Ser comunista en los Estados Unidos

Ser comunista en los Estados Unidos

27Ago21 0 Por Daniel Campione

El Partido Comunista de EE.UU y su camino de militancia no se cuentan entre los aspectos más difundidos de la historia estadounidense. En este libro se nos brinda una mirada personal, incluso íntima, acerca de los senderos recorridos  por sus miembros.

Jane Lazarre

El comunista y la hija del comunista.

Barcelona. Editorial las afueras

351 páginas.

La autora se ocupa de la trayectoria de su padre, William Lazarre, un dirigente de nivel medio del Partido Comunista estadounidense. Alguien que se mantuvo en sus filas, con diferentes responsabilidades, a lo largo de varias décadas. La obra no se centra sólo en el itinerario político, sino que se ocupa con detenimiento de las relaciones paternofiliales así como del entorno familiar más amplio. Jane Lazarre es también novelista y ello redunda en que utilice su imaginación literaria (avisando desde el principio que lo hará), para cubrir aspectos no susceptibles de ser documentados, tales como el sentir íntimo de William en diferentes circunstancias de su vida.

W.L emigró, todavía adolescente, desde una pequeña ciudad disputada entre Rusia y Rumania. Criado en una familia judía y trabajando desde muy temprana edad, ya era comunista antes de llegar a tierras norteamericanas. Una vez allí emprendería un largo camino de impugnación del orden social capitalista en el corazón mismo del sistema. Su procedencia y tradición se añaden al origen inmigratorio para darle la matriz cultural y política que lo marca. Años después penderá sobre su cabeza la amenaza de que le quiten la ciudadanía y lo deporten. La lógica de la tierra de “la democracia y la libertad” incluye pliegues que las desmienten a ambas.

El libro pinta lo difícil que era ser comunista en EE.UU, prácticamente en cualquier época. William enfrentó acusaciones por sedición, ante un tribunal de Pensilvania, ya en 1928. En la época de la guerra fría,  el macartismo se cierne sobre su persona. Tuvo que comparecer frente al Comité de Actividades Antiamericanas, con el consabido interrogatorio punzante.

Años después fue acosado por agentes del FBI que, anoticiados de su progresivo alejamiento del partido, trataban de convertirlo en un confidente. Se sumaron varios episodios menores de hostigamiento judicial o policial, en diversos períodos. En todas esas ocasiones William logró salir relativamente airoso, pero con el daño psicológico que a toda persona infiere una persecución sañuda, agravada en algunas etapas por la estigmatización de parte del entorno social a causa de su identidad comunista. J.L hurgó en diversos documentos para volver a la luz la actuación de su padre frente a los diversos organismos represivos.

Un capítulo completo y referencias en distintas partes del libro son dedicados a la participación de Lazarre en la guerra civil española. Marchó allí con el batallón Abraham Lincoln de las brigadas internacionales, con funciones de comisario político. Más que un relato de su actuación en el conflicto, Jane Lazarre se ocupa de  cómo vivió su padre la experiencia de España, tanto en el momento de los hechos como en su dificultosa evocación de años posteriores. Y rescata la epopeya internacionalista, más allá de acciones cuestionables.

Ocupa asimismo su lugar  el modo en que W.L. vive los choques y disidencias internas en el partido. Alineado con Earl Browder durante una etapa, desplazado éste sufre críticas implacables. Incluidas aquellas que ponen en duda su actuación en España, las más dolorosas. Lazerre no abandona la organización, que lo relega a puestos progresivamente de menor jerarquía, que él desempeña mientras vuelve al trabajo manual.

Un lugar importante lo ocupan las relaciones, a menudo traumáticas, de la militancia comunista con la URSS. El pacto germano-soviético y la tardía denuncia de los crímenes del stalinismo, aparecen como puntos culminantes a la hora de conmover arraigadas convicciones.

El tono de la autora es siempre de respeto hacia las creencias de su padre, que en parte asume como propias, y de su esforzada militancia. Más allá de las limitaciones marcadas por la adhesión a la URSS de tiempos de Stalin, J.L. rescata las tesoneras luchas por la mejora de la condición obrera, la defensa de las libertades públicas en la “gran democracia” que solía relegarlas, la movilización  por  los derechos civiles de los afroamericanos, el combate por los derechos de las mujeres. No hace un relato ni un análisis minucioso de las mismas, sino que las entrecruza con los aspectos intimistas de la narración. En su visión de la trayectoria del padre, la denuncia y la lucha activa contra un orden de injusticia y desigualdad, no suscitan ningún arrepentimiento, sino que marcan un rumbo ratificado una y otra vez.

Un aspecto más subjetivo y asimismo interesante, es el itinerario del protagonista como intelectual autodidacta. Éste abarca la formación de militantes más noveles en escuelas partidarias. Y la ocupación de puestos de responsabilidad en el trabajo con intelectuales y artistas. Jane enriquece el enfoque con observaciones acerca de su propia trayectoria intelectual y de las influencias que escritores y artistas comunistas ejercieron sobre ella.

Esta obra constituye  una forma particular de asomarse a la historia contemporánea de los Estados Unidos, vivida desde el costado de quienes, con aciertos y errores, orientaron su vida a intentar transformar esa sociedad. Traza la trayectoria del Partido Comunista, desde tiempos en que tuvo una perceptible influencia sobre la sociedad norteamericana, hasta que queda  reducido a una pequeña organización. Afectada por sus propios errores, y devastada por la represión y la saña con que se la presenta como enemiga de la nación.

El trabajo de Jane Lazarre es un más que meritorio ejemplo de cómo combinar la memoria personal con la historia general, y del tratamiento de la vida cotidiana realimentándose con el del quehacer político. Su tarea incide tanto en la apreciación intelectual como en la proximidad afectiva con hombres y mujeres que supieron denunciar al gran capital y defender a los oprimidos y marginados. Y lo hicieron en el propio centro del Imperio, sin dejarse disuadir por el enorme poder que se les enfrentaba.

Daniel Campione

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