Cambio de lugar en el ministerio de educación

Cambio de lugar en el ministerio de educación

20Sep21 6 Por Darío Balvidares

Luego del saldo eleccionario y las pasadas de cuentas al interior del frente gobernante por el resultado adverso, el presidente, Alberto Fernández, aceptó mover algunos nombres de su gabinete.

El designado ministro de educación es Jaime Perczyk, quien se desempeñaba como secretario de Políticas Universitarias y como viceministro del saliente Nicolás Trotta, tras la renuncia de Adriana Puiggrós a ese cargo en agosto de 2020.

Jaime Perczyk, licenciado en Educación Física recibido en la Universidad Nacional de Luján (UNLu) y especialista en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), ya goza de trayectoria en ese ministerio, donde estuvo a cargo de las Políticas Socioeducativas  durante la implementación del plan Conectar Igualdad.

También fue vicepresidente del directorio del portal Educ.Ar, anteriormente fue jefe de Asesores de Gabinete del ministro de educación (2009-2011) y director nacional de Políticas Socioeducativas (2007-2009) mientras que desde 2010 fue viceministro de educación, es decir que acompañó desde distintos cargos al entonces ministro Alberto Sileoni (2009-2015).

A partir de 2015 con la llegada del macrismo al gobierno, Jaime Perczyk fue rector de la Universidad Nacional de Hurlingham, cargo que licenció en 2019 con el advenimiento al gobierno de Alberto Fernández, para desempeñarse como secretario de Políticas Universitarias en este mismo ministerio, cargo al que llega luego de que en 2018 y 2019 fuera vicepresidente y presidente del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN).

En sus primeras declaraciones, el flamante ministro dijo que “Tenemos que trabajar en las situaciones sociales de desigualdad, en políticas de acceso a la conectividad y en otras cuestiones como las realidades laborales de los padres”. El tema de las desigualdades sociales, que incluye que el 53% de les niñes y adolescentes pobres es el tema que tiene que priorizar el gobierno, también señaló Perczyk.

Entre otras declaraciones, en el programa radio con Vos, frente a la pregunta, en qué se diferenciaba del saliente Nicolás Trotta, respondió: “No sé”. Y más adelante, en la misma entrevista, el ministro enunció tres  interrogantes: “Qué educación queremos, para qué país la queremos y para qué chicos la queremos”.

Tal vez sean las preguntas importantes, esas que nunca son contestadas, porque para responderlas es necesaria una transformación urgente de estas políticas educativas atadas al reformismo.

No es casual que la única discusión en educación con la oposición de derecha sea las “escuelas cerradas sí, las escuelas cerradas no”, tema que está relacionado con la pandemia, puesto que tanto el gobierno como la oposición de derecha están de acuerdo en el vínculo educación / trabajo; o en la recuperación de contenidos que se pudieron haber perdido durante la etapa de más fuerte del aislamiento; o en la tarea de “ir a buscar a estudiantes que hayan abandonado tanto la escuela como la universidad”; cuestiones muy importantes y para trabajar en la coyuntura.

Pero si esas acciones son el resultado de una reacción instrumental, como particularmente creo que lo son, conociendo los actores, entonces no estamos más que frente a cosméticas discursivas de tono electoralista.

Esa respuesta de no saber qué lo diferencia de su antecesor del que era viceministro, además de secretario de políticas universitarias, deja, por lo menos en un primer momento, la sensación de probables ensayos instrumentales de más “parches” reformistas en el tren de la continuidad de las políticas del estatus quo, imperante.

Uno de los temas que debe abrir la discusión es la renacionalización del sistema educativo, fragmentado definitivamente por el menemismo y mantenido no sólo por el gobierno macrista, a la sazón tan neoliberal como el otro, sino que lo reafirmaron los gobiernos kirchneristas con las consecuencias de desigualdad educativa que trajo aparejado y que se continúan profundizando.

El argumento de que esa decisión de fragmentar el sistema en 24 jurisdicciones, implicaba mayor federalización, luego de la crisis en que lo sumieron las sucesivas gobernabilidades, termina siendo una de las falacias que ya no se pueden sostener porque si la federalización tiene como consecuencia la desigualdad educativa, la evidencia sumada a la crisis económica y social, desemboca en el resultado de 53 % de pibes y pibas pobres.

Así que no alcanza con “ir a buscar” a los que el sistema abandonó, porque estamos sufriendo las consecuencias de un sistema que desertó hace mucho y que en función de la gobernabilidad, lo siguen sosteniendo con “parches” reformistas y discursos políticos sobre una “inclusión” que cada vez se aleja más, tal vez porque por su carga semántica también lo tomó el Banco Mundial para sus “informes” y sus programas de políticas educativas neoliberales.

Lo que sí sería auspicioso, entonces, es poner en discusión esos tres interrogantes que propuso el ministro: “Qué educación queremos, para qué país la queremos y para qué chicos la queremos”.

Porque es desde esas preguntas que abren el debate político, ya no a la liviandad del eslogan de “vincular la educación con el trabajo”, sino la propia concepción de trabajo, que también va a estar en relación con otro debate importantísimo: el modelo de producción. Y, seguramente,  discutir sobre el modelo de producción nos acerque a otro de los temas que ya no puede estar ausente en las agendas políticas y es el cambio climático, el ambiente en general y las escuelas fumigadas en particular, de donde se desprende una cuestión casi determinante, el modelo civilizatorio en el marco de la educación pública.

Tal vez, comenzar por pensar un congreso pedagógico para abrir un debate que va más allá de lo meramente educativo pueda ser un inicio para empezar a responder “qué educación queremos” y romper los vínculos con las políticas de la reforma internacional pueda ser un indicio para contestar “para que país la queremos”; así como recuperar la potencia de lo público en educación nos permite repensar “para qué chicos la queremos”.

La continuidad, por inercia, de lo mismo con más “parches”, quizás sea a priori lo que llevó a la respuesta del ministro a decir “no sé”, frente a la pregunta  “en qué se diferencia de su antecesor”.

Aunque sería importante saber, para qué el presidente, Alberto Fernández, cambia los nombres.

Darío Balvidares

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