económico-Filosóficosde Marx. Pero el rechazo de la historia como progreso no significó para Adorno mitificar la naturaleza, por el contrario, consideraba que era fundamental cambiarla. Buck- Morss afirma que la concepción de la dialéctica de Adorno estaba más cerca del paradigma marxista de la dialéctica del trabajo que de la historia de la lucha de clases.

La revolución comunista china, triunfante en 1949, cuestionó un aspecto fundamental de la teoría clásica marxista porque esa revolución se asentó en un pueblo campesino y además se produjo a pesar del deseo del Estado soviético, que impulsaba por entonces su llamado socialismo en un solo país como condición previa a la expansión del socialismo en el resto del planeta.

A fines de los años 50 Juan Ele viaja y opta a favor de la China comunista, pero su pensamiento poético político no deja de ser singular aún en este contexto. Se fascina con los ideogramas, los poetas, los pájaros, las flores y las aguas de los ríos de China, aunque la naturaleza ya venía siendo aprehendida por el poeta desde su Entre Ríos natal, no como paisajismo nacional sino como universal comunitario, al que incorporaría luego la conmiseración por los sufrientes, los explotados, los niños, los marginados, todo lo fracturante de la armonía universal.

Entre las utopías que describe y comprende Ernst Bloch en El principio esperanza aparece un apartado que denomina “Los aledaños del tiempo libre: utópico buen retiro y pastoral”. Dice allí que consiste en pensar cómo desearía llevar uno su vida libre a lo que se agrega también dónde, por lo que se piensa el “más hermoso espacio abierto libre”. Afirma que este espacio del tiempo libre es una “naturaleza despoblada aunque no hostil al hombre, en suma, la naturaleza utopizada como idilio”. Esta naturaleza es, entonces, “una categoría utópico social; una categoría que pertenece a la sociedad justamente porque contrasta con ella en su artificiosidad y también en su vacío (2006: 517). Relaciona estos deseos con la tradición romántico individualista y la sintetiza en el afán de vivir retirado.

Juan Ele, sin embargo, tampoco es un individualista romántico aunque tiene una profunda raíz romántica su concepción de la poesía y de la política. Pero además, Juan Ele es comunista y no considera que haya ninguna incoherencia entre ser profundamente sensible y estar atravesado por el sufrimiento, los sentidos, las sensaciones de lo demás, tanto humano como no humano. Su pensamiento utópico comunista lo lleva a considerar que esa comunión ha sido herida pero nunca de muerte absoluta porque puede ser restituida. Numerosos poemas suyos nos lo dirán, en los que sin embargo se advierte una diferencia entre el Juan Ele creyente en el triunfo indefectible de la revolución en el seno de la humanidad – “No podéis, no, prestar atención” de El Ángel inclinado (1937)– y el de El junco y la corriente (1971), “Cantemos, cantemos”, en el que se aspira la reconciliación entre todos los seres vivientes.

En “Las prosas del poeta”, María Teresa Gramuglio dice que la añoranza de una comunidad perdida obedece en Ortiz a su pertenencia a la tradición romántica referida en el poema “22 de junio” del libro El álamo y el viento (1947). Allí se coloca a los poetas como defensores de los sueños porque “la poesía fue nostalgia, mis amigos,/ de la comunidad que ahora sabemos cómo florecerá” (2005: 310). Gramuglio dice que el núcleo más poderoso de la poesía de Ortiz es “la visión de una abolición de todas las divisiones, la de un encuentro de cada uno de los hombres consigo mismo, con los “otros”, con las cosas y con la naturaleza toda” (2005: 990). Se trata de una verdadera comunión en donde se destaca “que ahora sabemos cómo florecerá”, colocando en el territorio de la certeza la posibilidad de utopía a la vez que atribuyendo una enorme capacidad predictiva a la poesía.

Poesía, marginalidad y comunismo

Considero que la de Juan Ele es una marginalidad compleja en la que se cruzan las tensiones entre los comunistas y el establishment; las de los partidos comunistas prosoviéticos y la emergencia comunista maoísta; entre una concepción marxista cercana al positivismo, la teoría del progreso y el industrialismo y otra no, centrada en la dialéctica entre trabajo y naturaleza no mitificante de la historia y de la línea temporal sino integradora de lo espacio-temporal; finalmente Juan Ele es hundido en el olvido por el genocidio, que incluyó el incendio de su obra completa en tres tomos, En el aura del sauce editada por la Biblioteca Constancio Vigil de Rosario, en 1971- obra que recién fue reeditada en 1998 por la Universidad Nacional del Litoral-. En este último sentido es “marginal” como Francisco Urondo, Haroldo Conti, Miguel Angel Bustos o Roberto Santoro, entre otros, de quienes se quiso borrar la memoria y el conocimiento de sus obras.

