Miau. Un clásico español

Miau. Un clásico español

22Sep21 0 Por Daniel Campione

En una obra perteneciente a la serie “Novelas españolas contemporáneas” el autor despliega una historia que puede parecer pequeña. Y sin embargo remite al complejo mundo de una sociedad española decadente, cada vez menos capacitada para enfrentar sus contradicciones.

Benito Pérez Galdós.

Miau.

Madrid. EDAF. (Hay otras ediciones)

512 páginas.

Galdós es una figura de primer orden de la literatura española de las últimas décadas del siglo XIX y los comienzos del siglo XX. Escritor de ficción, y de novelas en primer lugar, su obra puede ser entendida como un profundo estudio de la sociedad española. La del presente del autor y la de su pasado más o menos cercano. Sus Episodios Nacionales, constituyen un ciclo de 46 novelas que recorren la historia del país ibérico desde 1805 a 1880.

La novela que hoy nos ocupa no pertenece a la inspiración histórica, sino que transcurre en el presente del autor, como parte de una serie sobre la España contemporánea. Escrita en 1888, su acción está situada en Madrid ese mismo año.

Hacer referencia a España, a partir de 1876, es encararse con la “Restauración”, un régimen liberal pero para nada democrático. Sobre el fondo de un país pobre, con variados factores de atraso, que sin embargo cultiva los últimos rescoldos de un pasado imperial. Su contenido “restaurador” provenía de haber permitido la vuelta al trono de la dinastía de Borbón. Después de un interregno de intentos revolucionarios, que incluyeron el establecimiento de la primera república española, impedir nuevas alteraciones del “orden” era un objetivo central de ese régimen.

Burocracia y desempleo

El sistema político es mucho más que el contexto del relato en Miau. Es el componente que asigna sentido a la obra. El protagonista, Ramón Villaamil es un “cesante”. Así se llamaba a los funcionarios públicos que eran despedidos en el periódico “turno”, la previsión de que el gobierno cambiara de manos conservadoras a liberales, o viceversa, lo que ocurría con cierta regularidad. La rotación en el poder político era un incentivo fundamental del régimen, que se asentaba en la toma de la administración pública a modo de botín.

Villaamil es un funcionario de mediano rango, que ha ocupado funciones de responsabilidad. Incluso ha desempeñado tareas en Cuba y Filipinas, los principales vestigios del fenecido poderío colonial hispano. De allí muchos burócratas volvían con una fortuna, al amparo de oportunidades de negocios más accesibles que en tierra española. Honesto, apegado a las funciones que tenía asignadas, el protagonista no ha aprovechado su estadía colonial para enriquecerse. De la rama de “Hacienda”, su formación y experiencia le alcanza para formular proyectos de reforma tributaria, que en su momento ha presentado a sus superiores sin resultados tangibles. Por allí transita el significado del peculiar título de la novela. M.I.A.U oficia como sigla del proyecto irrealizado del funcionario cesante: “Moralidad, Income-tax, Aduanas, Unificación de la deuda”. Es cierto que también denota a las mujeres de su familia, de supuesto aspecto gatuno.​

Don Ramón se encuentra desamparado en su cesantía. Sin ocupación, perdida la pequeña cuota de poder e influencia que podría tener, espera impaciente algún arreglo político-administrativo que le permita volver a la función pública. El no obtenerlo lo daña en lo afectivo, al reducirlo a la ociosidad forzosa. Más aún lo perjudica en lo material. Él y su familia se encuentran en la pobreza, en una realidad angustiosa  que incluye dificultades hasta para llevar la comida a la mesa.

El funcionario desempleado llena sus ocios con continuas gestiones orientadas a recuperar un destino administrativo. Escribe innumerables cartas a todos aquellos que poseen alguna influencia, o él conjetura que la tienen. Pasa muchas horas en diversas oficinas, en parte para entretenerse con antiguos colegas y también para ramificar sus esfuerzos por un empleo.

El resultado es desesperanzador. Rebaja sus pretensiones a un cargo menor, ruega, permite que lo humillen, pide favores a diestra y siniestra. Nada consigue, se hunde en la desilusión. Una y otra vez alimentan sus expectativas, siempre queda postergado.

Galdós pinta con exactitud, imaginación y estilo a la burocracia de Madrid. Sobreexpandida, lenta, ineficaz, plagada de papelería inútil. Está rebosante de “acomodados” que sólo van cada tanto a la oficina, e incluso en sus esporádicas visitas hacen poco y nada. La corrupción campa en todos los sitios. Y muchas veces son los corruptos los premiados con ascensos y prebendas.

La asfixia del día a día

Una de las pocas alegrías que le restan al cesante es la compañía de su nieto. El chico está muy vinculado a su abuelo y a los sufrimientos de éste. Desde llevarle las cartas que piden recomendaciones hasta dar vuelo a su imaginación para sostener conversaciones con el mismo Dios, al que le habla de las dificultades del abuelo. Su ensoñada divinidad le da esperanzas por un tiempo, para concluir por revelarle que Don Ramón ya no encontrará colocación, que sólo le queda morirse.

