La magia del cine y el sabor de lo prohibido

La magia del cine y el sabor de lo prohibido

21Dic21 0 Por Daniel Campione

Los cines de barrio todavía abundaban en los años 70. Algunos eran “santuarios” frecuentados por adolescentes. Entre ellos el cine Devoto, donde las restricciones de edad no existían y podíamos acceder a todo un mundo hasta entonces desconocido.

Corría 1973 o 1974. Teníamos 14 o 15 años. Los cines de barrio seguían defendiéndose bien a pesar de la “competencia” de la ya masificada televisión. Ver películas en una pantalla pequeña, en blanco y negro y con frecuentes cortes publicitarios era algo que hacíamos, pero ir al cine era un placer diferente.

A esa altura ya había pasado la época de deleitarnos sólo con películas de terror o de cowboys. Las prácticas de calificación cinematográfica de la época, pródigas en clasificar como “prohibida para menores de 18 años”, tendían a mantenernos fuera de la mayor parte de los films que se estrenaban. “Tendían”, pero no lo lograban del todo.

A tiro de un viaje en colectivo de no más de 15 minutos, se encontraba un regalo glorioso para nuestros apetitos adolescentes. El Cine Devoto, al 3300 de la calle Nueva York. Allí no había restricción etaria que valiera. Se podía entrar sin obstáculos a las “prohibidas para menores”. Ese era el negocio de ese cine. Centenares de adolescentes, casi todos varones, que se volcaban cada día a ver lo que se les vedaba en otras salas.

Sabedores del público al que apuntaban, la programación tenía un marcado sesgo hacia el cine erótico. La selección era variada, desde las producciones “criollas” protagonizadas por Isabel Sarli, hasta films suecos o daneses, atrevidísimos para la época. Y un buen repertorio de comedias eróticas italianas.

En las itálicas, la calidad cinematográfica solía incrementarse, sin perjuicio de la profusión de escenas con contenido sexual. Desde las butacas del Devoto asistimos a varias películas dirigidas por Lina Wertmuller, en las que el sexo se mezclaba con la política. Cómo no recordar a Mimí metalúrgico, herido en el honor y Amor y anarquía. Ambas protagonizadas por un actor fabuloso, Giancarlo Giannini.

Ocurre que el revoloteo hormonal no iba en detrimento del interés por la política. Los militantes ácratas o comunistas que poblaban esos filmes nos resultaban más que atractivos. La perspectiva de lucha por la transformación de la sociedad era algo con lo que empezábamos a identificarnos. No en el Devoto sino en una sala más “seria” del barrio de Liniers, habíamos visto La Patagonia Rebelde, gracias a que no era de las “prohibidas”. Nos habían emocionado las imágenes de la huelga austral y habíamos juntado indignación frente a la masacre represiva.

El cine no lo era todo. También estaban los libros. Habíamos entrado en contacto con la figura del Che Guevara a través de dos volúmenes: Una biografía escrita por Hugo Gambini y un tomo de las Obras Completas que incluía Pasajes de la guerra revolucionaria.

Otros escritos incluidos en la compilación, de mayor intención reflexiva, nos aburrían un poco. Pero Pasajes… fue leído y releído, encantados por esa mezcla de aventura bélica y epopeya revolucionaria que anidaba en sus páginas. Desde el bombardeo posterior al desembarco del Granma hasta los últimos combates, todo se volvía un relato glorioso.

No militábamos todavía, otros de nuestra edad lo hacían, pero a mis amigos y yo no nos había llegado el momento. Nuestra escuela fue escenario de una “toma” por parte del centro de estudiantes. Y por esos mismos días habíamos salido de allí rumbo a una marcha de repudio al golpe militar en Chile. Pero ahí nos quedamos. Sentíamos atracción por la izquierda más o menos clásica y un interés no exento de cierta prevención por “la guerrilla”.

