El sexo de la mujer para el disciplinamiento social

El sexo de la mujer para el disciplinamiento social

19Ago21 0 Por Liliana Costante

Naturalizada por vastos sectores sociales, la violencia sexista subsiste frente a favorables avances en materia de derechos logrados en doctrina, jurisprudencia y legislación a partir de las luchas que los promovieron o coadyuvaron a dichos logros

La repudiable imputación a Florencia Peña –por parte de un legislador- de haber ido a la Quinta de Olivos a hacer fellatio al Presidente, excede regresivamente el de la posible infracción a la cuarentena 2020 porque se ancla en lo que una mujer puede con su sexualidad y, con ello, además, pretende inferencias sociales de igual laya. El silencio de mujeres de la misma bancada y espacio político que el agresor, muestra esa parte de la realidad social ‘entrampada en’ o abiertamente ‘decidida a’ mantener determinado statu quo regresivo.

Modelos antinómicos y Estado

El tema es el poder. En ese sentido funciona la trama de relatos sobre el sexo y la mujer, por la que ésta queda en uno de los extremos de las antinomias “buena/mala”, “virgen-santa/bruja-endemoniada”, “fuerte-débil”, “modosa/malcarácter”, “esposa-madre/puta”. Las características de las del primer término prefiguran a una mujer “confiable” a los efectos del lugar y la función social asignada, incluso en su participación en asociaciones civiles, religiosas, académicas, gremiales o políticas.

La praxis del Estado capitalista abreva en las referidas antinomias instituidas previamente. Las usufructúa profundizando niveles de desigualación social concentradas en la binomialidad clasista bajo esteriotipías funcionales a la dinámica y necesidades del orden socio-económico imperante. La reproducción de la especie se proyecta en la reproducción de la fuerza de trabajo. Sobre relatos milenarios elegidos por jerarquías religiosas dominantes de otrora, queda moldeado el deber ser del formato social en beneficio de las clases privilegiadas -aún en el protestantismo, más favorable al desarrollo capitalista-.  El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (Engels) ofrece el claro desarrollo de dicho tándem.

Desde finales del siglo XIX y luego durante el siglo XX se fue expandiendo la literatura científica al respecto. Es ineludible la referencia etimológica a la histeria (del griego hysteron, útero) cuya inespecificidad de síntomas y el éxito de un tratamiento experimental para hacer desaparecer aquéllos -el “masaje pélvico” en manos del galeno- tomó la forma de dogma degradante sobre la mujer y sobre su (in)satisfacción sexual. La feminización de aquellos síntomas aplicó para reafirmar el orden jerárquico -público y privado- frente a las mujeres -miles de las cuales fueron encarceladas, lesionadas o muertas por militar en la lucha por el derecho al voto-. Se inicia el siglo XX con rígidos cánones de la moralina religiosa y del conservadurismo liberal mientras se podía quemar vivas a trabajadoras en huelga para conseguir alguna mejora en las condiciones laborales del taller… y era asesinada Rosa Luxemburgo por su militancia revolucionaria. Época de procesos sociopolíticos en los que se rastrea también la posterior consolidación de organizaciones feministas batallando por derechos -no sólo civiles y políticos- mientras la literatura infantil hegemónica insistía con los modelos de clásica antinomia, con mujeres-princesas que duermen hasta que las besa un príncipe, o que murieron envenenadas y resucitan cuando las besa un príncipe, o con princesas rescatadas de su cautiverio por un príncipe, o princesas que no le hacen asco a besar a un sapo (que, obviamente, luego se transforma en príncipe). Otra nota se ocupará de los  ‘cuentos’. 

En el siglo XXI se redoblaron esfuerzos para lograr reconocimiento de la paridad y superar las causas de desigualación del género en el ejercicio de la sexualidad, mientras persiste una cierta incomodidad social cuando se plantea reflexionar sobre para qué es el sexo de la mujer -y, con ello, la mujer misma-. Las respuestas convergen en estructuras simbólicas y normativas sociales, religiosas y políticas también a partir del uso dado al conocimiento médico hegemónico sobre el organismo y la psicología de las mujeres.

