Imperialismo y cultura, cultura e imperialismo

Imperialismo y cultura, cultura e imperialismo

26Dic21 0 Por Nilda Redondo

Visiones del Pasado. Recuerdos del porvenir. Imperialismo y Cultura. Cultura e imperialismo, Nilda Redondo (editora), publicado por la Editorial de la Universidad Nacional de la Pampa (EdUNLPam) en la colección Libros Académicos de Interés Regional.

Es el resultado de una investigación desarrollada en el marco del Instituto de Investigaciones Literarias y Discursivas (IILyD) y el Departamento de Letras, de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam). Proyecto de investigación: “Montoneras y Montoneros. La construcción de los discursos nacionales en Argentina. Siglo XX (1955-1976), Siglo XIX (1845-1870)”

La investigación se planteó realizar un trabajo comparativo y contrastativo entre esos dos períodos históricos a partir de esta hipótesis: durante esos años del siglo XX se construyó una imagen de lo nacional que se oponía al orden vigente, en particular en los discursos políticos y literarios emergentes de la nueva izquierda marxista-guevarista y del nacionalismo popular revolucionario. Se buscaba construir una utopía pasada para dar el salto a la utopía futura socialista.

Recorridos de la investigación

ERP

A lo largo del proceso de investigación incorporamos el análisis de documentos del ERP (Ejército  Revolucionario del Pueblo), Estrella Roja, y pudimos ver que la reelaboración de la tradición que realizaba del siglo XIX tenía divergencias con las realizadas por el nacionalismo popular revolucionario y, a veces, coincidencias. La reivindicación se dirigía a José de San Martín,  Martín Miguel de Güemes y Juana Azurduy, específicamente por su manera de organización de la guerra: como guerrilla, en su forma de pueblo en armas según Clausewitz. También  el ERP se siente continuador de Manuel Belgrano, Simón Bolívar y José Gervasio de Artigas, estos últimos para afianzar su perspectiva  de unidad latinoamericana. Coincidía con una de las vertientes del nacionalismo popular revolucionario, las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) en la revalorización de San Martín. En este último campo, ancho y heteróclito, la diversidad es mayor: Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Ortega Peña, vinculados al Peronismo de Base, reivindicaban a Felipe Varela y a Ángel Vicente Peñaloza; se diferenciaban así del revisionismo histórico que no pasaba de la clásica revalorización e identificación con Juan Manuel de Rosas y a lo sumo Facundo Quiroga.

Los nacionalismos

El otro hallazgo fue Edward Said y su Cultura e Imperialismo. Nos permitió trabajar en contraste con Imperialismo y Cultura de Juan José Hernández Arregui y profundizar en el análisis de lo nacional y el nacionalismo como categoría esencialista de la cual descree Said pero reivindica intensamente Hernández Arregui.

A pesar de todo, ambos  tienen conceptos relativos al papel de los intelectuales en un proceso de cambio en el seno de la sociedad, que son afines en algunos aspectos, como por ejemplo, que los y las intelectuales tienen un notable papel que cumplir; además, sostienen la necesaria interrelación entre el arte, la literatura, la producción intelectual con el momento histórico-político, social, cultural y de perspectiva de clase social que se adopte; afirman que no puede prescindirse de una posición comprometida anticolonial y antiimperial.

Los 60 y 70

Hernández Arregui y Said nos llevaron a indagar en los 60 y 70 de Argentina: tomamos Rodolfo Walsh, Francisco Urondo, Haroldo Conti  y miramos cómo pensaron a los y las intelectuales en una situación de doble poder como la que se produjo entre 1968 y 1974. Nos preguntamos, entonces, cuál fue el legado de Hernández Arregui en esos intelectuales paradigmáticos del proceso revolucionario y cuáles fueron las diferencias. Trabajamos, por lo tanto, con “El socialismo y el hombre en Cuba” y “Crear dos, tres, muchos Vietnam esa es la consigna” de Ernesto Che Guevara y con  las conclusiones del Congreso Cultural de La Habana de 1968.

Said y Hernández Arregui tienen en común su desconfianza por el intelectual colonizado. Esa desconfianza se basa no en la impugnación al intelecto y al arte sino en la necesidad que poseen los pueblos colonizados por liberarse y en esa liberación es indispensable incorporar a la tarea a los y las intelectuales y artistas. Sin ellos no es posible; pero ellos y ellas, colonizadas, suelen ser peligrosos, peligrosas, porque configuran y dan solidez al campo enemigo a menos que   trabajen específicamente su propia subjetividad  y la arranquen de la ‘jaula invisible’ con la que el sistema capitalista lxs atrapa.

Verdad, realidad, belleza

Otro gran núcleo de debate en este proceso de investigación ha sido la relación del arte y de la literatura con la verdad, la realidad y la belleza. Desde la perspectiva de los teóricos de los cuales tomamos el concepto de belleza, éste es absolutamente relativo al momento histórico, político, social, y a las opciones de clase social, etnia y género. Las afirmaciones  apriorísticas respecto de qué es lo bello funcionan a favor de las clases dominantes, específicamente en nuestro país, cuya oligarquía se ha asignado también el papel de establecer qué es lo bello y cuáles son las normas del buen gusto.