Alguna pasada por una unidad básica del barrio perteneciente a la “JP-Regionales”, no derivó en un compromiso militante. Mi familia, sin llegar a la exaltación fanática de otras, era antiperonista. Nuestra Palabra, el periódico del Partido Comunista, con una mirada de prudente distancia frente al gobierno peronista podía pasar por una solución plausible de los debates de la época.

Alguna vez habíamos  entablado diálogo con militantes del Partido Socialista de los Trabajadores. Descubrir que eran fuertes críticos de las opciones “guerrilleras” y a la vez denostaban las posiciones del PC por “reformistas”, nos resultaba ilustrativo de la variedad y complejidad de miradas que existían.

Volviendo a nuestras excursiones al “Devoto” la oferta de la sala a veces nos daba gratas sorpresas, no vinculadas al repertorio sexualizado sino a otra pasión de lxs adolescentes de la época. Los documentales de rock solían también ser vetados para “menores de 18”.

El Devoto trajo por entonces Concierto para Bangla Desh, Monterrey Pop, Gimme Shelter (con los Rolling Stones) y algunas más. Aquellas manifestaciones internacionales nos resultaban gratas, pero el summum  para nosotros fue Rock hasta que se ponga el sol, que nos acercó a la visión de Vox Dei, Pescado Rabioso, Color Humano, Billy Bond y la Pesada y otros, a los que ya habíamos escuchado en disco, pero nunca antes habíamos visto en acción.

Hasta que se ponga el sol Malba

Pasaría todavía un tiempo para que nos atreviéramos a recitales en vivo, el primero fue una actuación de Sui Generis, en el teatro Astral. La “música progresiva” opuesta a la “comercial” o “complaciente” era una marca de identidad.

Una infausta “novedad” para las tardes de fin de semana en el “Devoto” fue el comienzo de la gestión de Miguel Paulino Tato al frente del ente estatal encargado de la censura. Fueron muchas las prohibiciones totales de películas. Sin embargo, lo que experimentábamos de modo más directo eran los “cortes” que interrumpían las escenas de mayor carga erótica o cercenaban referencias políticas más o menos audaces. A veces las irrupciones censoras eran tan extensas o repetidas que dificultaban la comprensión del argumento. Ya no era lo mismo que cuando comenzamos a frecuentar el cine.

El ocaso generalizado de las libertades públicas no había respetado la oscuridad de las salas cinematográficas. El horizonte se oscurecía mes a mes, en una secuencia más que conocida. La Alianza Anticomunista Argentina ya estaba incorporada al lenguaje cotidiano, junto con la sombra ominosa de José López Rega.  Perón había muerto en la presidencia, no sin antes girar a posiciones cada vez más reaccionarias.

Montoneros había pasado a la clandestinidad. Era asunto diario la prohibición de publicaciones y organizaciones políticas. Comenzaba a vislumbrarse la posibilidad de un golpe militar.

No olvidaré el día que el padre de un amigo, al escuchar nuestros comentarios políticos algo confundidos nos dijo: “Muchachos se viene la noche”.

Como casi todxs, el pequeño grupo de adolescentes que compartíamos secundaria, club y excursiones al cine no podíamos saber exactamente lo que se venía. Lo que teníamos claro era que los espacios de libertad habían quedado opacados. Ya teníamos 16 años, cercanos a los 17.

Queríamos evadirnos pensando en novias, o discurriendo acerca de qué carrera universitaria seguir. Las escapadas a ver “prohibidas” se habían terminado. Hasta en nuestro amado cine ahora se exigía la exhibición del documento antes de ingresar a la sala.

Nos esperaba la experiencia de la dictadura, con la dura tarea cotidiana de que no nos robaran del todo la juventud. Los sueños revolucionarios dejarían de estar a la orden del día, reemplazados por la preocupación de cómo sacarnos de encima a un régimen criminal.

Junto con las visitas al Devoto toda una época había llegado a su fin.

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