Avances normativos y prácticas regresivas

Son indudables los avances logrados en poner el sexo de las mujeres en agenda política y coadyuvar a su garantía por lo menos normativa. Al art. 75, inc. 22 CN que constitucionaliza instrumentos internacionales de DDHH, la reforma de 1994 le asigna al Poder Legislativo la función de “Legislar y promover medidas de acción positiva que garanticen la igualdad real de oportunidades y de trato, y el pleno goce y ejercicio de los derechos reconocidos por esta Constitución y por los tratados internacionales sobre DDHH, en particular respecto de los niños, las mujeres, los ancianos y las personas con discapacidad. (…)” (art. 75 inc. 23 CN).

En ese sentido, leyes de contenido específico como la 26.618 de matrimonio igualitario o la 26.485 de Protección Integral, la sanción de la 27.499 -conocida como Ley Micaela- y la muy cercana en el tiempo Ley 27.610 de Acceso a la Interrupción voluntaria del embarazo -sancionada el 30/12/2020 y publicada en el Boletín Oficial el 15/01/2021-.No obstante lo dicho, persisten las prácticas regresivas. El orden patriarcal, como el clasista con el que se imbrica, se resiste no sólo a la práctica de la igualdad real de derechos y garantías, sino a la práctica de tal igualdad cuando es respecto de las mujeres. 

En las prácticas regresivas sexistas se exhibe la tendencia patriarcal asimilada que permanece latente aunque siempre activa a dar el primer golpe -y, de serle posible, también el último- cuando le resulte o considere “necesario” al interés que lo mueve.  Lo patriarcal en la relación binomial, expresa el ansia de dominar y el temor -de quien actúa regresivamente- a perder el lugar de poder conseguido. La violencia se expone abiertamente al enfrentar un disenso. La patriarcalidad -como el capitalismo- es antinómica a una praxis social democrática de base igualitaria. 

En la lucha por la incorporación legal del femicidio está la del reconocimiento del asesinato de una mujer como último peldaño de una escalera de violencias físicas, psicológicas y económicas anteriores al hecho luctuoso.

Cuando las agresiones no están destinadas a producir la muerte sino “sólo” la sumisión, los padecimientos integran esa bolsa de vergüenzas y clandestinidades en relaciones interpersonales –privadas, sociales, laborales, políticas- establecidas como relaciones de poder desigual a favor de quien grita o golpea más fuerte o de quien maneja la manutención o el salario.

El sexo no es ajeno: si la violencia del sistema capitalista nace de la apropiación originaria, la primera violencia contra la mujer y las mujeres es la de constituirlas en deudoras y culpables a partir de la experiencia aprehendida de un deber ser que las desapoderada, y del castigo merecido si desobedece. .

Desafíos

Dentro y fuera del ámbito de organizaciones feministas, subsisten controversias teóricas ‘basadas en’ o ‘en derredor a’ el sexo y la mujer, que necesitan ser zanjadas positivamente y en la práctica social. Esto integra el enorme desafío que tenemxs mientras vamos creciendo en conciencia. La urgencia de incentivar y acompañar los pasos que se van dando en aras a un proyecto político emancipatorio que lo integra, importa asumir como género las diferencias hacia el interior de éste, teniendo presente que los escollos ideológicos metabolizados a sangre y fuego respecto al sexo, siguen conduciendo a mujeres y diversidades a la vergüenza, a la autorecriminación y al padecimiento en la clandestinidad.

A quienes nos convoca una ideología opuesta al clasismo y al sexismo nos cabe asumir estos y otros desafíos con mayor predisposición y ahínco.  

Liliana Costante Facebook: /liliana.costante.5| Instagram: @lilianabeatrizcostante|

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