El regreso del peronismo (post-dictadura)

El regreso del peronismo (post-dictadura)

21Sep21 1 Por Guillermo Cieza

La derrota electoral y la exposición pública de sus diferencias por parte del kirchnerismo, provocó un sacudón que contribuyó a la emergencia de los distintos sectores que alberga el peronismo post-dictadura. El nuevo gabinete reduce el peso de la anomalía progresista y transparenta la realidad del peronismo.

Para no perderse en los diagnósticos sobre la actualidad del peronismo parece conveniente hacer un repaso histórico.
En los años 70 las tensiones internas provocadas por las diferencias de proyectos políticos dentro del peronismo, podían advertirse con claridad en las grandes movilizaciones como fue la del retorno de Perón en Ezeiza el 20 de junio de 1973. Cientos de miles de personas marchaban detrás de las banderas de la Patria Socialista y, por otro lado, nutridas columnas reivindicaban a la Patria Peronista (capitalista). Esa grieta interna no eran resultado de la inmediatez y la improvisación, sino que se había ido ahondando durante los 18 años en que el peronismo dejó de ser gobierno. Había comenzado con la primaria elección entre resistir o conciliar con los gobiernos posteriores al golpe militar de 1955. La profundización de esas diferencias se desarrolló en realidades tangibles como fue el crecimiento de las luchas populares donde se combinaron grandes puebladas como el Cordobazo, el crecimiento de las luchas obreras en las fábricas y la aparición de organizaciones revolucionarias. El regreso de Perón, que tomó partido por el bando capitalista, sepultó los sueños de convertir un movimiento antimperialista en una alternativa revolucionaria, y la dictadura selló definitivamente la suerte de esa disputa a favor de quienes defendían el proyecto capitalista. Esto se hizo evidente cuando en el año 1983 el peronismo se empezó a reorganizar en torno una estructura como el Partido Justicialista, ajena a los trabajadores en los años anteriores, y liderado por personajes nefastos como Italo Luder y Herminio Iglesias.
Que dentro de un Partido Justicialista, con una composición de clase de sectores medios y medios altos, fuera Carlos Menem quien ganara la interna, no fue una casualidad; tampoco lo fue el apoyo del Partido a su gestión durante sus diez años de mandato.
También fue representativa del Partido Justicialista la fórmula presidencial Duhalde-Palito Ortega que fue derrotada en 1999. Y tampoco era azarosa la circunstancia que en 2003 el candidato presidencial con más consenso dentro de ese Partido fuera el conservador Carlos Reutemann, en segundo lugar estuviera Menen y en tercero, un ignoto Nestor Kirchhner, que habiendo acompañado todo el proceso político partidario, ahora se presentaba con un perfil progresista.
La concatenación de distintos acontecimientos como fue la renuncia de Reuteman, la enconada disputa entre el sector duhaldista y Menem, y la fuerte iniciativa política de Kirchner, hicieron posible que quien lanzó su candidatura presidencial como Frente para la Victoria con la sola expectativa de posicionarse políticamente, terminara siendo Presidente con el 22 % de los votos. Es importante recordar ese origen para entender que el progresismo que gobernó durante la década kirchnerista fue una anomalía, no una expresión cabal del justicialismo. Lejos del poder central y de Buenos Aires, ese progresismo se diluía. En el conurbano y en las provincias gobernaban los mismos intendentes y gobernadores que habían acompañado a Menem y a Duhalde.
En el tramo final de la presidencia de Cristina Fernandez, con un gobierno muy desgastado por los años de gestión y por la última crisis económica, el peronismo tuvo más peso en las decisiones y determinó, con acuerdo de Cristina, que el candidato presidencial fuera Daniel Scioli y el candidato a gobernador de la Provincia de Buenos Aires fuera Aníbal Fenández.
