América del Sur: Tiempo de incertidumbres y esperanzas

América del Sur: Tiempo de incertidumbres y esperanzas

31Jul21 0 Por Daniel Campione

Pensar hoy la situación de las distintas sociedades de Sudamérica requiere el análisis de procesos multiformes, en una situación en que se conjuga la rebelión popular, como en Chile y Colombia, con el estancamiento reaccionario en otras, como Brasil y el triunfo de un candidato de izquierda en Perú.

Estamos en medio de los sufrimientos por la pandemia, que ha acarreado un derrumbe del producto sin precedentes para las  economías latinoamericanas.  Al duelo por decenas de miles de muertos se unen las penurias por la caída del empleo, los salarios, el cierre total o parcial de actividades, el aumento de la precarización.

Varios países de la región están en tasas superiores al 10% de desocupación. A ellas hay que sumar los desalentados que dejan de buscar trabajo y los subocupados que trabajan menos horas que lo que desean y por lo tanto ganan menos de lo que necesitan.

Como contraparte, la pandemia ha sido una ocasión de enriquecimiento para los grandes capitalistas del continente. Las fortunas de los multimillonarios se han incrementado hasta un 70%, con respecto a las cifras de 2019. Al menos en el plano económico, el gran capital viene ganando la batalla del Covid 19. Para sus beneficios no hubo recesión que valga.

La conjunción de los dos puntos anteriores da una pauta clarísima del antagonismo de clases existente. Pierden los trabajadores y otros sectores populares y ganan los capitalistas. No hay punto intermedio ni pérdidas comunes.

Tiempo de esperanzas e incertidumbres.

Las sociedades latinoamericanas viven un momento político muy complejo. Está por definirse si la región va a experimentar un nuevo “ciclo progresista”; volverán a predominar regímenes proimperialistas y neoliberales o se dará cierto equilibrio inestable entre propuestas de signo opuesto.

En los tiempos más recientes hubo triunfos de la derecha, como en Uruguay y Ecuador, victorias más a la izquierda; y países donde aún gobierna la derecha, como Colombia y Chile, pero enfrentan impugnaciones masivas y movilizadas que ponen en riesgo ese predominio.  En Bolivia se ha dado un celebrado retorno del Movimiento al Socialismo al gobierno. Resulta muy esperanzador, porque demuestra que algunos triunfos del dinero y las armas pueden ser sólo provisorios.

Uno de los hechos más salientes de estos días, el triunfo de Pedro Castillo en Perú, atravesó por diversas maniobras de la derecha hasta que se hizo inevitable el reconocimiento de su victoria. Podemos hoy congratularnos de que un maestro de escuela, dirigente sindical, procedente de la sierra, campesino e indígena se ha convertido en presidente de Perú

Uno de los países donde el modelo neoliberal se había impuesto, parece listo para orientarse a un giro importante.  Entre los lineamientos del mandatario entrante está la perspectiva de una asamblea constituyente, una promesa que da lugar a las esperanzas populares a la vez que inspira desde ya fuertes resistencias entre los poderosos. Como en Chile se busca terminar con la constitución de Augusto Pinochet, en Perú se va contra la constitución de Alberto  Fujimori, impuesta después de su autogolpe.

Las fuerzas de la derecha están lanzadas desde el primer momento a un trabajo de desgaste. A imponerle al futuro gobierno de Castillo alianzas parlamentarias que lo condicionen, a promover a los reales o supuestos “moderados” de su alianza y a descalificar a les “radicales”, a hacer desistir al nuevo gobierno de seguir políticas de cambio profundo y resignarse a administrar lo existente.

Lo que ocurrió en Perú con el resultado electoral es una prueba válida para otros países de cómo juegan sus cartas el gran capital local y extranjero, y las mafias políticas de la derecha. Tratan de no reconocer los triunfos electorales de partidos y alianzas ajenos a su órbita. Se enarbolaron acusaciones infundadas de fraude. Existieron incluso llamados explícitos a una intervención militar. Esta vez hubo movilizaciones en defensa de la victoria de Castillo y les faltaron los apoyos internacionales necesarios.

