El general Mitre, una mirada desde arriba

El general Mitre, una mirada desde arriba

17Sep21 0 Por Daniel Campione

El siglo XIX argentino proporciona todavía material para la polémica. El libro que aquí se comenta aparenta no querer suscitarla. A partir de allí el autor construye una visión sin embargo discutible acerca del dirigente político, jefe militar, historiador y presidente.

Eduardo Míguez

Bartolomé Mitre: Entre la nación y la historia.

Buenos Aires. Edhasa.

442 páginas.

El general que comandó la guerra del Paraguay ha sido desde siempre una figura muy cuestionada. En su momento protagonista de la “guerra contra el indio”, alguna vez impulsor de una supuesta “República del Plata” que hubiera perpetuado la división entre Buenos Aires y el resto de Argentina. Durante su gobierno se desenvolvió una feroz represión de las “montoneras” para actuar contra quienes levantaban las banderas del federalismo frente a un estado argentino unificado desde Buenos Aires. Y en dirección a aniquilar a “gauchos” que no tenían un lugar en la sociedad que se proyectaba hacia el futuro.

La historiografía dominante de una época lo entronizó como “prócer”, aunque siempre un escalón por debajo de su contemporáneo Domingo Faustino Sarmiento,  que supo ser su aliado y su adversario en distintos momentos. El porteño no tuvo una insignia tan valorada como la de la educación, que distinguió a la celebración del sanjuanino. Y si bien fue autor de una obra escrita importante, la suya no llegó a ocupar un lugar fundacional como el de Facundo o el de las Bases de Juan Bautista Alberdi.

En esta “biografía política” Eduardo Míguez tiende a eximir de responsabilidad a Bartolomé Mitre con respecto a varios acontecimientos que jalonaron su actuación, en especial los más oscuros.  Por momentos, el general e historiador aparece como juguete de circunstancias que no maneja. O presionado por sus aliados hacia una orientación que en realidad no desea. O bien puesto por sus partidarios al frente de una acción que en el fondo no comparte. Según el autor, por ejemplo, el entonces presidente no deseó la guerra del Paraguay. El motor de la intervención en los conflictos uruguayos que terminó dando lugar a la Triple Alianza habría sido responsabilidad del ministro Rufino de Elizalde y no del entonces jefe de Estado. Que Elizalde era amigo dilecto y estrecho colaborador del entonces primer magistrado parece un “detalle” no muy relevante.  

Bartolome Mitre - Eduardo Miguez | Mercado Libre

Se destaca la “condena” efectuada por Mitre, meramente discursiva, del asesinato de Ángel Vicente Peñaloza, “El Chacho”. Y pasa en puntas de pie al lado de la sangrienta “guerra de policía” contra las montoneras comandadas por Felipe Varela y otros jefes.

Mitre es absuelto en parte de insurrecciones sangrientas que incitó o comandó, como la de 1874. Y se destaca su bajo nivel de participación en el enfrentamiento bélico entre  el gobierno nacional y el de Buenos Aires, en 1880. Sobre la llamada “revolución” de 1890 remarca que el ex presidente se alejó del país con rumbo a Europa, mientras sus entonces correligionarios en la Unión Cívica preparaban y llevaban adelante la sublevación. Y sufrieron los costos de la derrota. Lo que otros historiadores interpretaron como una traición, Míguez lo explica como un prudente alejamiento de un movimiento en el que no deseaba tomar parte.

Al tratar los aspectos de su trayectoria que aparecen como más constructivos, el historiador considera al “patricio” como un fundador de la nación. Podría apuntarse que hace un uso impreciso del término, al asimilarlo al establecimiento de una autoridad estatal efectiva. El papel de Mitre puede ser mejor comprendido desde el punto de vista de la fundación del Estado nacional, después de Pavón. Rodearon a esa construcción estatal profundas insuficiencias, desde el dominio territorial efectivo a la formación de un mercado interno con funcionamiento fluido; la construcción de un verdadero ejército nacional, incluso la resolución de la “cuestión capital” o el establecimiento de una unidad monetaria. Con todo, la realización posterior al enfrentamiento con la Confederación, que logra con el concurso del autoderrotado general Urquiza, es la conformación de una autoridad estatal unida, que ya no volverá a escindirse. Míguez opta por identificar esa tarea de reafirmación del Estado con la edificación nacional.