Desde muy joven -1912- se sumó a los movimientos políticos radicales y anarquistas. En 1917 fundó el grupo “Amigos de la revolución soviética”. Permaneció por lo menos hasta fines de la década de 1940 bajo la égida del Partido Comunista Argentino, como puede verse en la alabanza que le hace Agosti en 1938 y que incluye en Defensa del realismo, aún en la segunda edición de 1955. Pero, en 1957, Juan Ele viaja por China y otros países socialistas y esto no sólo significa una opción personal a favor de la revolución china sino que lo desgracia con el PCA, y sus núcleos de intelectuales.

Mientras Juan Ele dedicaba al advenimiento del comunismo chino el poema “Cuando digo China…”, de El junco y la corriente incluido en En el aura del sauce en 1971, pero escrito en su viaje a China en 1957-, Agosti como director de Cuadernos de Cultura en su N°66 de enero- febrero 1964, en la nota editorial “En defensa del marxismo – leninismo”, escribía que los dirigentes chinos configuraban una explosión dogmática y se constituían en una “estéril rama que se pretende mostrar como expresión de una doctrina que es, por antonomasia, lozana y fresca-”(1964: 5).

En cambio para Juan Ele, China comunista expresa la posibilidad de la realización de la utopía, el bienestar de la humanidad, el lugar de las flores y de las mariposas, de las piedras, las espigas y las ramas, el retorno a la inocencia de la niñez y la desaparición de las lágrimas.

La particularidad de este poeta maoísta es que él lleva al máximo la identidad del poeta con el revolucionario pero no lo hace en términos de singularidad sino como el representante de la comunidad, el que percibe lo que está en el inconsciente colectivo en momentos histórico-sociales de corta y larga duración. Su concepción de la creación, de la persona y de la poesía tiene un carácter también comunista. Y desde ese comunismo se constituye lo lírico, lo trascendente, lo capaz de atravesar el instante pero también el espesor del colectivo humano y no humano. Por esto afirma que “el individuo debe morir como individuo para poder ser persona “(Bignozzi, 2012).

Su otra particularidad es que la comunidad deseada -y vista en acto en la experiencia del socialismo chino- abarca a la totalidad de los seres de la naturaleza y de la sociedad humana. No es sólo una emancipación del hombre, la ruptura de los lazos de explotación y opresión implantados por una minoría hacia una mayoría de sufrientes; es además la posibilidad de la armonía con una naturaleza que a su vez se humaniza y se crea cada vez, sin detenciones.

La concepción de Mao y el maoísmo tiene puntos en común pero en otros es divergente. Podemos leerlo en un artículo de Los Libros N°42 de julio-agosto 1975: “Texto inédito de Mao” en el que critica las tesis del manual de economía política de la Academia de Ciencias de la URSS; se destaca, además, que la transformación de los intelectuales es una tarea central en el socialismo, “hay que ayudarlos a cambiar sus hábitos, su concepción del mundo y sus puntos de vista” (27); la revolución tiene tres frentes: el político, el económico y el ideológico. La base de la transformación socialista no es la industria pesada, como dice el Manual de la URSS sino que primero hay que propagar el marxismo como se hizo en China (27).

En este pensamiento maoísta no desaparece el concepto de desarrollo ni de la necesidad de la industrialización que necesariamente entra en conflicto con la naturaleza, pero sin embargo no es el motor de una sociedad socialista, que llega a serlo cuando logra sacarse los ropajes ideológicos y culturales burgueses. En esa transformación tiene un papel central el intelectual, entre los cuales está el poeta, como propiamente lo es Mao.

Pero este debate, como todos los del campo revolucionario, quedó trunco, arrancado de cuajo, enmudecido. No sólo por los secuestros, y torturas seguidas de muerte; no hubiera alcanzado a Juan Ele si sólo fuera eso, sino porque buscó exterminar a la totalidad de una cultura de izquierda que se preparaba para fundar una sociedad socialista. Por eso quemó tantos libros, demonizó la palabra comunismo y en el terreno de la poesía volvió a implantar la cultura de la estigmatización del compromiso ético.

Nilda Redondo. Facebook: Nilda Redondo / Instagram @nildasusanaredondo

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