Durante el período macrista, los gobernadores del PJ, las estructuras sindicales y un importante sector de los movimientos sociales liderados por el movimiento Evita, trataban de mantener relaciones armoniosas con el macrismo, con el argumento de fortalecerse porque era inevitable que Macri gobernaría durante dos períodos. Por otro lado, el kirchnerismo lanzó la Union Ciudadana e hizo una muy buena elección en 2017 en Provincia de Buenos Aires, encabezada por Cristina Fernandez como candidata a senadora y Fenanda Vallejos como candidata a diputada. Esta alianza, a la que se sumaron los intendentes del conurbano y algunos dirigentes del justicialismo fue la base del Frente de Todos, al que adhirieron tardíamente la mayoría de los gobernadores, la CGT y el sector liderado por Sergio Massa. Volvió a repetirse que el progresismo ganó espacios tomando la iniciativa, y esto le permitió imponer condiciones al resto del peronismo. Pero esta vez, ese capital político expresado en el hecho de que Cristina Fernández sea la figura con más votos, les alcanzó para imponer al Gobernador de la Provincia de Buenos Aires (Axel Kicillof) pero no al Presidente. Allí apareció Alberto Fernández, que proviniendo de los sectores conservadores (del Frente Renovador), impuso un perfil progresista liberal, que combina políticas de ampliación de derechos personales con una postura de conciliación con los grupos económicos concentrados y de negociación con el FMI, avalando políticas de ajuste económico en plena pandemia.
Lo ocurrido recientemente es más conocido: se produjo la derrota electoral en las PASO y el Presidente y sus políticas fueron señaladas como responsables. Cristina Fernández y sus ministros renunciantes agitaron que las malas decisones económicas eran responsables de la derrota. El Presidente se refugió en el apoyo de la CGT, los gobernadores y el Partido Justicialista, que lo cobijaron exigiéndole que modere su aval a políticas de ampliación de derechos. La negociación le costó la renuncia de la Ministra de Justicia Sabina Frederic, que era vista por las cúpulas de las Fuerzas de Seguridad como un obstáculo para implementar políticas represivas. También le costó la imposición de Juan Luis Manzur como Jefe de Gabinete, con fuertes vinculaciones con los grupos económicos más concentrados, un “celeste” en materia de derechos de las mujeres y un dirigente del riñón del grupo de los gobernadores. El sector del nacionalismo popular conservador, vinculado al Papa Francisco ahora tiene un ministro con Julián Domínguez, que además mejorará las relaciones con la Mesa de Enlace. Los intendentes del conurbano y las fuerzas de Seguridad encontrarán en Aníbal Fernández a un hombre de confianza. Todos van a coincidir en apretar al Ministro Guzmán para que apure políticas distributivas que mejoren las posibilidades de revertir la derrota en las elecciones de noviembre, porque si algo unifica al peronismo es la decisión de sostenerse en la gestión del Estado.
Los rumores que se elegiría a un gabinete “más peronista” fueron confirmados. El nuevo equipo de Ministros es muy representativo de la actualidad del peronismo y de las fuerzas que tienen peso político real. El Presidente fue el que más perdió con la derrota de las PASO, sacrificando sus ilusiones de crear una corriente “albertista”, pero quedó atado a una correlación de fuerzas que tampoco le disgusta demasiado. La gran desilusión sobre la futura gestión de gobierno será de quienes confundieron la anomalía del progresismo, con la realidad del peronismo post-dictadura. Como ocurre en los carros, a la larga se acomodan los melones.
Este sinceramiento del peronismo provocado por la derrota electoral y favorecido por el zacudón impulsado por Cristina Fernández y sus ministros, no significa necesariamente un retroceso de las posibilidades del peronismo en las elecciones de noviembre. Me parece evidente que hay un sector cada vez más grande de nuestro pueblo que se ha independizado de las directivas y también de las pujas partidarias, y que decide poner su voto, o no ir a votar, a partir de valoraciones estratégicas. En las PASO hizo sentir su desagrado con las políticas de ajuste del gobierno, pero viendo los resultados, también van a advertir que las dos grandes opciones de poder son esta versión del peronismo o el regreso del macrismo. Y quienes no estén dispuestos a seguir castigando con la abstención o invertir su voto en opciones más radicales por izquierda o por derecha, van tener que elegir al menos malo. En nuestro país pueden suceder muchas cosas, incluso que se agrave el conflicto social. Lo que es seguro, es que no vamos a aburrirnos.

Guillermo Cieza

Foto. Diario El Norte.

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