Juegos Olímpicos de Tokio 1964 y 2020

Juegos Olímpicos de Tokio 1964 y 2020

26Jul21 0 Por Silvio Schachter

Del amateurismo a la sponsorización, de la guerra fría a la pandemia

 Casi seis décadas después, Tokio vuelve a ser nuevamente sede del  máximo evento del deporte, un privilegio que han tenido  muy pocas ciudades.

Controversias y conflictos en el Olimpo

Los cambios operados en este periodo, tanto en el contexto internacional como en el mundo del deporte, signan a estos JJOO, atravesados por  la polémica generada por la pandemia, que llevó a postergarlos por un año.

Cuando en marzo  de 1896, el  rey Jorge de Grecia pronunció por primera vez las palabras que serían rituales: «Declaro abierto los Primeros Juegos Olímpicos Internacionales de Atenas» El barón Pierre de Coubertin y los otros promotores del primeros juegos olímpicos modernos, no podían imaginar el camino que recorrerían los JJOO, hasta transformarse en un gigantesco  acontecimiento seguido por multitudes de todo el mundo y que, junto a los sorprendentes  récords,  genera cifras multimillonarias para el Comité Olímpico Internacional (COI).

Los JJOO solo fueron  suspendidos  durante las dos  guerras mundiales, pero como  en  Tokio 2020, otros juegos estuvieron atravesados por conflictos, polémicas y sucesos dramáticos. En los juegos de  1936, realizados en el Berlín de Hitler, la estética nazi puso un marco siniestro para un acontecimiento dirigido a exaltar al Tercer Reich. La  República Española estuvo entre los pocos países que se negaron a participar. Los esfuerzos propagandísticos  se extendieron mucho más allá de los juegos  con el lanzamiento mundial, en 1938, de Olympia, el controvertido documental dirigido por la cineasta alemana y seguidora nazi Leni Riefenstahl. En 1972 en  los segundos juegos realizados en  Alemania, en la ciudad  de Munich, un comando autodenominado  Septiembre Negro produjo una  masacre donde 11 atletas de la delegación de Israel fueron asesinados y  fueron abatidos 5 atacantes.  Ocho años después un nuevo conflicto afectó a los juegos de  Moscú  de 1980.  66 países, Argentina entre ellos, se plegaron al boicot de EEUU con el argumento de repudiar la presencia soviética en Afganistán. En otra paradoja del  sinsentido de la política  internacional, en 2001 EEUU ocupó Afganistán y lleva dos décadas de una presencia  militar que solo sirvió para agudizar la crisis en ese país y la región.

Otros conflictos siguieron presentándose en  la realización de los JJOO,  entre ellos el principal caso de corrupción en su historia, que  estalló al conocerse  los sobornos y los obsequios que varios miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) recibieron para designar a Salt Lake City para los  juegos de invierno  de 2002 y más recientemente  en Sochi 2014 cuando  la búsqueda desesperada de éxitos tuvo un hito difícil de igualar. El estado ruso promovió un sistema de dopaje masivo de sus atletas para encabezar el medallero, por lo que en diciembre de 2019 la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) excluyó a Rusia de las competiciones internacionales durante cuatro años. En otros eventos, como en Rio 2016, la polémica se generó con el manejo  de los fondos para la realización de las obras y las consecuencias para los moradores desplazados para la  construcción de estadios e instalaciones complementarias. Según un estudio realizado por la Universidad Federal de Rio de Janeiro (URFJ), entre 2007 y 2016, fueron removidas 7.200 familias de 23 comunidades.  En las de Seúl 88 hubo 72.000 desplazados, y en Beijing  casi 100.000, de 15 aldeas. En el caso de Atenas 2004, el país anfitrión asumió una deuda que no estaba en condiciones de afrontar y que cinco años después desembocó en la mayor crisis socioeconómica de Grecia. Al igual que en el caso de  Rio, la mayor parte de las instalaciones deportivas, que supuestamente quedarían para disfrute de la población, están abandonadas y sin mantenimiento. Fueron proyectadas para satisfacer exigencias del COI, sin pensar en una escala acorde al contexto y sus posibilidades de uso y conservación futuras.

En el caso de Tokio 2020 la controversia principal giró en torno a los riesgos que suponía realizarlos en medio de  la  expansión de la pandemia del COVID 19. La decisión de varios Comités Olímpicos  nacionales de no participar, Canadá y Australia fueron los primeros en desistir,  forzó a las autoridades niponas a aceptar su postergación por un año, con la expectativa de que el flagelo estaría controlado. La preparación de los deportistas fue severamente alterada y la falta de público en los eventos sumada al sistema de burbujas, configuran un hecho inédito en la historia olímpica.

En marzo de 2020 se decidió retrasar un año los Juegos de Tokio, asumiendo que en el verano de 2021 la pandemia estaría controlada. En Japón había en julio de 2020, 600 casos diarios hoy Japón tiene 4.000 casos diarios y solo el 20%  su población totalmente vacunada. En el resto del mundo había 200.000 infectados por día y hoy hay más de 500.000. Pocos días antes de la fiesta inaugural  Seiko Hashimoto, presidenta del Comité Organizador de Tokio 2020 y vicepresidenta del Comité Olímpico Japonés, ha anunciado en rueda de prensa que la situación sanitaria es “lamentable” y que, tristemente, no se permitirá la entrada de ningún espectador a la gran fiesta del deporte mundial.

La guerra fría sin tregua olímpica

En 1959 Tokio fue elegida sede para los JJOO de 1964, serían los primeros JJOO en el continente asiático. En ese momento  el país necesitaba  limpiar la imagen exterior del país, tras pertenecer a las fuerzas del Eje en la II Guerra Mundial. El Tratado de San Francisco, firmado el 8 de septiembre de 1951, marcó el final de la ocupación de EEUU y cuando entró en vigor el 28 de abril de 1952, Japón fue una vez más un Estado independiente.

Como era de esperar, el sombrío recuerdo de la guerra impregnó todos los rincones de aquellos juegos  de 1964, que tuvieron lugar tan solo diecinueve años después de la derrota de Japón. El estadio de Jingū Gaien, donde se desarrollaron algunas de las competiciones, había sido testigo de ceremonias de envío de estudiantes al frente años atrás. La mayoría de los japoneses conservaba vivos recuerdos de la guerra. Las bases militares estadounidenses de Tokio se devolvieron a Japón, y la villa olímpica y el Gimnasio Nacional de Yoyogi se construyeron en los terrenos donde antes se erigía el complejo de viviendas militares Washington Heights. El  prestigioso e innovador arquitecto  Kenzō Tange fue quien  diseño el  gimnasio.

Gracias a los JJOO, el paisaje urbano de la capital se embelleció y las bases estadounidenses desaparecieron del centro. Tokio 1964 brindó al Japón de posguerra la oportunidad de mostrar su capacidad tecnológica y desempeñó la función de distraer a los japoneses del recuerdo de la guerra.

Uno de sus momentos más memorables llegó cuando el último portador de la antorcha, Yoshinori Sakai, escaló hasta las estrellas para iluminar el Caldero Olímpico. Sakai nació en la ciudad de Miyoshi, el mismo día en que la bomba atómica explotó en Hiroshima, el 6 de agosto de 6 de agosto de 1945 tan solo a pocos kilómetros al norte de su ciudad natal.

El contexto  de la guerra fría no pudo eludirse. China no participó de los juegos, dejaría el movimiento olímpico en 1958, por la decisión del COI de admitir la presencia de Taiwan, defendida por todos los miembros de occidente. Recién  volvería al COI en 1979. En 1952 la URSS  se integró al COI y las tensiones  en las relaciones sino-soviéticas también se expresaron en el movimiento olímpico. En 1961, la llamada crisis de Berlín derivó en  la construcción del muro y en ese mismo año una fuerza mercenaria apoyada por EEUU desembarco en Bahía Cochinos, Cuba. Un año después la instalación de misiles soviéticos en la isla caribeña se vivió como la  posibilidad más real del inicio de una guerra nuclear. En abril de 1964, pocos meses antes de los juegos, EEUU aumentó su presencia en la guerra de Vietnam, con el envío masivo  de tropas y recursos.

Lejos parecía  entonces el ideal olímpico de aportar a un mundo de paz y confraternidad a través del deporte. La confrontación  política entre las superpotencias también llevó a la disputa por las medallas, un frente en el cual cada cual quería mostrar su superioridad. El resultado en Tokio 1964 fue de absoluta paridad,  la URSS obtuvo  96 medallas y EEUU 90. Entre ambas delegaciones obtuvieron el 38 por ciento de los podios, sobre 93 países participantes.

En el terreno estrictamente deportivo, entre lo más notable de esos juegos estuvo el triunfo del etíope Abebe Bikila, que ganó la  maratón por segunda vez,  hecho que nunca volvería a repetirse. El estadounidense Bob Hayes, que logró correr en 10 segundos los 100 metros llanos transformado en el más veloz del mundo y la gimnasta artística soviética Larisa Latýnina, que ya había triunfado en los dos Juegos anteriores, y con su actuación en Tokio se convirtió en la deportista más laureada de la historia olímpica, con dieciocho medallas, solo superada 48 años después por el nadador Michael Phelps. En 1964 todavía la discriminación por género era notoria, de les 5,151participantes, 4,473 fueron hombres y 678 mujeres. En Tokio 2020 el 48 por ciento de les participantes son mujeres.