Un antecedente dramático fue el de Bolivia en las elecciones de 2019, donde a partir de una falsa acusación de fraude, se instrumentó una sublevación que amenazó hasta la integridad física de los gobernantes y sus familias. Culminó con la intervención abierta de las fuerzas armadas, que forzaron la renuncia del presidente Evo Morales. Fue una maniobra con parecidos y diferencias con un golpe cívico militar tradicional, pero que marcó la renovada tendencia golpista de una burguesía dispuesta a horadar la legitimidad democrática con tal de imponer gobiernos afines. Debe servir de advertencia para el resto de los países.

Rebeliones populares y realineamiento de la reacción

Desde 2019 en adelante varios países sudamericanos han estado bajo el signo de la rebelión popular. Desde Chile en la segunda mitad de ese año, hasta la de Colombia a la que hemos asistido en lo últimos meses y que sigue en curso. Hubo fuertes movimientos de protesta en Ecuador, en Perú, el ciclo de golpe, resistencia y nuevo triunfo electoral del Movimiento al Socialismo en Bolivia que ya mencionamos. Diversas organizaciones obreras y populares, de campesinos, indígenas, de jóvenes, de mujeres,  han tomado parte, con diferentes grados de protagonismo en cada caso

 En Colombia la virtual insurrección se desenvolvió bajo la cobertura de un paro nacional y un Comité Nacional del Paro ejerciendo su dirección. . Por fuera del comité de paro actuaron sectores no sindicalizados, como estudiantes, campesinos, indígenas, cuantapropistas. Hay que tenerlos en cuenta a todos, para avanzar en una nueva concepción de la clase trabajadora e innovadoras articulaciones de distintos movimientos.

En el caso chileno es todavía más acentuado el protagonismo juvenil y de sectores de capas medias, sin que deje de haber participación sindical y de partidos de izquierda. Fuerzas más tradicionales pueden articularse con otras de reciente data, y la problemática de clase incorporar la especificidad de otras reivindicaciones y de colectivos diferentes.

Los gobiernos de los distintos países que atravesaron la rebelión respondieron con represiones que incluyeron actos despiadados.  No les alcanzó para sofocar la movilización en las calles. Y en el caso de Chile se vieron obligados a habilitar un proceso constitucional que no estaba en sus planes.

La posterior derrota en las elecciones constituyentes, tanto de las fuerzas de la derecha como de la Concertación, ha sido un indicador de la magnitud de la impugnación a las políticas neoliberales y de la crisis de los partidos tradicionales de la burguesía. Los altos porcentajes alcanzados por agrupaciones independientes, por fuera incluso de los partidos de izquierda fueron en la misma dirección. La elevación de una mujer mapuche a la presidencia de la asamblea constituyó un índice del cambio cultural en ciernes. El proceso constitucional podrá tener sus límites pero apunta a una democracia más genuina y a terminar con rémoras dictatoriales.

En Brasil, en cambio, el talante reaccionario y el negacionismo ante la pandemia de Jair Bolsonaro sigue impune. No hay una impugnación realmente masiva en las calles ni carriles institucionales que prosperen contra él, por el momento. Es el mismo país donde se destituyó a la presidenta Dilma Rouseff y se mantuvo encarcelado un buen tiempo al ex presidente Lula. En ambos casos con pruebas amañadas e interpretaciones jurídicas arbitrarias. Bolsonaro sigue en su cargo. Y se viene aplicando una dura reforma laboral que suprime derechos y somete a condiciones de superexplotación.

El gran empresariado y las fuerzas de la derecha pueden tener reticencias hacia el actual presidente o deplorar algunos “excesos” pero sigue allí. La expectativa es que pueda ser derrotado por el PT en las próximas elecciones, que se vea obligado a reconocer el resultado y se inicie un proceso diferente.

En Ecuador, que también fue campo de movimientos de rebelión, en su caso con importante presencia indígena, se ha asistido a un triunfo de la derecha en las últimas elecciones.  Un candidato-empresario logró imponerse, en lo que pueden tener que ver límites propios del “correísmo”, con sus dificultades para articular en los ámbitos de pueblos originarios.

El proceso bolivariano de Venezuela sufre el acoso del imperialismo y se encuentra con graves dificultades. El fracaso de la novedosa artimaña de crear un gobierno paralelo en manos del supuesto “presidente encargado” no aminoró las presiones económicas y políticas para derrumbar al gobierno de Nicolás Maduro. Se trata hoy del rescate del proyecto revolucionario, con trabajadores y pobres en el lugar protagónico.

