Una libreta roja

Una libreta roja

20Ago21 0 Por Eduardo Lucita

Los laberintos de la memoria son muchas veces inextricables, recuperan del olvido hechos, situaciones, circunstancias, historias que no se sabe donde estaban guardadas. Es el caso de un joven veinteañero que ya a mediados de los lejanos años ’60 del siglo pasado estudiaba y trabajaba en Buenos Aires y que en cuanto podía viajaba a su pueblo. Un balneario de nuestro litoral marítimo, de anchas playas en aquel tiempo, agreste por su vegetación, sus médanos vivos y sus calles de tierra, que comenzaba a popularizarse. Lugar elegido por mochileros y campamenteros de aquellos años, también por familias de origen alemán.

En la temporada de verano solía pasar allí un mes corrido, aparte de ir casi todos los fines de semana. Colaboraba con su padre que por ese entonces regenteaba uno de los restaurantes más distinguidos, caracterizado por un salón con techo abovedado de ladrillos a la vista y sus columnas. También la decoración, escasa pero de muy buen gusto, que le daban un estilo europeo, diría que vienes.

Allí trabajaba según las necesidades del día. Bien detrás del mostrador atendiendo los pedidos de bebidas y postres, o como adicionista o mozo de salón. Aprendió el oficio de su padre, que a su vez lo heredó del suyo, un abuelo francés al que no conoció. No era como ahora que el mozo carga un talonario y una birome y anota los pedidos y luego al servir pregunta que le corresponde a cada uno. No, el mozo retenía los pedidos en su memoria y luego servía los platos a cada comensal sin equivocarse. Era una condición del oficio. También que se sirve por la derecha y se retira por izquierda, que hay que saber ganarse la propina, traducido: ser amable y estar atento sin ser cargoso. Que hay que evitar el movimiento en vacío, esto es moverse sin nada que llevar o traer, que es necesario caminar lo mínimo posible, ya que al final del día el cansancio y los dolores en las extremidades inferiores se sienten.

Como debía combinar vacaciones con trabajo su compromiso era estar en el salón de 12.30 a 15 y de 20.30 a 23hs. Los horarios de ese entonces no eran los de ahora. Los turistas incluidos los jóvenes, créase o no, disfrutaban de la playa, de las caminatas por el bosque, de las cabalgatas por los médanos… la nocturnidad no pasaba de la 2-3 de la mañana. Claramente otra época.

El joven llegaba a la playa tipo 10-10.30, lo que le permitía nadar un rato, jugar un par de partidos de vóley playero (el segundo dependía del resultado del primero), darse un chapuzón y partir rápidamente al restaurante con el tiempo justo para cambiarse –el uniforme era el tradicional chaqueta con botones de metal plateado, pantalón negro, zapatos y medias al tono- y presentarse en el salón.

En aquel tiempo muchas familias acomodadas alquilaban casas por todo el mes, por lo general el hombre instalaba a la familia, se quedaba los primeros días y luego se regresaba a Buenos Aires a atender su negocio o el puesto jerárquico que ocupaba en alguna empresa. La mujer, por lo general joven, quedaba al frente del grupo familiar y solía tomarse ciertas libertades que abrían oportunidades de relacionarse a los muchachos. Relaciones obviamente fugaces, superficiales y pasajeras.

Uno de esos veranos recuerda el joven llegó al restaurante una familia –matrimonio, tres hijos chicos y la empleada doméstica- que, fácil advertirlo, eran recién llegados. Los recibió el padre del joven que los ubicó en una mesa preferencial, allí se enteró que habían llegado hace unas horas, que venían por todo el mes, que el viaje había sido cansador y el último tramo muy polvoriento por la falta de lluvias. En ese entonces se viajaba por ferrocarril, 14hs., o en auto u ómnibus que demoraban 8-10hs. por Ruta 2 hasta las Armas, de ahí hasta Gral. Madariaga, luego Estación Juancho y finalmente 14 km. de tierra, negra y muy barrosa cuando llovía. Dos paradas obligadas, Chascomus nafta y las clásicas medialunas y Maipú, otra vez nafta.Total 415km. Ahora Ruta 11 y empalme Gral. Conesa mediantes redujeron la distancia a 345km.

Luego de que se los recibiera y ubicara tocó el turno al joven de levantar los pedidos. El hombre era alto y corpulento, de gesto adusto y bastante mayor que su mujer, una joven rubia de acento alemán, de facciones más que agradables y muy bien vestida, tres hijos chicos y muy rubios. Por el contrario y obviamente la empleada era de cabello oscuro y tez morena. Fue el hombre quién con voz imperativa y sin consultar mayormente al resto de los comensales ordenó bebidas y comidas.

Esa primera semana volvieron dos o tres veces, en la última el hombre ya no estaba, según dedujo el joven, había regresado a la capital por problemas de trabajo. Al otro día en la playa, desde la cancha de vóley, el joven vio al grupo y a la mujer que miraba con interés el partido, a la otra mañana igual pero ya mucho más cerca de la cancha, cuando se estaban armando los equipos la vio interesada y la invitó a sumarse. Ni corta ni perezosa la mujer se ubicó en el rectángulo, marcado con hilo de albañilería, del otro lado de la red formando parte del equipo contrario. No bien comenzó el peloteo todos se dieron cuenta que no era una improvisada. Se movía como una gacela, en el fondo recepcionaba con estilo y levantaba la pelota con mucha precisión, cuando estaba sobre la red su remate era fulminante. Ganaron el partido, así que el joven abandonó la cancha como todo su equipo, dejando lugar para un tercero, se quedó un rato mirando y finalmente se dio el chapuzón de rigor y se encaminó para el restaurante.