Escribe el autor: “Bartolomé Mitre dedicó la parte más notable de su vida a intentar poner en práctica un enorme proyecto: la construcción de una nación sobre las bases del republicanismo liberal.” La magna obra es formulada así, sin sujetos actuantes, sin ganadores ni perdedores. Y el republicanismo liberal de su impulsor aceptado sin someter a  juicio profundo el grado de consecuencia que podía tener esa edificación “republicana”. La que, mientras Mitre tuvo poder para hacerlo, destruyó todo lo que se oponía a su avance.

En este campo, quien escribe procura situarse en un terreno de apariencia neutral, exento de una apreciación valorativa. Así afirma: “…esta obra se propone entender al personaje en relación con el proyecto de la nación liberal antes que evaluar las virtudes o falencias de ese proyecto.” Deja así fuera de la discusión un aspecto fundamental. ¿Eran valiosos los objetivos del fundador del diario La Nación? ¿Su consecución proporciona alguna justificación a las pilas de cadáveres sobre las que fue afirmado? Quizás en refuerzo de esa pretensión de no tomar partido algo más adelante sostiene: “No creo que juicios de valor sobre el papel de ciertos procesos u actores, individuales o colectivos, del siglo XIX, nos ayuden a vivir mejor en la actualidad.” Corresponde la pregunta acerca de qué se entiende por tener una existencia más valiosa. Tal vez no incluya una comprensión crítica acerca del devenir de la sociedad argentina decimonónica.

Otro reparo que puede hacérsele al autor es que dirige su mirada casi con exclusividad al “arriba” de la sociedad. Sólo aparecen los acuerdos y los choques entre los dirigentes, la evolución de las instituciones, alguna observación en torno a la elaboración de las ideas dominantes. No hay lugar para las masas, para las clases subalternas. Los integrantes de las montoneras, las tropas que fueron al Paraguay, los que se movilizaron en las sublevaciones porteñas, son apenas sombras en el libro. Las vidas que tan poco valieron en el momento de los hechos parecen tener la misma estimación exigua para el que escribe la historia un siglo y medio después.

Hubiera sido deseable que la obra se ocupara del trabajo de Mitre en el terreno historiográfico, que constituyó el núcleo saliente de su producción intelectual y dejó un legado perdurable. Además de su producción escrita podría haber tomado su labor como referente institucional de la historiografía argentina, ámbito en el que fundó la Junta de Historia y Numismática Americana, entidad que fue la antecesora de la oficializada en la década de 1930 como Academia Nacional de la Historia.

Por esas vías el “prócer” tomó parte en la construcción de una lectura oficial del pasado nacional que se proyectó sobre el sistema educativo y en un conjunto de “rituales patrióticos” que comenzaron a fijarse en las últimas décadas del siglo XIX. Cabe señalar que la influencia de la Academia llega hasta nuestros días, Míguez forma parte de la misma.

Quizás como producto de  la definición del libro como “biografía política”, se percibe la ausencia de un análisis sobre el amplio itinerario militar del biografiado. Con buena formación técnica en ese campo, acompañada por la frecuente experiencia de la derrota en el campo de batalla, las pocas referencias que se encuentran acerca del desempeño de Mitre en las acciones armadas, dejan cierta insatisfacción.

Los rasgos de una benevolencia

Es de estricta justicia el señalamiento de que, en el desarrollo de aquellos aspectos de los que Míguez decidió ocuparse, se percibe un amplio recorrido de la documentación publicada e inédita en torno a la figura biografiada. No hay en cambio un tratamiento profundo de la bibliografía precedente, tal vez con la excepción de la biografía elaborada por Miguel Ángel de Marco, otro destacado miembro de la Academia Nacional de la Historia.

A la hora de hacerse una estimación general sobre este trabajo no sería del todo acertado afirmar que sea una apología de “Don Bartolo”. El autor sigue los lineamientos de la historiografía académica actual y evita  lo que pueda aparecer como una celebración explícita del personaje. Lo que equivaldría a un evidente abandono de la “distancia crítica” que esas producciones historiográficas suelen preocuparse por exhibir.

Es sí una mirada benévola, que lo inscribe al general y presidente en una tradición liberal decimonónica, con la que es muy probable que el autor se identifique. En la comparación, algunos trabajos sobre Mitre y su época escritos ya hace varias décadas, como el de Milcíades Peña, pueden facilitar todavía un acercamiento más incisivo a su figura y su trayectoria que el que proporciona este libro de reciente publicación.

Daniel Campione

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