Respecto de la verdad y la realidad es interesante pensar esas categorías de manera separada. Esa tensión llega a su máximo esplendor cuando se viven situaciones prerrevolucionarias como en Argentina en los 60-70 del siglo XX y se constituye un doble poder. Entonces, la verdad no coincide con la realidad. La verdad es casi lo contrario que lo que se denomina realidad. Aquí en Argentina quien define bien esta tensión es Francisco Urondo cuando titula su poema- dedicado a los mártires de Trelew- “La verdad es la única realidad”  invirtiendo absolutamente el sentido de lo dado, lo que está, enunciado por Juan Domingo Perón: “la única verdad es la realidad”. El revolucionario, por el contrario, sostiene que la verdad es aquello nuevo que se anuncia; es lo que vendrá y que late clandestinamente. Por eso las estéticas del campo revolucionario, aunque lo deseen, no pueden ser “realistas”. Eso no quiere decir que no tengan que ver con la realidad si entendemos por realidad ese mar de vida, de conflictos, de tensiones en la que la humanidad se desenvuelve.

Nueva izquierda: visiones de la historia pasada en los 60 y 70 del siglo XX

En la primera parte del libro,  Nilda Redondo analiza los escritos de Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Ortega Peña en la revista Nuevo Hombre -revista del FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo)- relativos a los secuestros, por parte de escuadrones de la muerte, de Marcelo Verd y Sara Palacio, Mirta Misetich y el asesinato de Juan Pablo Maestre en 1971-todxs vinculadxs a las FAR- durante la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse. Se asocia la forma del asesinato político con el crimen cometido contra Ángel Vicente Peñaloza durante la presidencia de Bartolomé Mitre y la gobernación en San Juan de Domingo Faustino Sarmiento, en 1863; en  alguna de las notas se recupera la lucha de Felipe Varela quien también indujo a la desobediencia contra el Estado mitrista en oportunidad de convocar a no participar en la guerra fratricida del Paraguay o de la Triple alianza en 1866.

 Analisa López aborda Isidro Velázquez  formas prerrevolucionarias de la violencia de Roberto Carri, de 1968. En este ensayo sociológico se vincula ideológicamente con dos textos centrales: Rebeldes Primitivos de Eric Hobwsbam y Los condenados de la tierra de Franz Fanon.  Se relaciona a Isidro Velásquez con la figura del gaucho perseguido expresada en el poema Martín Fierro (1872-1879) y en la novela Juan Moreira, de 1879.

Sebastián Schneider estudia la resignificación de las luchas independentistas encabezadas por San Martín, Martín Miguel de Güemes y Juana Azurduy en el siglo XIX, por el PRT-ERP, en Estrella Roja (1971-1976).

Cultura e imperialismo: anuncios del porvenir y recuerdos del pasado.

La segunda parte se centra en el análisis de Imperialismo y Cultura de Juan José Hernández Arregui (1957), que tuvo una enorme difusión con su segunda edición (1964) y sobre todo con la tercera (1973).

Analisa López y Micaela Gaggero  nos acercan a algunos artículos de Sur publicados en el N° 237 que celebra el golpe de Estado de 1955. Toman distancia de las afirmaciones de Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges y Carmen Gándara y adoptan una mirada positiva respecto de  las consideraciones de Hernández Arregui en relación al arte y la literatura. Mariano Oliveto, por el contrario, polemiza con Hernández Arregui en este último sentido; realiza un ágil recorrido por los autores, las autoras descalificadxs por Hernández Arregui y se enfrenta con sus valoraciones.  

El capítulo de Nilda Redondo tiene tres tramos: el primero se centra en el análisis de las categorías de imperialismo, cultura, intelectuales, nación, en el seno de un proceso de cambio. En la segunda incorpora la perspectiva de Edward Said de Cultura e Imperialismo de 1992; toma tanto su posición antiimperial como su antinacionalismo. Finalmente se analiza cuál es el legado de Hernández Arregui en Rodolfo Walsh, Francisco Urondo y Haroldo Conti. Hernández Arregui expresó la máxima tensión revolucionaria como intelectual en su momento histórico: convocó a dejar que los muertos entierren a los muertos, como había dicho Karl Marx en Dieciocho Brumario; convocó a los intelectuales a portar algo nuevo y que ello se encarnara en la clase trabajadora, pero falleció siendo presa de las generaciones muertas que como una pesadilla no sólo negaron la posibilidad del vislumbre de una sociedad diferente sino que arrasaron con su vida en un contexto de avance del proceso genocida abierto en 1974.

                                                            Nilda Redondo

Compartí esta entrada en tus redes sociales
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter