¿Las vacas comen dólares?

¿Las vacas comen dólares?

6Dic21 0 Por Guillermo Cieza

Distintos analistas han coincidido en que el gobierno no podrá cumplir en noviembre su meta de bajar la inflación mensual por debajo de tres puntos. El aumento de la carne de un 7% en los mostradores, empuja el promedio de los alimentos. ¿Qué hay detrás de esos aumentos?



Cada vez que se produce un aumento abrupto de la carne vacuna una amplia variedad de opinológos tienen tribuna para exponer sus teorías en distintos programas de televisión, medios gráficos, o redes sociales.
En estos debates algún panelista arriesgó la pregunta: ¿por qué sube la carne cuando se dispara el dólar, si las vacas comen pasto? Una de las más contundentes respuestas las recibió por parte de Hector Huergo, en el medio que dirige, Clarín Rural. Huergo, que en el pasado fue dirigente juvenil de orientación trotsquista-posadista, en la Facultad de Agronomia de la UBA, y durante muchos años empleado de Monsanto, ha sido uno de los grandes ideólogos de la aplicación del modelo agropecuario industrial y es el principal vocero de los agronegocios en Argentina.
En su artículo “La ganadería ya no es lo que era”, Huergo sostiene que aquella imagen de vacas comiendo pasto es una cosa del pasado. Según este vocero las vacas comen granos durante toda su vida y pone ejemplos de la lechería, que no tienen que ver con el asunto, porque no es lo mismo producir leche que carne. Después dedica su artículo a hacer el elogio del mixer, un carrito que permite mezclar y distribuir granos u otros forrajes a la hacienda. Es decir según su opinión hay una dependencia estrecha de la carne con el dólar porque la alimentación de las vacas depende de dos factores que se cotizan en dólares: los granos y el mixer.
La realidad de la ganadería argentina es bastante distinta de la que describe y, seguramente promueve, Huergo. Durante todo el proceso de cría, que no dura menos de siete meses los terneros sólo comen pasto y toman leche de sus madres, durante las recrías que suelen durar entre seis meses y un año los animales comen pasto, que algunos productores suplementan con granos.. La etapa de engorde se puede hacer a pasto, con o sin suplementación de granos o en confinamiento o feed lot, que es lo que propone el modelo industrial. Este último engorde, que es el más difundido actualmente, dura tres meses y los animales comen exclusivamente alimento balanceado, de base maíz.
Es cierto que para los ciclos de recría se utilizan verdeos, de renovación anual como sorgos y avenas, y se siembran pasturas que se renuevan cada cuatro años o más, y que el insumo de esas semillas se pagan en dólares. Pero esto no modifica el hecho que, a diferencia de la agricultura donde casi todos los insumos están en dólares, en la ganadería argentina no sucede lo mismo porque el principal alimento sigue siendo el pasto. Lo que ha sucedido es que el modelo industrial ha penetrado menos en la ganadería, e incluso muchas avanzadas del modelo industrial han sido descartadas por los productores, porque han advertido que son antieconómicas. A modo de ejemplo las publicitadas “promociones de rye grass” aplicando glifosato a finales del verano, se han dejado de hacer porque el mismo efecto se pueden conseguir con pastoreos a fondo de animales, sin ningún costo y sin envenenar los suelos. A este manejo se lo llama “promoción a diente”. En los últimos años, también por cuestiones principalmente de rentabilidad, han aumentados las invernadas a pasto, y se han difundido la recuperación de los pastizales naturales y el pastoreo racional. Es decir, se está registrando un movimiento en la actividad ganadera que promueve una desconexión de los precios en dólares, salvo en los casos que son inevitables como medicamentos veterinarios, alambres, pantallas solares, mangueras para transporte de agua, molinos y bebederos, etc. , que aleja la ganaderia de la propuesta agroindustral. Desde este nuevo paradigma productivo que empieza a vislumbrarse, los productores ganaderos producen en pesos porque sus mayores costos son sueldos e impuestos y venden en un mercado en pesos, pero donde el valor del dolar influye porque la exportación compite con el abastecimiento interno. Allí está su ganancia, y esto explica por qué pequeños productores ganaderos que producen a pasto han logrado sobrevivir a diferencia de los pequeños productores agrícolas que entraron en el embudo del modelo agroindustrial. Con mayor elaboración sobre cuáles son los problemas que los afectan y con mayor conciencia ecológica, algunos productores se están asociando y han creado un vínculo con un matadero para proveer a una carnicería agroecológica inaugurada recientemente en Avellaneda, que vende carne de animales alimentados exclusivamente a pasto.
Resumiendo, las vacas no comen dólares y mal que le pese a Huergo, los gastos de la actividad ganadera dependen cada vez menos del valor del dolar.