Una hora después la mujer, los tres chicos y la empleada ingresaban al restaurante, el comportamiento de los chicos era más alegre, cada uno, incluso la empleada, eligió su plato y su bebida, se los veía más relajados. Mientras el joven levantaba los pedidos la mujer dice buen partido hoy, si contestó él y Ud. juega muy bien. Quedaron en encontrarse en la playa a la otra mañana para volver a jugar. Y así fue ese día y todos los días durante dos semanas. Allí y también en charlas a la orilla del mar la mujer contó que era de Berlín occidental, que había vivido con su familia paterna en otro país por la guerra y que habían regresado con la reconstrucción de Alemania. Que de adolescente practicó el atletismo, su especialidad 100-200 metros con vallas y salto en largo, y que en la secundaria había competido con el equipo del colegio en los campeonatos intercolegiales y pre universitarios de vóley. Que su marido, nacido en Argentina en el seno de una familia alemana, era director (en ese tiempo no había ejecutivos ni Ceo’s) de una empresa de ese origen. Que lo conoció cuando la empresa lo mandó a Alemania para un curso de capacitación.

En la última semana regresó el marido y todo fue como al principio. El último día luego de la cena se acercaron al dueño del restaurante para despedirse, muy formal el hombre agradeció las atenciones recibidas y prometió volver la próxima temporada. En un determinado momento la mujer se las arregló para decirle al joven que todos los miércoles iba al centro de la capital y que luego del mediodía siempre tomaba el té en una conocida confitería de la zona de Retiro.

Pasados los días y terminadas también sus vacaciones el joven regresó a Buenos Aires, a su trabajo y a sus estudios universitarios próximos a finalizar. Uno de esos miércoles decidió hacer la prueba y se acercó a la confitería señalada y efectivamente desde la calle la vio sentada en una mesa contra un amplio ventanal, tomando un té con masas. La mujer lo reconoció enseguida, como si lo estuviera esperando, y le dedicó una amplia y hermosa sonrisa, que el muchacho aún recuerda. Desde ese miércoles se encontraron allí todos los miércoles de todas las semanas, durante varios meses. Se sentaban siempre en la misma mesa y los atendía el mismo mozo, un hombre mayor y con experiencia profesional, y seguro que de vida, por la forma discreta en que los atendía. Charlaban de todo y caminaban por la ciudad. Los temas recurrentes de la mujer eran que no se encontraba cómoda en el país, que no hacía nada, que no tenía vida cultural, que solo llevaba a los chicos a un colegio privado de la zona y los fines de semana iban a un club de la empresa, que su esposo era de ideas y costumbres muy rígidas. También de la situación en Europa. Le preocupaban las tensiones crecientes de la “guerra fría” de aquellos años. El muro de Berlín que se comenzara a levantar en 1961, que tenía amigos del otro lado a los que no veía desde hacía varios años. Su preocupación eran sus padres y sus hermanos mayores que habían vivido la guerra y el destierro. Varias veces el joven la encontró con el ánimo muy caído. Alguna vez ella le confesó que tenía una libreta donde desde hacía años anotaba las cosas buenas que le habían pasado y que cuando estaba muy deprimida tomaba la libreta y leía cualquier parte al azar y que esos recuerdos la reconfortaban.

Ambos vivían por la zona oeste así que cada miércoles luego de la confitería y de caminar por la ciudad tomaban juntos el tren Sarmiento, ella bajaba en Ramos Mejía y el joven más adelante. Así fue hasta entrada la primavera, uno de esos miércoles, en que la mujer estuvo muy callada y vacilante, cuando el tren ya entraba en la estación lo invitó a acompañarla. Bajaron y caminaron por las calles empedradas y brillosas, por una leve llovizna, unas 10 ó 12 cuadras hasta una parada de taxis, cuando llegó uno la mujer sube al vehículo y antes que arranque se asoma por la ventanilla y muestra una libreta roja en su mano y dice con una sonrisa pero también con un dejo de tristeza “Te tengo en mi libreta”. El joven quedó allí como detenido en el tiempo mientras que el taxi avanzaba por las callejuelas empedradas hasta perderse de vista, recién entonces y muy lentamente rumbeó para la estación mientras la llovizna amenazaba transformarse en lluvia. Era obvio, aquella aventura, ni fugaz ni superficial, había llegado a su fin. Aunque lo comprendía no lograba entender el porqué de esa manera tan abrupta e impensada.

En los dos miércoles siguientes el joven caminó hasta la confitería. En el primero ocupó la mesa y tomó su habitual café, en el segundo ya no entró miro por la ventana primero y por la puerta después, el mozo lo miró a la distancia e hizo un gesto, tal vez de saludo pero tal vez, como fiel observador de mil historias furtivas, en tono de consuelo, como diciendo muchacho todo terminó.

La memoria entre otras cosas es recuperación del olvido, pero también es frágil, tiende a magnificar los hechos y también suele embellecerlos. Releída esta nota, escrita de un tirón hace varios días, se me plantea un interrogante ¿Cuánto de realidad y cuanto de ficción hay en este relato? No lo sé, pero pienso que si de verdad esta breve historia está en una libreta de buenos recuerdos carece de sentido la duda.

Eduardo Lucita

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