Unas noches en “La Ópera”

Unas noches en “La Ópera”

22Oct21 0 Por Daniel Campione

El café La Ópera, en Callao esquina Corrientes, nunca fue un lugar de Buenos Aires con un “ángel” especial. Como sí lo eran sus homólogos de la zona; La Academia, La Paz, La Giralda, incluso El Vesubio, entre Libertad y Cerrito. Lo que sí tenía era una ubicación estratégica, en aquellos años finales de la dictadura.

Nuestro lugar en el mundo, desde Callao a Cerrito

En aquella esquina arrancaba el “circuito” tan informal como rígido, que guiaba las excursiones por la avenida. Se partía de allí en dirección al Obelisco. Con posibles paradas en librerías; Guerrin u otra pizzería, el restaurant Pippo, algún otro bar de la zona. A veces también el hall del teatro San Martín, para escuchar gratis a artistas que fueran de nuestro gusto. Y con más frecuencia, recalábamos en uno de los varios cines cuyo nombre comenzaban en “Lo”, o también en el Arte. El también inexorable fin de recorrido era Cerrito, con un obligatorio “media vuelta” sin atravesarla, para caminar de nuevo en dirección a Callao.

Cuando nos ganó el fervor militante, el envidiable emplazamiento del bar adquirió un significado novedoso. Ahora podía ser  tomado como el vértice de un triángulo imaginario cuyos lados se extendían, uno hasta el 274 de Callao, el eterno local del Comité Capital del Partido Comunista, que aún está allí. El otro se proyectaba hasta el 2000 de Corrientes, donde se encontraba el cine Cosmos. Cualquiera podría preguntar por qué no elegir La Academia, también más o menos equidistante de ambos objetivos.

La  razón para escoger a La Ópera con mayor asiduidad era que allí los de la Juventud Comunista éramos “locales”. El insomne bar de los billares refugiaba sobre todo a los peronistas. En La Paz compartíamos terreno con militantes de la izquierda más radical. La Giralda  era punto de convergencia de integrantes de diversas tribus. El Vesubio era parada sobre todo de gente de teatro. A la estimada esquina de Callao y Corrientes sólo concurrían lo que el periodismo envarado llamaría “parroquianos de la zona” y…nosotros.

Si era para realizar alguna reunión política que no conviniera situar ni en la Facultad (estudiábamos Derecho) ni en el local de Callao, a veces se prefería el ambiente más reducido y discreto de Los Galgos, a una cuadra, en la esquina con Lavalle. Pero si se trataba de amucharse para salir en grupo o de despenar el resto de la noche después de consumada la salida…era en La Ópera.

Quizás el destino más frecuente lo ofrecía el Cosmos. A ver películas, soviéticas, por supuesto, pero también podían ser checas, o un ciclo de Ingmar Bergman. A veces alguna de procedencias no habituales. Recuerdo haber asistido a más de una proveniente del poco conocido cine israelí. Había algunos films que eran “de cajón”. Reunían como público a comunistas de distintas generaciones. El documental El fascismo al desnudo, por ejemplo, que todxs habíamos visto por lo menos dos veces.

¿Qué se hacía en La Ópera?

Se bebía café o cerveza, no era escenario propicio para la ginebra. Sobre todo se sostenían charlas interminables, en las que el eje imprescindible era la política. Fuera la internacional, la local, o la de la cotidianeidad militante. Desde allí se dirigía la atención hacia otros temas.

Café La Opera - Picture of La Opera, Buenos Aires - Tripadvisor
Vista de La Ópera, en la planta baja de un edificio histórico

Podía conversarse acerca de películas, teatro, literatura, chicos, chicas…pero todo estaba atravesado por el eje político. Lo más alejado de la militancia que se solía leer y comentar eran novelas o cuentos de ciencia ficción que refiriesen al espantoso futuro de un capitalismo decadente…o al venturoso porvenir de un socialismo (o comunismo) consolidado. Los que gustábamos de la literatura de terror, o los que se inclinaban por los policiales, así como quienes deliraban por las historietas (nadie decía comics), rozábamos el borde de lo tolerable.

Se formaban parejas con militantes de la propia organización o de otras (quien esto escribe tuvo una novia “trosca”). Casi no se concebía salir con alguien no politizadx o que, interesado en la política, no tuviera definiciones tomadas. Por supuesto, nadie “comía vidrio”, y una belleza rotunda, una inteligencia cautivadora o una simpatía desbordante, podían recibir un merecido homenaje, si había oportunidad. Pero sin muchas expectativas de establecer un vínculo perdurable.

En cuanto a nuestros destinos personales, la mayoría experimentábamos la comezón juvenil por el afán de “ser alguien”, por no hundirnos en el anonimato y dejar atrás sólo el olvido generalizado. Claro que podíamos imaginarnos un reconocimiento amplio, incluso la fama, hasta la gloria… pero siempre en términos de idealismo politizado o al menos de acción colectiva, de realización comunitaria.

La perspectiva del ejercicio privado de la abogacía, con el dinero de los clientes como objetivo principal, nos parecía indeseable a casi todxs. Fatigar los pasillos de tribunales sin ningún objetivo trascendente se nos antojaba de una grisura indigna. Fuera del campo jurídico, nos imaginábamos en los horizontes más disímiles, siempre de finalidad más o menos altruista. Para nada estaba descartado unirse a gestas revolucionarias en cualquier otro lugar del planeta. Y dejar allí el pellejo,  si era necesario.

