Disfraces y mentiras

Disfraces y mentiras

3Nov21 0 Por Carlos Munevar

Los disfraces no se limitan a esos colombianos que quieren pasar la página de la pandemia y llenar de esperanza y alegría sus vidas en medio de una profunda crisis económica y social. 

 

Hace poco fue noche de Halloween y como de costumbre miles de familias colombianas salen disfrazadas a pedir dulces: “quiero paz, quiero amor, quiero dulces por favor”, decía el coro unísono por las calles de la barriada popular y en los pasillos de los centros comerciales, atiborrados de cientos de superhéroes, personajes de terror, hadas, diablas, ángeles, etc., el tapabocas parecía un elemento de utilería del disfraz, ya no se usa o va de adorno colgado de una oreja, es como si la covid19 ya no le importara a nadie. 

Pero los disfraces no se limitan a esos colombianos que quieren pasar la página de la pandemia y llenar de esperanza y alegría sus vidas en medio de una profunda crisis económica y social.  Por esta época de las  precampañas presidencial  y del legislativo, los politiqueros tradicionales salieron a la calle  vistiendo sus mejores disfraces, antifaces, caretas y hasta máscaras, eso sí de todos los estilos y para todos los gustos: algunos subieron al transporte público disfrazados de pasajeros, hablaban como gente del común entre los olores propios del hacinamiento de un bus, eso sí, iban sentados para no parecer acomodados; otros se pusieron el disfraz de hombres y mujeres íntegros y diligentes, platicaban de la defensa de los valores de la familia, el cuidado de los niños, son provida y “diligentemente” aprobaron el presupuesto nacional, sin antes leerlo, porque era necesario dar fin a la ley de garantías  cuanto antes, para que se pudieran utilizar dineros públicos en plena campaña electoral y así beneficiar a los más vulnerables (sarcasmo)… por ahí  caminan otros  disfrazados con la onda progresista, a veces saludando con la mano izquierda pero firmando con la mano derecha, algunos no son tan arriesgados y prefieren llamarse “de centro”, actúan con buenos modales y llevan un polo a tierra, no quieren “polarizar” porque los extremos son malos, excepto ellos que son el “extremo centro”. En general quieren parecer cercanos a la gente, sonríen, dan la palmadita en la espalda, incluso hay uno que juega a ser bailarín y con coreografía incluida, hace tik toks para llegar al “público” joven, porque finalmente no son ciudadanos, son solo eso espectadores de la “fiesta” de la democracia. 

Su objetivo es que el pueblo olvide que en plena pandemia, mientras se pasaba hambre y los trapos rojos colgaban de las ventanas como señal de SOS, se mendigaba una renta básica, se lloraban los muertos en la soledad de un hospital y miles perdían sus empleos y microempresas, estos “padres de la patria”  vacacionaban con la nevera llena desde sus haciendas y casas de campo, otorgándole superpoderes a ese fulano que se disfrazó de presidente hace casi 4 años, para que entregara miles de millones al sector financiero, invirtiera otros cuantos en robustecer el aparato represivo, darle mermelada y puestos a sus amigos y destruir lo poco que quedaba de Estado social de derecho.  En Colombia algunos asumen, no son pocos, que fue apenas una fuerte gripa o en el peor de los casos una mentira proveniente de una teoría conspirativa. Las cifras escalofriantes del país en número de muertes y contagiados que están entre las más altas del planeta son para una buena mayoría de colombianos apenas anecdóticas.  A eso nos llevó el manejo criminal que el gobierno de Ivan Duque ha hecho de la pandemia. 

Pero como entre gustos no hay disgustos también existen los personajes de ultratumba,  se disfrazan de “seguridad”,  quieren que los perciban como los adalides y defensores de la democracia, ¿cuál?, en un imaginario Estado “benefactor”, posan como murallas infranqueables con una aparente autoridad moral que les da el aval para seguir protegiendo al país de ese “comunismo” disfrazado de progresismo que puede llevar al país a la debacle “castrochavista”, en esa ficción entre  posverdad y neofascismo se ha llegado incluso a proponer el porte libre de armas, como si no hubiesen sido suficientes los episodios de barbarie en medio del paro nacional de este año,  en donde esas gentes “de bien” vestidas con camisa blanca para resaltar su “pureza”(autodenominadas así porque según ellos defienden las instituciones y respaldan la legitimidad de la fuerza pública, “cueste lo que cueste” ) disparaban contra los manifestantes a plena luz del día, encubiertos por la policía nacional.

 La propuesta en si es disfrazar de paramilitares urbanos a todo aquel que crea en su relato de país, según el cual Colombia es uribista y el connacional que no lo sea, no tiene derecho a hablar, a opinar, a ser periodista independiente que relate los hechos que los mercenarios del micrófono, publicistas del régimen no cubren o distorsionan, a pedir cuenta sobre los millones que se roban semanalmente, a pedir justicia para los desaparecidos, los masacrados, los sin nombre, los “nadies”, a hablar de derechos reproductivos, a exigir cumplimiento de las leyes, a exigir transparencia electoral…

Incluso se quiere  disfrazar de votantes a cerca de 5 millones de “habitantes fantasmas” que el cuestionado  registrador nacional  Alexander Vega dice que aparecen en sus bases de datos, contrariando los datos del DANE (Departamento administrativo nacional de estadística); según la registraduría nacional responsable de las elecciones somos 55 millones de colombianos, según el DANE en sus más recientes datos solo figuran 50 millones, así pues, 5 millones de votos “fantasmas” servirán para que la farsa y el circo electoral haga su tarea y el establecimiento pueda recortar la inmensa ventaja que le dan las encuestas al candidato Gustavo Petro. 

Por las esquinas y en la sombra aún veo acercarse una muchedumbre, es una procesión de la muerte encabezada por un viejito con semblante lúgubre que arrastra 6402 botas militares desamarradas y en las manos lleva  tres huevitos que protege de las miradas de los curiosos, alguien me dijo que la verdad eran tres píldoras: paramilitarismo, fascismo y neoliberalismo, y que lleva disfrazándolos los últimos 20 años, les llama jocosamente “seguridad democrática”, “cohesión social”  y “confianza inversionista”, lleva un  disfraz ya desteñido y con un olor fétido, sin embargo va acompañado de un séquito de tipos vestidos de abogados bien perfumados que disimulan la pestilencia que les acompaña. 

A su paso, los demás enmascarados inclinan su cabeza y el anciano les da la bendición, dicen que reza mucho y que es un gran hombre de fe. Eso si lleva un látigo en la mano porque está convencido de que la letra con sangre entra y que la autoridad debe ser serena, firme y con criterio, solo hay un problema, muchos colombianos ya le descubrieron el disfraz y tal vez la máscara se le caiga porque no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.  

Foto : El periódico.

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