El agronegocio y la libertad que nos falta

El agronegocio y la libertad que nos falta

31Oct21 0 Por Nora Tamagno

Antonio Aracre, CEO de Syngenta, afirmó en un debate que los productores
agrícolas tienen libertad para elegir la tecnología de producción. Es necesario
desmontar esta mentira para entender las razones del agronegocio y tener más
herramientas para discutir y promover un nuevo modelo productivo
.


Hace unos días en un debate televisivo sobre el costo de los alimentos, el CEO
de Syngenta, una de las principales corporaciones del agro en nuestro país,
expuso algunas opiniones sobre las que es necesario reflexionar. Dijo
reconocer que la alimentación es un derecho, una expresión “políticamente
correcta”, que desmintió posteriormente cuando afirmó que “la comida es un
producto más dentro de la canasta de productos y servicios y por lo tanto rige
la misma dinámica de la inflación en general y a veces es hasta un poco peor”.
Cuando se le planteó que el agronegocio no es el único modelo productivo,
dijo: “se puede hacer tambien agroeocología, pero los productores deciden
libremente usar la tecnología (que ellos venden)”. Ya no es novedad que los
representantes de las corporaciones hablen de agroecologia y la reconozcan
como una alternativa. Sucede que en la actualidad la sociedad ha tomado
conciencia sobre los daños del agronegocio y se conocen numerosas
experiencias agroecológicas valiosas, que demuestran que es un modo de
producción de alimentos saludables, sustentable (en términos sociales,
económicos y productivos) y viable en todas las escalas. Si algo saben hacer
los CEOs es estar atentos a los rumores de la sociedad y adaptar sus
discursos para mantener sus posiciones de mercado. Por eso hoy, sólo
algunas posiciones muy extremas, descalifican a la agroecología.
Lo que no debemos dejar pasar por alto, porque parece estar impuesto como
verdad, es que dijera que los productores, a los que también llamó “miles de
clientes” eligen libremente las tecnologías que el agronegocio propone. Esto es
una mentira con la que las empresas transfieren la responsabilidad sobre el
daño del modelo a los productores, de igual modo que al decir que las
tecnologías no son dañinas y que el problema son las malas aplicaciones (que
realizan los productores o contratistas). Recordemos que las Buenas Prácticas
Agrícolas (BPA) son su nuevo caballito de batalla. Hay varios ejemplos que
podemos dar para demostrar que no existe tal libertad de elección:
1- A los pocos años de la aparición de los híbridos de girasol,
desaparecieron del mercado de semillas las variedades tradicionales. Si
un productor no pudo guardar semillas de sus variedades quedó
atrapado en la nueva tecnología, que además es muy demandante de
agroquímicos.

2- A los pocos años de liberarse la soja transgénica en Argentina,
desaparecieron del mercado las variedades no transgénicas.
3- Es verdad que la soja transgénica se adoptó rápidamente, pero también
es necesario aclarar que se impuso con el argumento de facilitar el
control de malezas y porque el precio del glifosato era muy bajo (la
patente quedaba liberada). Lo que las empresas ocultaron fueron los
riesgos ambientales que la difusión de este paquete implicaba y el
gobierno hizo la vista gorda, legitimando la tecnología.
4- El nuevo cultivo transgénico “sojizó” el agro argentino, de la mano de las
empresas multinacionales: Los precios relativos de los mercados fueron,
en los primeros años de su difusión, muy favorables para este cultivo.
Por lo tanto, muchos productores optaban por hacer soja porque era lo
único que les daba rentabilidad, algunos incluso abandonaron la
ganadería por la misma razón y otros, más pequeños decidieron alquilar
sus tierras a los pooles de siembra (para sembrar soja). Para los
productores familiares, alcanzar rentabilidad es una necesidad vital,
porque de esos ingresos viven sus familias. Ninguna de estas opciones
fueron tomadas en libertad, sino bajo la tremenda presión del mercado.
No hubo políticas públicas para frenar ese proceso, por lo contrario, se
festejaba el aumento de las divisas que ingresaban a las arcas
nacionales.
5- Las semilleras son las que deciden cuáles son las variedades
comerciales de los principales cultivos que se ofrecen en el mercado y
las que van a las evaluaciones de cultivares que se hacen anualmente
(redes oficiales, INTA). Esto no es un detalle menor, ya que la
información sobre el comportamiento productivo que sale de allí, es para
los productores muy confiable (porque es una evaluación pública).
6- Los productores familiares pequeños y medianos, frecuentemente
necesitan de financiamiento para encarar la producción de cada
temporada agrícola, para ello recurren a las cooperativas o las
agronomías de confianza. Pero en ellas, frecuentemente operan los intereses
de las semilleras, para imponer sus paquetes tecnológicos. Ese es otro
factor que incide sobre las decisiones productivas
Se podrían citar más ejemplos, o profundizar más el análisis, pero lo hasta
aquí presentado alcanza para afirmar que las y los productores no son
libres en sus elecciones, porque siempre está el mercado mediando (de
manera directa o indirecta) en sus decisiones. Por lo contrario, debemos
considerarlos víctimas del modelo impuesto por las empresas del agro.
Pero, es muy importante destacar que las políticas públicas que los
gobiernos desarrollaron en las últimas décadas, han hecho un aporte
sustancial al feroz avance del agronegocio y a las libertades que nos faltan.

Nora Tamagno

imagen: https://agenciatierraviva.com.ar/el-movimiento-campesino-cuestiona-
la-injerencia-del-agronegocio-en-la-cumbre-alimentaria-de-la-onu/

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