Caperucita Roja, una película de Tatiana Mazú González

Caperucita Roja, una película de Tatiana Mazú González

3Nov21 1 Por María Inés González

Desde mañana jueves 4 de noviembre, día de su estreno en salas de cine, se proyectará el documental Caperucita Roja (2019) en Buenos Aires, después de haber hecho un largo recorrido virtual y con funciones presenciales, por diversos países.

 En la obra de Tatiana Mazú González hay una poética y una idea que retornan: cómo construir, desde la subjetividad, desde lo íntimo y conocido, un relato, una imagen y un sonido que visibilicen lo social y lo universal: la Historia no narrada. 

En este caso, acude a su abuela Juliana, inmigrante española de origen campesino; mete la cámara en su casa, la sigue en sus pasos diarios, la contempla desde todos los planos, dialoga con ella y la hace audible en diferentes tonos y volúmenes. Es desde aquí, en los enlaces que se configuran con las astillas de la memoria de una anciana de 90 años y las discusiones, anécdotas y conversaciones entre y con las generaciones más jóvenes, que el film trasciende la biografía de una niña que en 1938 escapó sola por un bosque para liberarse del maltrato al que estaba siendo sometida, que aprendió el oficio de modista para emanciparse y que luego viajó sola a la Argentina como último gesto liberador, para pasar a narrar la historia del sometimiento, las luchas y la liberación de las mujeres en el siglo XX.

Caperucita es un relato de doble aprendizaje: nieta y abuela aprenden a escucharse en sus desacuerdos; a quedarse en silencio ante preguntas difíciles. Pero, en otro plano, hay también un intercambio de saberes que una dona a la otra, y que demarcan el inicio y el final abierto de la trama. El film usa como leit motiv la confección de un simbólico abrigo rojo con capucha que Juliana le enseñará a coser a su nieta; en ese camino, Tatiana le irá confiando a la abuela los secretos de realización de una película, la lectura del lenguaje metafórico, la inspirará para que se atreva a escribir los diarios de su propia biografía. 

El film despierta aquello que Roland Barthes nombró como el susurro del lenguaje: “un ruido imposible, el ruido de lo que, por funcionar a la perfección, no produce ruido”. En efecto, el elaborado trabajo sonoro disemina, justamente, susurros, sonidos apenas audibles, sutiles, que -provenientes del paisaje o de la voz de la anciana- corroboran el acierto de esta cita. Es en esos susurros donde descansa la memoria, sin la cual nada perdura ni se levanta.  

No casualmente son los relatos de la oralidad rural, los cuentos memorizados y transmitidos de boca en boca, los que Juliana y las mujeres de tres generaciones de su familia reproducen a coro; no en vano la palabra que arranca solo como un rumor en un pueblito español se alza, en la pantalla, transformada en las canciones revolucionarias de la Guerra Civil que entonan sus nietas.   

Históricamente, la perfección del lenguaje de las mujeres radicó en esta necesidad de decir y transmitir, sin poder acudir al ostentoso lenguaje público del varón. Por eso, en Caperucita -justicia poética- solo a las mujeres les corresponden la palabra y la imagen. Como contraste, la única voz masculina parece reencarnar al lobo del cuento: es la del agente inmobiliario que pretende convertir el pueblo de Juliana -ahora en ruinas, pero que fuera un territorio de resistencia contra el franquismo-, en un negocio signado por la falsificación del merchandising a la que el capitalismo somete todo. 

Juliana, conservadora y rebelde; tan patriarcal en la repetición de los discursos aprendidos como feminista en cada decisión de vida que tomó; anciana joven que canta, cose, baila y sigue trepando la montañas de su tierra con zapatitos de tacón y tapadito de paño, se encuentra, al final de esta aventura cinematográfica, transitando esos mismos bosques con su nieta. Sus últimas palabras, quizás sin ella saberlo, son la metáfora perfecta de la emancipación de las mujeres, encarnadas en la figura de su nieta.

María Inés González

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