La revolución olvidada y la eterna guerra de Afganistán

La revolución olvidada y la eterna guerra de Afganistán

24Ago21 0 Por Andrés Ruggeri

En los últimos años, toda la política occidental parece haber sido pensada para exacerbar la reacción integrista como la forma preferencial de recuperar una dignidad cultural y nacional perdida.

Talibanes: ¿Quiénes son los nuevos amos de Afganistán?

Un lugar común sobre Afganistán es su capacidad para derrotar imperios. En los casos más extremos, la historia se remonta hasta los fieros combates que diera el macedonio Alejandro Magno en la zona, que era entonces una de las satrapías orientales del imperio persa. Pero el actual Afganistán es un país reciente que, como la mayor parte de los Estados modernos moldeados en la colonización europea del mundo, reúne dentro de sus fronteras a diversos grupos étnicos que, a su vez, también se encuentran en los países vecinos. Si vamos a hablar de un Afganistán resistente a los imperios, deberíamos precisar los términos y reconstruir la historia de su formación. 

Pastunes, uzbekos, tayikos, kazajos, hazaras, turcomanos y otras etnias ocupan distintos territorios dentro de un país montañoso y ubicado en un enclave estratégico para el dominio de Asia Central. Es por eso que los grandes imperios que en el siglo XIX disputaban la zona, la Rusia zarista y el imperio británico que dominaba la India (que incluía el actual Pakistán), libraron en la región el llamado “Gran Juego”, una disputa por la hegemonía que implicó tanto intentos de conquista militar como el tráfico de influencias, los sobornos y la diplomacia. En el siglo XX, los proyectos modernizadores como el de Mustafá Kemal en Turquía o la dinastía Pahlevi en Irán no encontraron condiciones en Afganistán para desarrollarse. La diferencia con los ejemplos citados es que, si bien se trató de procesos “desde arriba”, eran proyectos basados en la idea de la construcción de un Estado-Nación, asentados en una identidad étnica mayoritaria (aun a costa del exterminio o la subordinación de otros grupos, como los armenios o los kurdos), con la idea de que la reconstrucción del poderío nacional debía imitar el desarrollo de las potencias occidentales. Por eso, acabar con la hegemonía política, cultural y hasta económica de una religión tradicional como el islam era parte fundamental del programa. Pero en Afganistán el Estado fue demasiado débil, la estructura social más rural y tribal que en esos antiguos imperios, y el proyecto poco claro como para llevar al país en un camino similar. 

En la práctica, este fracaso de la secularización desde arriba llevó a que fuera la incipiente izquierda afgana la que tomara la posta de ese proyecto. Incluso desde la posibilidad del desarrollo capitalista (y más aun de un proyecto socialista), una sociedad y una economía dominadas por la sharía (la ley islámica) son un obstáculo serio, debido a normas que si bien en muchos países conviven sin mayores obstáculos con las reglas del mercado capitalista, en el contexto de una economía rural y segmentada en etnias y grupos tribales como la afgana se convierten en puntales de cohesión social con los que todo proyecto modernizador colisiona tarde o temprano. El más obvio, la necesidad de liberar fuerza de trabajo de relaciones semifeudales en el campo o de reclusión doméstica como en el caso de las mujeres. Desde este enfoque, y de acuerdo con los patrones occidentales, una versión radical de la sharía es sumamente reaccionaria en los aspectos referidos a los derechos individuales, pero no necesariamente a los sociales, y es claramente un obstáculo al desarrollo de un Estado capitalista moderno pero puede convivir con un Estado exportador de materias primas o de petróleo. Los marxistas afganos, en ese sentido, también coincidían en la necesidad de la abolición de estas instituciones y la transformación en un sentido modernizador de su sociedad.

El proceso de cambio se aceleró con el golpe de Estado de 1973 que acabó con la monarquía e instaló al dictador Daud en el poder, con el apoyo decisivo del Partido Democrático Popular (comunista). Las reformas educativas y económicas se aceleraron, aunque a mediados de la década Daud intentó sustraerse de la influencia soviética y se orientó hacia Occidente. Los comunistas, especialmente fuertes en las fuerzas armadas y en un radicalizado movimiento estudiantil, aceleraron su proyecto revolucionario y en 1978 se produjo la Revolución de Saur (abril), que llevó al gobierno a Nur Mohammed Taraki.

