Borges, el sur y una esquina

Borges, el sur y una esquina

14Dic21 2 Por Daniel Campione

En una intersección en los lindes entre los barrios porteños de Monserrat y San Telmo, habitaba un restaurante cerrado hace poco. En esa misma esquina, Jorge Luis Borges ambientó un momento fundamental de un celebrado cuento, que integra el volumen El Aleph. El que quizás sea el mejor entre sus brillantes libros de relatos.

La pandemia se ha llevado al restaurante Maraxe, en Chile 899. Desde que empecé a vivir por esos barrios, en 1995, ese establecimiento estaba allí. Con marquesina y carteles fileteados y algún detalle de decoración de origen español en su interior, era un lugar agradable.

Quien escribe estas líneas se sentó muchas veces en alguna de sus mesas. La cercanía con mi domicilio y el gusto por los pescados y mariscos se conjugaban para que ello sucediera.

No hay esperanzas de retorno, un cartel de inmobiliaria cuelga en su frente. Otra ausencia forzada en Buenos Aires, que junta polvo después de una extendida trayectoria.

Un barrio, un cuento.

La de Chile y Tacuarí no es cualquier esquina. Allí comienza, en un modesto almacén, un cuento famoso, “El zahir”. Borges, protagonista de la narración, recibe en ese lugar la moneda de veinte centavos que se le volverá una obsesión enloquecedora, al borde de obturar todos los mecanismos de su memoria. Ese acontecimiento es central para la trama del relato.

Borges El Zahir 3 poster Drawing by Paul Sutcliffe

Una modesta placa de acrílico, al costado de la que fue la entrada principal de Maraxe, recuerda el paso por esa esquina del relato borgeano.

El escritor solía afirmar que Tacuarí era su calle favorita del Barrio (así, con mayúsculas) Sur . El tal barrio en realidad era la denominación que el cuentista y poeta asignaba a los que una toponimia  más tradicional llama Monserrat, San Telmo, incluso Constitución.

Una caminata por esa calle en la actualidad permite  imaginarse las razones de ese favoritismo. Al paso de las décadas mantiene un ritmo tranquilo y entre sus edificios se hallan reliquias de aquella época.

Para mencionar una, el antiguo bazar La luna, que sigue inmutable en la esquina de la calle México a esa misma altura. No es difícil conjeturar que Borges se detuvo ante sus vidrieras, ya entonces ocupadas por los más variados utensilios. El propio Maraxe se encontraba en la planta baja de un edificio que atestigua muchas décadas de existencia, tal vez fue asimismo objeto de su atención.

En la ficción, J.L.B arriba a esa esquina y al almacén la noche del velatorio de una muchacha que fuera su amor frustrado. Teodelina Villar, la nombra. La describe como una acendrada snob, siempre atenta a las modas parisienses.

Con un tono de mesurada ironía que constituye una de las tantas vetas de su escritura, Borges nos hace una pintura de su amada con acentos de ingeniosa comicidad. No se detiene ni ante el lugar de la muerte. Presa de un indetenible declive tanto económico como de su vida social, “Teodelina Villar cometió el solecismo de morir en pleno Barrio Sur.” Junto a su juventud y su éxito habían quedado atrás lujosos inmuebles en el norte de la ciudad.

El protagonista ingresa en el almacén de su desgracia como parte de una tentativa sarcástica de aventar el dolor por la muerte de la que era su amor platónico. No encuentra nada más contrario a las ínfulas “aristocráticas” de la difunta que tomar en un boliche de barrio una bebida modesta, “caña de naranja”. Califica como “oxímoron” a la paradójica situación

El relato, es, quizás, una metáfora acerca de los padecimientos que puede infligir la memoria si se sale de sus carriles. Ya se había ocupado del tema en “Funes, el memorioso”. Allí era una recordación infinita la que se convertía en tortura para el personaje, hasta el punto de anularlo por completo.

“El Zahir” trata asimismo de un  arrasamiento de la personalidad por vía de los recuerdos. Pero esta vez es una reminiscencia inmanejable la que ocupa poco a poco el lugar de una memoria antes privilegiada.

Por fuera de ese nudo argumental, la narración se inscribe en la línea de los cuentos más eruditos de J.L.B.

A propósito del objeto maldito, se desata una catarata de referencias a  literaturas islámicas y otras fuentes que informaron acerca de esos funestos talismanes. Hasta su pasmada admiración por la figura del tigre tiene un lugar en la narración. En un pasaje se adentra al lector en el esquema de un supuesto cuento, evocativo de la mitología nórdica, que Borges habría compuesto en el intento fallido de olvidar al Zahir.

El conjunto de la narración resulta admirable, con destaque para los rasgos circunstanciales, manejados con maestría.

¿Por qué en esa esquina?

Algo habrá tenido que ver con la elección del escenario inicial de Chile y Tacuarí que la mujer de la que Borges estaba enamorado, allá por la década de 1940 en la que creó el cuento, vivía a pocos metros de esa esquina. Estela Canto, traductora y escritora, tenía su domicilio en Tacuarí 704. Su inteligencia y belleza lo tuvieron fascinado durante varios años.

Mantuvieron una peculiar relación, colocada bajo la sombra amenazadora de doña Leonor, la madre del escritor. Parece ser que en la vivienda de Estela, J.L.B escribió (o dictó) algunos de sus cuentos más renombrados. Incluso le dejó  en esa casa el manuscrito del cuento El Aleph. Pasaron las décadas y la escritora tuvo un gesto tan irreverente como lucrativo: Lo vendió en la casa Sotheby s de Estados Unidos, en 1985.

La que por un tiempo recibió las consideraciones de una novia tuvo algunas “salidas” que no pudieron sino perturbar al escritor. Quizás la más conocida sea su contestación a una propuesta matrimonial:  “Lo haría con mucho gusto, Georgie. Pero no olvides que soy discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos.” Otra fue pedirle, parece que con marcada insistencia, que se afiliara al Partido Comunista, al que ella pertenecía en esos tiempos.

Jorge Luis Borges, de paseo con Estela Canto- latitudleteo.com

Unos “Recorridos borgeanos”, organizados por entusiastas afincados en la Biblioteca Nacional, supieron tener a Tacuarí 704 como punto de partida de la parte del periplo dedicada a la zona de San Telmo. Pese a todos los atropellos, los sitios de la memoria urbana suelen encontrarse con sus esforzados cultores.

Siguen las pérdidas para nuestra ciudad. Cabe el deseo de que el cambio de destino del viejo Maraxe no arrase también con la placa recordatoria, en la que puede aún leerse: “En la esquina de Chile y Tacuarí vi un almacén abierto. En aquel almacén, para mi desdicha, tres hombres jugaban al truco.”

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