Sabíamos que en el país faltaba poco para el regreso al sistema constitucional. Lo que no quitaba que estuviera claro que nada nos aseguraba que no tuviéramos que enfrentar una nueva dictadura. Y demasiado sabíamos que tal cosa podía equivaler a persecución, cárcel, secuestro…No nos arredraba, nos sentíamos “jugados”. Cualquier destino sería preferible a replegarse a un pequeño universo individualista. A preocuparse sólo por el reemplazo del microondas o el ajuste del motor del auto. Estábamos dispuestos incluso para el heroísmo. O al menos eso creíamos.

Los derroteros posteriores de los integrantes de aquel grupo autopercibido como de “revolucionarios probados” fueron muy variados. Valgan como ejemplos el de la varias veces legisladora nacional y alta funcionaria del poder ejecutivo, el novelista de rigurosa autoedición, el exitoso asesor de gestores culturales, el escribano de gobierno, el juez laboral, etc.

Algunxs siguieron para siempre en la militancia cotidiana, arrostrando todos los contratiempos y sinsabores. Sin pasar casi nunca un día completo dedicado al esparcimiento individual o familiar. “Ganándose el pan” en variados menesteres, a menudo arduos y de remuneración insuficiente. No faltaron los que hicieron del ejercicio de la abogacía el centro de su vida. Ya fuera con sustento de los ideales políticos y sociales, incólumes como el primer día. O tentándose finalmente con el aroma del dinero o del poder.

Una noche de “control” y temores

La Ópera también fue en ocasiones escenario directo de acciones militantes. Sabíamos que no era aconsejable. Demasiado céntrico y visible, en exceso conocido como “parada” de comunistas. Contra todas las reglas de la prudencia, a veces ocurría. Como en aquella oportunidad en que fue emprendida una agitación múltiple por toda la zona céntrica: Volanteadas, actos relámpago, pintadas, etc. Coordinaban la actividad un par de compañerxs que eran de Capital, pero no conocedores de la zona céntrica.

Deben haber pensado que la estratégica esquina era un excelente sitio para hacer el “control”. Se daba ese nombre a un punto por el que debían pasar todos quienes habían tomado parte en una acción riesgosa, para constatar que no habían “caído en cana” o sufrido otros percances. En aquella época sin celulares, en la que en muchos hogares y oficinas ni siquiera había líneas fijas, o estas no funcionaban, tal procedimiento era más que razonable.

Y allí fuimos hacia el “control”, en nuestro caso después de volantear. Sabíamos que todo podía tener un pésimo final, con la policía que encontrara “regalada” una redada en la que detener a decenas de militantes de “La Fede”, incluidos algunxs “caracterizados activistas”, con “profusos antecedentes”. El temple alegre de los veinte y pocos años hacía que marcháramos hacia el peligroso encuentro del mejor humor, divertidos con variados chistes sobre las posibles ocurrencias de la “caída” en masa.

Por suerte en aquellos años (1982-1983), el vigor represivo ya estaba menguado. No hubo ningún operativo especial de los “servicios”. Las comisarías de la zona sin duda estuvieron muy al tanto de los sucesos. Es probable que sus responsables no hayan querido perturbar un calmo anochecer en sus respectivas sedes con complicaciones que el clima político ya reinante no hacía deseables.

Y los “milicos” se fueron…

Asumida la presidencia por Raúl Alfonsín, el mate cocido elaborado en la derruida cocina del Comité Capital y el a veces quemado café del bar fueron degustados con menos frecuencia. Ya se podía desplegar actividades políticas a la luz del día. Concurrir a actos públicos y movilizaciones sin que los vehículos celulares, los bastones y los gases lacrimógenos fueran una amenaza constante. Las reuniones podían celebrarse en la casa de cualquiera o en uno de los múltiples locales que habían abierto hacía poco, o salido a la luz tras largos años de clandestinidad.

Cualquier día se podía montar mesas en alguna vereda transitada (muchas veces sobre “Corrientes”, por supuesto) y repartíamos materiales diversos, vendíamos “literatura” (libros, folletos y revistas especializadas, en el castellano habitual). Y polemizábamos con todx transeúnte dispuesto a emplear unos minutos en un debate improvisado.

La proximidad con las mesas de cualquier otra agrupación daba lugar asimismo a largas discusiones. A ponderar o denostar a los respectivos dirigentes. A vilipendiar las posiciones de los otrxs en tal o cual proceso o conflicto; transcurrido a veces a pocas cuadras de dónde estábamos, o podía ser que situado en el otro extremo del mundo.

Ya se tenía entonces conciencia de que, a pesar del espanto de los años de dictadura, nos la habíamos compuesto para ser felices. Para vivir a pleno nuestra época de primera juventud. No sin vacilaciones y algunos resquemores, íbamos a emerger en una nueva etapa, con desafíos diferentes, pero que a su modo también nos apasionaban.

Sabíamos sobre todo que, como decía el estribillo de una canción entonada hasta el cansancio en guitarreadas y “peñas”, “no nos habían vencido”. Y con tristezas y dudas incluidas, nuestra convicción era que el futuro nos pertenecía…

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