Venganza de Estado

Venganza de Estado

7Dic21 1 Por Alfredo Grande

Cuando el Estado se opone a la venganza no es para suprimirla sino para
monopolizarla (aforismo implicado freudiano)


La cultura represora, que es también la cultura de la hegemonía de los
significados, condena al tabú a determinados conceptos. El Odio, la Violencia y la
Venganza, son una trinidad maldita. Que nadie ose reivindicarlos porque será en
vano. En el mejor de los casos. En el peor, encíclicas laicas y no tanto, apelando
a citas ilustres que deambulan por las banquinas, detonarán en la cabeza del
profanador de las almas bellas. “De eso no se habla”. De lo otro, tampoco. Y
mucho menos de esto otro. ¿Y entonces de que se puede hablar? ¿Pero qué
dices? Se puede hablar de todo, pero tu libertad de hablar termina cuando
empieza mi libertad de escuchar…lo que yo quiero escuchar.
Tita Barahona para “canarias-semanal.org” escribe: La llamada en el mundo
angloparlante “cultura de la cancelación” se está convirtiendo en una nueva
Inquisición. ¿A qué niveles de manipulación o confusión intencionada estamos
llegando? El pasado mes de noviembre, el Consejo Escolar de Toronto (Canadá)
suspendió un acto en el que la Premio Nobel de la Paz de 2018, Nadia Murad, iba
a presentar su libro titulado “Yo seré la última: Historia de mi cautiverio y mi lucha
contra el Estado Islámico”. El motivo alegado fue que podía ofender a los alumnos
musulmanes. No hablamos de censura previa. Que va. La cancelación es otra
cosa. Es una suspensión preventiva, no previa. Muchas y muchos autores han
vivido cancelados durante décadas. Otros son best sellers. Lo best no es neutral.
La cultura represora tolera las cosquillas, pero abomina de que alguien pase al
otro lado de su espejo espejismo. Al que he denominado “alucinatorio político
social”. Una de sus conclusiones es que “la derecha es un delirio eterno”.
La trinidad maldita está cancelada. Censurada. Desprestigiada. Basureada. Por
toda la canalla que, en vez de aspirar, espira y respira basura intelectualizada. Esa
maldita trinidad son las herramientas poderosas para enfrentar y eventualmente
cancelar a las políticas “correctas” de cancelación. El Odio es la fuerza invencible
para enfrentar a un enemigo brutal. Lo señaló con precisión el Che Guevara en su
conferencia “Uno, dos, tres, muchos Vietnam”. Sigmund Freud con precisión
conceptual define al odio como la reacción normal ante un ataque a la
autoconservación. Individual, grupal, social. Son dos aportes donde lo
revolucionario está en la superficie. En un escrito mío “Odio, luego existo”
publicado en el suplemento de la Universidad Madres de Plaza de Mayo que los
viernes sacaba Página 12 (estoy hablando del año 2000/2001) despliego esta
idea. De todos modos, frente a numerosas críticas, en realidad multiplicidad de
reproches, concedí en un aforismo implicado: “el odio es sacar lo que sobra; el
amor es poner lo que falta”. Mi capacidad de conciliar llega a fastidiarme.

La violencia es maldita porque es el mecanismo del reprimido para doblegar la
crueldad del represor. Por eso es la partera de la historia. De una historia de
rebeldía y de emancipación. Sin violencia la crueldad reina en sus máscaras mas
utilizadas. Paz social quizá sea una de las más repugnantes. Mi culto a la violencia
me hizo cambiar los versos de José Martí: “y para el cruel que me arranca, el
corazón con que vivo, cardo y ortiga cultivo, nunca más la rosa blanca”. He
soñado que el poeta y revolucionario cubano me otorgaba al menos el beneficio
de la duda.
La venganza es la planificación cuidadosa para vulnerar toda forma de impunidad.
No en vano se dice que la venganza es un plato que se sirve frío. Diría que se
ejerce con frialdad. El que se enoja, pierde. Y la venganza necesita ganar.
Lamentablemente, hay demasiados Edmundo Dantés y pocos Conde de
Montecristo. Matanzas de pueblos originarios, adolescentes, viejos y viejas con
mendrugos jubilatorios, mujeres esclavizadas y torturadas en la industria de “la
Trata”, trabajadores y trabajadoras asalariados, o flexibilizados, o
clandestinizados, condenados a ganar el pan con la sangre de su frente. Cada
masacre, cada acto de terror dictatorial o democrático, las diferentes de formas de
atrofiar el presente y anular el futuro, son la expresión más genuina de un estado
vengador. Y exterminador. Se venga de aquellas y aquellos que osaron
enfrentarlo. Por acción o por omisión. En deseo, en ilusión, en intención. Para
mantener la continuidad de los actos genocidas del Estado, es necesario sostener
el monopolio de la venganza. Expresión máxima de la potestad punitiva del
Estado. Ejercida con crueldad desde los tormentos a Túpac Amaru, los
fusilamientos de la “libertadora” hasta el exterminio de dos generaciones de
combatientes por la patria socialista Los vengadores de la Patagonia trágica no
deberían ser solo recuerdo. Deberían ser para toda moral revolucionaria y todo
derecho revolucionario, una brújula para la lucha. Y con palabras de Gregorio
Baremblitt, también “para una victoria sin final”.

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