La hostilidad del gran capital y el imperialismo norteamericano hacia cualquier proceso que se dirija no ya a una revolución sino a reformas importantes, es un sobreentendido de la política de nuestro continente.  El repertorio de hostigamientos se amplía y diversifica. La acción de los grandes medios se potencia con acciones judiciales, el llamado lawfare. Allí donde las fuerzas de la reacción no disponen de medios ni de jueces afines, la hostilidad se despliega a partir de tácticas violentas y sanciones económicas y políticas impuestas desde el exterior.

El gran debate está dado en cuanto a la estrategia y los recursos para enfrentar esas acciones. Es una gran necesidad la articulación entre pueblos y gobiernos que aspiran a preservar su autonomía, a sostener políticas económicas que no acaten las exigencias del capital y una política exterior que no acepte las imposiciones del imperialismo norteamericano.

El movimiento popular de América del Sur en perspectiva

La lucha de clases es también combate por la hegemonía política y cultural.  Vivimos tiempos de “guerra de posiciones” en términos gramscianos, donde las tensiones se despliegan en el mediano plazo. Necesariamente habrá avances y retrocesos en las distintas sociedades de América del Sur, sobre un frente de combate complejo, de múltiples aristas.

Un campo de lucha ideológica y cultural es el de la necesidad de entablar alianzas y entendimientos permanentes con todos los sectores explotados y alienados. Las clases subalternas necesitan abrir su enfoque a las demandas y las sensibilidades de los distintos sectores. Hoy no caben los enfoques vanguardistas ni las pretensiones de reducir diferentes identidades y necesidades diversas a la lógica de una sola de ellas.

Otro campo de acción insoslayable es la reivindicación de la auténtica soberanía popular, en momentos en que las derechas impugnan sin pudores los resultados del voto ciudadano. Y se acercan cada vez más a formas del golpismo que muchas y muchos consideraban superadas. Las organizaciones populares pueden y deben desarrollar un compromiso a fondo con el sentido más sustantivo y radical de la democracia. Una implícita rebelión contra una concepción de la soberanía popular que la limita al ejercicio del voto entre opciones diseñadas desde arriba, sin participación activa de las grandes mayorías

Hoy hay motivos para fortalecer la esperanza, sin bajar en ningún momento la guardia frente a las fuerzas de la reacción. Algunos países que han sido los mejores alumnos del neoliberalismo en la región han dado lugar últimamente a una rebeldía que no se había desplegado antes. Chile, Perú y Colombia, los tres países sudamericanos que quedaron al margen del ciclo progresista o de gobiernos nacional populares,  se alzan hoy contra las políticas neoliberales.

Tienen perspectivas de elegir gobiernos alejados de la políticas neoliberales. Y de abrir procesos constituyentes que, al calor de la movilización de masas, pueden dar lugar a cambios profundos, como los que hace años acompañaron a las nuevas constituciones de Venezuela y Bolivia.  En algún caso se puede descartar el futuro triunfo de insurrecciones populares, como  en Colombia. Los y las trabajadoras, organizados o no, tienen un rol protagónico para jugar en esos procesos.

Se trata de trabajar para que predominen en toda Nuestra América las ideas de superación del capitalismo, de dirigirnos hacia una sociedad signada por la propiedad colectiva, el cuidado ambiental, la perspectiva de género y sobre todo por la autoorganización y el autogobierno de las masas como realización de una nueva democracia.

Hay que desarrollar la capacidad para adaptar el pensamiento y la acción a los requerimientos de la actualidad y del futuro cercano. Ya no hay lugar para acciones con reflejos corporativos, centradas en las reivindicaciones económicas. Se trata de converger en el anticapitalismo, el ecosocialismo, el enfoque antipatriarcal. De orientarse hacia unas clases trabajadoras que apunten a ampliar sus horizontes y a contribuir a que el conjunto de los explotados y sufrientes den una disputa eficaz por la hegemonía.

La liberación de nuestro continente del dominio depredador del gran capital tiene que ser propósito del presente y mirada esperanzada hacia el futuro.

Este artículo se basa en una charla dada por el autor  en la mesa redonda “Avances, retrocesos y perspectivas de la unidad social, económica y política en Latinoamérica”, realizada el 30/7/2021 con motivo del Bicentenario del Perú por la Multisectorial Peruanos en el Exterior (PEX) de Argentina.

Foto: IEALC. Facultad de Ciencias Sociales. UBA.

Daniel Campione

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