Lazos de familia: Bienvenidxs al primer mundo

Lazos de familia: Bienvenidxs al primer mundo

18Oct21 0 Por Juan Pablo Casiello

Pasados los 85 años, otra vez Ken Loach -con el impecable guion de Paul Laverty- vuelve a acertar. En lo que mejor hace: abrirnos una ventana a la vida, las ilusiones, las expectativas, los fracasos y los sinsabores de los trabajadores y trabajadoras ingleses.

Ricky (Kris Hitchen) es un orgulloso trabajador inglés. Nacido en Manchester es hincha del City. Trabajó siempre, tuvo todo tipo de empleos y -“tiene orgullo”- jamás aceptó un subsidio del Estado.
Abby (Debbie Honeywood), su mujer, también es oriunda de Manchester. Trabaja para una empresa “de cuidados”: desde temprano a la mañana y hasta bien entrada la noche recorre los más diversos barrios de Londres brindando atención a personas solas: ancianas, ancianos, un joven discapacitado. Por la noche, pero también a través del celular durante la jornada laboral, se encarga del cuidado de Seb, su hijo adolescente en crisis, apasionado por los grafitis y en camino de dejar la escuela y Liza, una niña por demás de responsable que padece como nadie la dura situación familiar.
Endeudados, con el sueño de la casa propia, en un presente cada día más complicado Ricky resuelve apostar a un nuevo trabajo en una empresa de repartos. La promesa de un ingreso elevado lo lleva a aceptar una jornada laboral de 14 horas, 6 días a la semana. Aunque las reglas no pueden ser más rígidas, debe entender que no hay vínculo laboral, que él es su propio patrón: “No trabajas para nosotros, trabajas con nosotros” le dirá con claridad el feroz encargado del depósito subido al mundo de la “uberización” laboral. Ricky recibirá su pago por cada paquete entregado y todo queda cargado en un scanner que registra cada movimiento y hasta hace sonar una alarma si pasa más de dos minutos fuera de la camioneta. El primer día de trabajo otro repartidor, un poco en broma y un poco en serio, le entrega una botella de vidrio vacía y le explica: “Es para que puedas orinar en ella”.
Inevitablemente todo irá empeorando. En la vida familiar pero más aún en la laboral: en lugar de premios y grandes ingresos habrá multas, sanciones, amenazas, accidentes, robos y nuevas deudas.
Pasados los 85 años, otra vez Ken Loach -con el impecable guion de Paul Laverty- vuelve a acertar. En lo que mejor hace: abrirnos una ventana a la vida, las ilusiones, las expectativas, los fracasos y los sinsabores de los trabajadores y trabajadoras ingleses. Los continuadores en este siglo XXI de aquella clase obrera orgullosa que supo ponerse en pie y logró, a través de sus sindicatos, importantes conquistas; pero que no supo arrebatarles el poder a los patrones y desde hace décadas va de derrota en derrota.
Iniciada hace más de 50 años, la filmografía de Loach ha ido cambiando: ya no es tiempo de la vida y las luchas del proletariado industrial, de la construcción, de las minas de carbón o del ferrocarril. En una suerte de retroceso a los primeros tiempos de la revolución industrial la relación es muy despareja porque cada trabajador está solo: Ricky en el laberinto diabólico de la “uberización”, Rose en sus reclamos telefónicos a la encargada de la empresa de cuidados donde trabaja que siempre responde que no a sus planteos más elementales. El sindicato, erróneamente traducido como “unión”, solo aparece con nostalgia en las viejas fotos que una anciana le muestra a Addy de cuando trabajaba en unos comedores comunitarios para los trabajadores mineros en huelga.
Parece que solo quedan los Lazos de familia. Pero no alcanzan. Y por eso Loach no se cansa de desocultar y de denunciar las tremendas condiciones que impone este capitalismo aún en el ansiado “primer mundo”. Por eso retornan con tanta actualidad, y con tanta urgencia, aquella frase con que Marx cerraba, a mediados del siglo XIX y en la misma Londres, el Manifiesto, llamando a la unidad de los trabajadores.

Juan Pablo Casiello.

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