Amateurs y super-profesionales

Tokio 2020, tiene lugar en otro mundo. Además del contexto excepcional que impuso la pandemia, ya no existe  la URSS. Se realizaron otros dos JJOO en Asia,  Seúl 1988 y Beijing 2008. Y  Japón ya no es la principal nación  asiática. Ese lugar lo ocupa China, que es la potencia emergente que le disputa la supremacía económica, comercial y también deportiva  a EEUU.  Hoy el desafío que enfrenta  la humanidad es   cambiar el modo civilizatorio del  capitalismo depredador, que ha puesto en riesgo la existencia de la vida en el planeta. El despilfarro de recursos, incluidos los invertidos en la JJOO son puestos en cuestión. No sorprende entonces que  varias ciudades hayan depuesto sus candidaturas por la oposición de sus habitantes. 

El cambio más radical que ha vivido el movimiento olímpico, ha sido el tránsito del amateurismo a la súper profesionalización del  deporte, donde la utilización de la tecnología aplicada a los medios de comunicación incorporó a millones de espectadores-consumidores, dando lugar a la sponsorización, donde les atletas y los espectáculos son un vehículo para la difusión de mercancías y les mismos protagonistas son transformados en sujetos – objetos  parte del negocio.

Durante las primeras décadas de los Juegos Olímpicos de la era moderna, el mantenimiento de la calidad de aficionado a expensas de profesionalismo era una prioridad para el Comité Olímpico Internacional. Durante un largo periodo por ser acusado de profesional, especialmente en caso de victoria, se han despojado a varies atletas de títulos y se les impuso la prohibición de participar en torneos olímpicos.

Si bien durante mucho tiempo hubo una línea imprecisa que se dio en llamar deporte semiprofesional, es en los setenta y abiertamente en los ochenta cuando se consolida la idea de los  juegos olímpicos rentables. Y por tanto la necesidad de contar con las estrellas profesionales para así garantizar la audiencia y en consecuencia el aporte de los sponsors.

Este cambio coincidió con la presidencia al frente del  COI del español Juan Antonio Samaranch, un empresario admirador de Francisco Franco,  quien declaró en 1975: “Considero que la figura y la obra del Caudillo quedarán en la historia como las de uno los jefes de Estado más importantes del siglo XX”. Durante su mandato de 20 años se eliminó el carácter amateur de les participantes en los principales deportes, permitiendo la participación de deportistas profesionales. Samaranch transformó al COI en una corporación del deporte,  cambió  el patrocinio olímpico a favor del COI y quitando ese rol a la ciudad organizadora.

De acuerdo a sus propias cuentas, el próximo ciclo olímpico generará unos 8.000 millones de dólares para el COI, que lo administra discrecionalmente con el eufemismo  del espíritu olímpico. Sus miembros ejecutivos al igual que los de la FIFA, pertenecen a la élite mundial y mantienen estrechas relaciones con los líderes políticos y los grandes empresarios de las ciudades que visitan.

Los ingresos de esta multinacional del deporte con sede en Lausana, Suiza, provienen de cuatro fuentes: televisión, patrocinadores internacionales y nacionales, entradas y licencias. El COI se encarga de los derechos de televisión y de los sponsors internacionales, mientras que los otros rubros son gestionados por los organizadores olímpicos de la sede elegida.

El lema en latín de los JJOO ”Citius, altius, fortius”  que significa: “ás rápido, más alto, más fuerte”, bien puede ser aplicado a los costos e inversiones necesarias para su realización. En las últimas décadas el aumento del gasto en los Juegos Olímpicos alcanzó niveles inimaginables. Pasó de US$ 3,800 millones en Seúl, 1988 a US$ 34,000 millones en Beijing, 2008 Aunque los deportistas no cobran por parte del COI, los negocios de contratos y premios especiales se hacen de acuerdo a los resultados. El gobierno de España, por ejemplo, en los JJOO de Rio, pagó a sus representantes 94.000 euros por cada oro, 48.000 por la plata y 30.000 por el bronce.