El aumento del precio de la carne depende de otros factores. Como lo he señalado en otros artículos el principal problema de la carne es que se ha convertido en un producto escaso en relación a los hábitos de consumo de nuestra población y que, afectando a la inflación, se convierte en un problema de alto impacto político. En los últimos cuarenta años el stock nacional de vacunos se ha mantenido en alrededor de 54 millones de cabezas y la producción anual de toneladas en tres millones. Pero la población se ha duplicado y esto explica porque hemos pasado de 80 kg. per capita por año a los actuales 40 kg. De todas maneras, los gastos en carne siguen teniendo un peso importante en las economías familiares, representan entre el 5 y el 15%. Y es evidente que cualquier mejora coyuntural de ingresos en una familia tiene como una de las prioridades aumentar su consumo. A la escasez de carne se agrega lo que se lleva la exportación. El año pasado la cifra fue muy cercana a un millón de toneladas lo que significa alrededor del 30% de lo que estaba disponible para el consumo. Este año se calculan cien mil toneladas menos. Los destinos de exportación son los tradicionales de la Unión Europea, Israel y Chile, a lo que se ha agregado la exportación a China, que en la actualidad se lleva alrededor del 80% del total. China teóricamente se llevaría cortes de escaso valor en el mercado local, vacas viejas, huesos con carne, etc. Sin embargo, sus precios en dólares le permiten pagar por mejores animales y cortes más caros, que compiten con los del mercado interno. El gobierno ha tratado de controlar estas maniobras, pero hasta el momento no ha sido muy efectivo.
La combinación de una disponibilidad escasa de carne, la presión de la exportación, un período del año donde crece el consumo de carne por razones estacionales, la salida del confinamiento que estimula las reuniones familiares y los encuentros al aire libre y el llenado de los freezer preparatorios de las fiestas, configuraron un combo explosivo que llevó a una suba de precios en el mercado de Liniers que alcanzó al 30%, pero que después se fue debilitando.
Las principales propuestas para bajar los precios de la carne son, desde lo económico, reducir las exportaciones, y aumentar las retenciones. Desde lo productivo, aumentar el stock ganadero, mejorar los índices de preñez y de destete y aumentar el peso de faena. Y se quiere que haya mas carne en las mesas populares, se deben tomar decisiones políticas.
Reducir las exportaciones significa recibir menos divisas, una decisión que difícilmente tome un gobierno al que le faltan dólares y que está decidido a pagar la deuda externa. Las retenciones tendrán que ser muy importantes, porque hoy los exportadores tienen margen suficiente para eludir gravámenes menores. Lo de aumentar el stock ganadero y la mejora en índices de preñez y destete son iniciativas de largo plazo, pero pueden tener éxito porque empalman con una conciencia que se va extendiendo entre productoresagropecuarios de que la actividad ganadera es más segura y menos dependiente de los insumos importados, por lo tanto más estable, que la agricultura. Se debería apuntalar con créditos a productores genuinos chicos y medianos. El aumento del peso de faena es una decisión estratégica. Hoy el peso mínimo es de 300 kg vivos para los machos y de 250 kg para las hembras. Si se elevara el peso mínimo de faena de novillitos y vaquillonas a 400 kg vivo con la misma cantidad de animales se podría obtener un 25% más de carne. La razón por la que no se toma una medida como esta es que, en lo inmediato, provocaría un alza muy importante del precio de la carne, y ningún gobierno quiere pagar ese costo político.
El aumento de la demanda mundial de carnes es un hecho de la realidad. La baja del consumo de carnes rojas en Europa fue largamente compensada por los miles de millones de habitantes de las grandes potencias asiáticas que sumaron kg a sus dietas. Hoy solo minorías creen que el problema de la mala alimentación se resuelve eligiendo determinadas especies y descartando a otras. Para quienes se preocupan por su alimentación, la tendencia que se hace mayoritaria es la de aquellxs que advierten que el problema está en el modelo agropecuario industrial y tratan de evitar tanto a los animales engordados en confinamiento, como a las verduras, frutas, cereales y oleaginosas contaminadas con herbicidas y plaguicidas.
Para un país como el nuestro, el problema no es producir carne o venderla en el mercado interno o internacional, la gran cuestión es cómo se produce, con qué modelo productivo. Si se estabiliza un modelo agroecológico, sin dependencia de insumos externos, muchas cosas van a cambiar en la ganadería, y en el consumo popular. Y el precio de la carne, dejará de ser el protagonista de los grandes sobresaltos todos los años cuando se acercan las fiestas.

Guillermo Cieza

IMAGEN- Reporte Asia.

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