Masacres, caricaturas y carpinchos

Masacres, caricaturas y carpinchos

23Ago21 0 Por Alfredo Grande

Revolución o caricatura de revolución, enseñaba el Che. Otros hicieron la revolución. Nosotros las caricaturas.

A 49 años de la masacre de Trelew, la sangre derramada ha sido negociada, no una vez, que ya es malo, sino muchas veces, lo que sin duda es muchísimo peor. El homenaje a los combatientes, guerrilleros, luchadores, es sin duda necesario. Pero a mi criterio, totalmente insuficiente. Toda masacre es la penúltima carta de la cultura represora. La última es el genocidio. Creo que es absolutamente necesario pensar que con la masacre de Trelew comienza una parábola que termina con la masacre de Ezeiza. Desde ya, hubo muchas masacres. Con nombres más o menos encubridores al modo de “la semana trágica”. O “conquista del desierto”. Y otras denominaciones que favorecen la impunidad. Pero además de las nominaciones encubridoras, otra máscara de la cultura represora consiste en no hacer, o directamente cortar, los acoples de sentido entre diferentes acontecimientos. Propongo entonces como una forma activa de conmemoración, al modo de un hipertexto, unir al menos dos acontecimientos que en apariencia están separados. La masacre de Trelew adquiere la plenitud de su sentido trágico cuando la “cosemos” a la masacre de Ezeiza. La primera en la agonía de una dictadura y la segunda en los primeros pasos de una democracia restauradora.

Las dos masacres fueron construidas con absoluto derroche de crueldad, a la que hemos definido como la planificación sistemática del sufrimiento. Asesinados, heridos, torturados. Los asesinados de Trelew fueron despedidos en la sede del partido justicialista de avenida La Plata. Hasta que la barbarie policial, con tanquetas incluidas, arrasaron a las personas y a los féretros. En la masacre de Ezeiza los cientos de miles que fueron a recibir al general, se encontraron con los disparos que venían desde el palco oficial. Absolutamente usurpado por el fascismo oficial. José Luis Nell, militante montonero, quedó cuadripléjico de un balazo no perdido, sino encontrado, que destrozó su columna. Años después le pidió a Envar El Kadri que lo dejara sobre la vía en su silla de ruedas, para que el tren lo arrasara.[1] No solo el cuerpo de José Luis quedó quebrado. Luego del discurso de esa noche del general desde Morón, parte de la militancia guerrillera y revolucionaria del peronismo quedó quebrada y poco tiempo después, cuadripléjica. Fueron recuperados y actualmente integran el Frente de Todos. Otros sectores siguieron sosteniendo la lucha revolucionaria, porque tuvieron el coraje de construir nuevos colectivos que ya no respondían a la lógica del pejotismo. Emilser Pereira, fotógrafo del diario La Jornada, sacó la foto de los 19 combatientes que no pudieron subir al vuelo, y con promesas fraudulentas, se habían rendido. Días después fueron fusilados en los calabozos de la base almirante zar. Una sola foto debería abarcar ambas masacres. A los luchadores, combatientes y guerrilleros de Trelew y de Ezeiza. Los 60 y 70. El riesgo de mantener ambas masacres separadas, sin un puente de sentido que las una, es quedarse en la caricatura de cada una. Todo contexto es texto, y ese texto tiene que continuar su devenir político para no quedar cristalizado. Hoy estamos sensibilizados por la venganza de los carpinchos. No faltará quien intente escribir “el carpinchonauta”, en una caricatura grotesca de la inmortal obra de Oesterheld. Admiro el valor de los mega roedores, vengadores de los humedales trágicos. Pero cuando pienso y siento la masacre de Trelew y la masacre de Ezeiza, sin sentir vergüenza ajena porque con la mía me alcanza, estoy convencido que la venganza ya no es opción: es deber histórico.


[1] Gimenez, Sebastián. El último tren. (vida militante de José Luis Nell)

Alfredo Grande

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