El deporte espectáculo tiene un pilar clave en las cadenas de televisión y los medios en general. La imagen y las noticias se concentran en los récords y las figuras que los producen, en la exaltación de los hombres y mujeres excepcionales que logran marcas increíbles. Sus historias personales dan lugar a documentales que magnifican las posibilidades de triunfo basadas en la dedicación y el empeño individual. Una meritocracia deportiva donde, además del culto a la voluntad, se glorifica la bendición biológica de las condiciones naturales.

La apología del deporte de alta competición manifiesta un tipo de relaciones de poder que desde arriba ejercen las poderosas y burocráticas organizaciones del deporte. Cuando hablan de la aspiración a la excelencia, el noble afán de superación y el espíritu de sacrificio, en realidad nos dicen que el deporte mundial que vale es uno solo, el del éxito y los negocios.

A pesar de proclamar el rechazo a la discriminación, es un hecho lque la ampliación de los juegos paralímpicos, que han crecido sistemáticamente  desde su implementación por primera  vez  en Roma 1960, no debe ocultar las formas más sutiles del no reconocimiento al diferente. En este caso se trata de millones que no pueden acceder a la práctica de deportes y  quienes no forman parte de lo que se considera el pequeño núcleo de los capaces de ganarse un lugar en el podio.

El espectáculo debe seguir

Tokio 2020  se iba a desarrollar entre el 24 de julio y el 9 de agosto de 2020, pero, debido a la pandemia de COVID-19, que implicó  el abandono de Australia y Canadá, camino  que podrían seguir otros países, el 24 de marzo de 2020 el primer ministro, Shinzo Abe, y el presidente del COI, Thomas Bach, acordaron aplazar el evento por un año, manteniendo el nombre de «Juegos Olímpicos de Tokio 2020»

 “The Show must go one“,  es el título de la canción de  Queen, que  bien puede explicar por qué  a pesar de la pandemia y el rechazo de la comunidad científica, que criticó severamente  las medidas previstas, los JJOO no se cancelaron.

La supresión  completa costaría a Japón US $41.500 millones, basado en inversiones,  gastos operativos y pérdida de actividad turística. Las finanzas del COI sufrirían un duro golpe, solo  por derechos para transmitir los JJOO, en mayo de 2014, la cadena NBC aceptó pagar US $7.700 millones hasta la edición 2032. “Los socios tenemos cláusulas de protección, es lógico ya que pagamos por los juegos olímpicos”, aclaró el gerente de Samsung, quien expresaba  la posición de los otros  socios  permanentes del  negocio olímpico, Coca-Cola, Acer, Atos, Dow Chemical, General Electric, McDonald’s, Omega, Panasonic, P&G y Visa. Para Tokio 2020, cuatro años antes ya habían confirmado su participación otros 52 patrocinadores.

El COI impone una serie de condiciones que deben cumplirse a rajatabla, sin margen de discusión y que la mayoría de la población desconoce. Sus imposiciones repiten las formas de las exigencias de los grandes centros del poder económico y financiero mundial. El organizador no solo se compromete a realizar una serie de gastos en infraestructuras, seguridad o sanidad, sino que el gobierno avala cualquier tipo de pérdida en la que se pueda incurrir. Debe garantizar que no habrá otro evento similar durante las mismas fechas, proteger todas las marcas olímpicas, eliminar todo tipo de tasas e impuestos a bienes necesarios y a los extranjeros que trabajen en los JJOO. Deben asimismo aprobar una legislación para evitar el llamado ambush marketing, es decir que las marcas competidoras de los patrocinadores de los JJOO no pueden anunciarse ni en el transporte público ni en los aeropuertos.

Los JJOO, junto con los mundiales de fútbol, son los torneos que expresan más acabadamente como la globalización capitalista es capaz de combinar una sinergia de intereses deportivos, comerciales, económicos, políticos, culturales, comunicacionales, urbanísticos y sociales y resumir en una actividad de carácter planetario, la esencia de sus principales rasgos.

Sin duda la cancelación tendría a les deportistas como los principales perjudicados, particularmente a quienes practican disciplinas que no tienen presencia y exposición regular en los medios, ni forman parte de la elite profesional. Para ellos han sido años de preparación para competir en el máximo evento de su carrera y la frustración en su caso sería mucho mayor. La postergación y la incertidumbre, modificaron los planes y afectaron de modo diferente a las delegaciones que cuentan con menos recursos, Argentina entre ellas. Éstas siempre parten en desigualdad de condiciones con políticas y presupuestos que no tienen equivalencias con las principales potencias del deporte. A  este escenario hay que sumar las prácticas inéditas de controles sanitarios, burbujas y barbijos, y a la ausencia de público, todo  lo cual hará que Tokio 2020 sea recordado como los JJOO de la pandemia.    

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