La Revolución de Saur y la intervención soviética

La Revolución de Saur fue el intento más serio y profundo de cambiar la estructura social y económica y especialmente de transformar la cultura tradicional de raigambre islámica y conservadora en pos de una sociedad socialista. Quizá desde la actualidad se vea el intento como sumamente voluntarista y condenado al fracaso, pero no se puede dudar de que fue el acontecimiento que transformó para siempre al país y que desató las resistencias y reacciones que llevaron al establecimiento del régimen talibán, con la invaluable colaboración de los Estados Unidos.

No fueron los talibanes los únicos destructores de los derechos de las mujeres ni es su vuelta al poder el momento de mayor peligro para los escasos avances en esa materia (y en muchas otras), sino que fue la trágica y sangrienta derrota de la izquierda afgana el verdadero retroceso

Taraki intentó una serie de medidas radicales y de alto impacto: una reforma agraria, un amplio plan de infraestructura con apoyo soviético, una campaña contra el analfabetismo, una política de reconocimiento de derechos igualitarios a las mujeres, que incluía el acceso a la educación en todos los niveles, al trabajo, a derechos civiles y laborales, entre otras. Una de las medidas que más resistencia causó fue la anulación del pago de la dote por la familia del marido en los matrimonios arreglados tradicionales. Para los comunistas afganos, era una de las tradiciones más arcaicas y denigrantes, pero levantó indignación en las áreas rurales más proclives al discurso de los mullah. Taraki debió enfrentar una precoz guerrilla de los muyahidines (llamados posteriormente “guerreros por la libertad” por Ronald Reagan, aunque significa “guerreros santos”, dado el carácter de guerra santa contra el ateísmo que le dieron al conflicto) pero terminó asesinado por un golpe palaciego que fue la señal de largada para la ocupación militar del país por la URSS, uno de los mayores errores de su política exterior en la Guerra Fría. 

Al igual que años después la coalición occidental, los soviéticos dominaban las ciudades y los nudos estratégicos pero en las áreas rurales y montañosas los muyahidines se fortalecían. La insurgencia islamista no logró derrotar militarmente ni al Ejército Rojo ni al ejército afgano (que siguió peleando tres años más después de la retirada de la URSS en febrero de 1989, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín), pero sí lograron la victoria política de hacer tan costosa la guerra que el problema pasó a ser ya no cómo ganar, sino cómo irse sin que fuera una derrota catastrófica. En ese sentido fue, efectivamente, el Vietnam de la Unión Soviética, como había augurado el asesor de Carter para política exterior, Brzezinski. Mohammed Najibullah, el último presidente del PDP, tampoco fue derrotado hasta que Boris Yeltsin cortó toda ayuda y quedó aislado y traicionado por algunos de sus generales en 1992.

Los talibanes y la derrota de Occidente

Los talibanes son un subproducto del apoyo de los Estados Unidos a los muyahidines. Instalaron un régimen oscurantista pero basado en las condiciones sociales y culturales que cimentaron la resistencia islamista a los comunistas afganos y a la URSS, finalmente derribado por los Estados Unidos en su “guerra contra el terror”. Sus veinte años de resistencia en condiciones muy difíciles demostraron que la contradicción entre modernidad y tradición en un país como Afganistán no se resuelve con guerras y ocupaciones extranjeras, que solo lograron exacerbar el sentimiento de combatir la humillación nacional y del propio islam.

Las intervenciones occidentales en los países islámicos tuvieron efectos destructivos y contraproducentes, apoyando, invariablemente, los regímenes más reaccionarios y las humillaciones y opresiones más flagrantes a los pueblos.

Especialmente en los últimos años, toda la política occidental parece haber sido pensada para exacerbar la reacción integrista como la forma preferencial de recuperar una dignidad cultural y nacional perdida. La destrucción de la izquierda y los nacionalismos laicos azuzando el conservadurismo religioso fue eficaz para los objetivos geopolíticos de la confrontación con el campo socialista, pero terminó engendrando un monstruo difícil de domar. 

La gran derrota de la modernidad, entendida desde los derechos sociales y laborales, incluyendo la igualdad de las mujeres, y de la posibilidad de un régimen político laico, no fue hace unos días en Kabul con la huida del gobierno de Ghani. Fue en 1992 con la derrota de Najibullah, o incluso en 1979, cuando la Unión Soviética se metió en el pantano de una guerra en la que no debería haber entrado (ni siquiera por una ganancia geopolítica) y que terminó condenando a la izquierda afgana a una debacle histórica. 

Andrés Ruggeri

Antropólogo. Dirige desde 2002 el programa Facultad Abierta, un equipo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA que apoya, asesora e investiga las empresas recuperadas por los trabajadores.

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