La pintura de una clase media empobrecida, sin función económica real, sujeta al empleo público o menguadas rentas de pequeñas propiedades urbanas o rurales, es una de las especialidades literarias del escritor. Esa pequeña burguesía vive atada a las apariencias, a una apetencia por pequeños lujos que están por encima de sus posibilidades. Costosas visitas a la ópera, recepciones con muchos invitados, excesivas compras de muebles para la casa y de ropas con las cuales fingir prosperidad. Todo da de lleno en los reducidos presupuestos familiares. Esa situación insostenible lleva al endeudamiento mediante usureros, al empeño de cualquier objeto de valor del que puede prescindirse, a los “sablazos” a parientes y amigos en busca de algunos fondos, a las compras impagas a comerciantes y proveedoras. Más otras mil artimañas para sostener apenas la comprometida supervivencia. Para soportar esa cotidianeidad sombría acuna ilusiones de nobleza, memorias de un pasado lejano. Se parece a la misma España, en más de  un sentido.

Villaamil y su familia participan de lleno en todos esos rasgos y comportamientos. Esposa, cuñada e hija soltera del “jefe de familia” gastan lo que no tienen. Necesitan agasajar a sus vínculos sociales, participar de actividades que le permitan sostener un barniz de cultura, cultivar una apariencia física que les facilite no desentonar en visitas y encuentros. Con el padre sin empleo, las circunstancias se vuelven desesperantes. Además hay un yerno, viudo de otra hija, llamado Víctor Cadalso. Corrupto y egoísta, se trepa a las costillas de su familia política cuando le conviene y le niega el menor auxilio, y hasta se mueve para perjudicarla cuando la fortuna le sonríe.

Un componente importante son los personajes femeninos y su vida de pequeños acontecimientos. Atravesadas por ilusiones frustradas, privadas de otro destino que no sea el matrimonial, presas de convenciones sociales que imponen la autorrepresión. Estas mujeres de Madrid decimonónico son víctimas de un sistema sexista. Encuentran un falso desquite en una vida social poblada de ornamentos que no pueden solventar. La hija, Abelarda, es un compendio vivo de esa situación. Soltera y entrampada en un noviazgo intrascendente, plena de deseos insatisfechos, incluido un desairado amorío con su cuñado, parece encaminarse de frente a una frustración arrastrada de por vida.

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Razones para leer Miau

Son varios los elementos atractivos de la novela. El recorrido por la azarosa existencia de la pequeña burguesía es un eje cautivante. Transmite una percepción vívida de la existencia urbana, en medio de un capitalismo deforme. Y dentro de esa formación social, en una ciudad capital en el que la administración y los servicios no proporcionan medios de vida suficientes para sus sufridos habitantes. Lo hace con trazos en los que se conjuga la sátira mordaz con una atmósfera de drama que toma forma poco a poco hasta que irrumpe sobre el final.

Para los interesados en componentes políticos de la narración, el tratamiento que da Galdós a la burocracia estatal resulta cautivante. Un “mundo del revés” que encumbra a unos y exprime a otros sin piedad, mientras mal administra a una sociedad que navega de prisa hacia el descalabro final. No  hay que olvidar que unos años después de la escritura y ambientación de esta novela, ocurriría lo que los españoles dieron en llamar el “desastre de 1898”: La derrota bélica sin atenuantes ante Estados Unidos y la pérdida de las últimas colonias.

Otro incentivo para leer Miau es su componente de impugnación ética a un ámbito social carente de sentido, en el que casi nada es lo que parece. Y cualquier inquietud trascendente es ahogada por la frivolidad de un goce de vivir que todo lo somete al dinero, o al padecimiento inenarrable de no tenerlo en donde no hay nada tan apreciado.

Para los que sienten el amor por España y su literatura, esta novela será un auspicioso encuentro con uno de sus escritores mayores. Surcada por la crítica a un presente ruinoso que no avizora nada mejor en el horizonte, Miau, como buena parte de la obra galdosiana, deja entrever una veta de rebeldía en medio del horizonte de descontentos y decepciones.

Unos años después el escritor se acercará al socialismo, desde creencias republicanas que ya profesaba con anterioridad. En 1905 dijo “Voy a irme con Pablo Iglesias. Él y su partido son lo único serio, disciplinado y admirable que hay en la España política.” Don Benito era de origen “acomodado”, en una familia de militares y funcionarios. Su filosa mirada sobre una sociedad cuya decadencia la hacía aún más injusta, que se muestra en la novela que nos ocupa y en muchas otras de su vasta producción, lo condujo a confraternizar con la causa obrera.

Imagen principal: Joaquín Sorolla. Retrato de Benito Pérez Galdós. (1894)

Daniel Campione

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