Tener covid, una experiencia pedagógica

Tener covid, una experiencia pedagógica

31Dic21 0 Por Darío Balvidares

Mucho nos hablaron del “después” de la pandemia, de los cambios que se iban a provocar en los comportamientos y los cambios de mirada hacia nuestra vida en el planeta, incluso se había decretado la “nueva normalidad” desde los encumbrados foros económicos, siempre tan “solidarios” con sus oportunidades de negocio.

Lo cierto es que llegamos al último día de este 2021 con un crecimiento exponencial de casos que por efecto de las vacunas no tienen la virulencia de las olas anteriores y seguramente, como dicen algunos científicos, es probable que la nueva cepa ómicron, si bien tiene un poder de transmisión más veloz, no posea la suficiente fuerza letal, sobre todo en quienes  estamos  al menos con dos dosis.

Sin embargo, la experiencia no es la misma, no es estandarizada, las estadísticas pueden mostrar la cantidad de contagios diarios, las hospitalizaciones, los fallecimientos (que por suerte han disminuido), pero no pueden mostrar la experiencia, que se desplaza en pacientes sintomáticos y asintomáticos y dentro de los sintomáticos distintas manifestaciones que van entre leves a complicadas.

En este último día del año, estoy saliendo de esta experiencia covid, la saga empieza con los primeros síntomas, desde unas líneas de fiebre, dolores en las articulaciones hasta un decaimiento, que en mi caso fue extremo. Aunque se transita la experiencia en cada cuerpo, tiene la particularidad de ser social, las extensas y agotadoras  colas en los puntos de testeo lo reafirman.

La extensa cola para testearse tiene como contraparte el enorme esfuerzo del personal de salud en la coyuntura que nos toca, como antes lo fue en los momentos críticos de los niveles internación, mientras  los aparatos estatales (nacional y provinciales) ponían en evidencia la fragmentación del sistema y los años de desinversión estructural.

En lo íntimo, la fiebre aumenta, con 30° y en la cama, me tengo que tapar y agrego una colcha gruesa mientras transitamos junto a mi compañera el día tres de síntomas, sin que ella tuviese fiebre alta, aunque sí más tos que yo.

La referencia viene a cuento, porque aun sabiendo que en esta nueva ola viral y con las dos dosis, la cuestión no iba a ser letal, entre chucho y chucho de frío, la cosa no era tan clara. De alguna manera la historia de pérdidas de seres queridos daba vuelta por la cabeza.

“Tiene que aislarse 11 días, contando desde el testeo”,  dice una médica. “En realidad, si uno sabe cuándo comenzó con los síntomas, se cuentan desde ese momento”, dice otro médico. Hasta que aparece la disposición gubernamental, explicada por la ministra de salud, estandarizando el “alta”.

Aprendimos que el virus no tiene la capacidad de pensar, pero sí de reprogramarse, sin entrar en disquisiciones científicas, porque no son de mi competencia, es obvio que el único objetivo del virus es sobrevivir y solo lo puede hacer de manera, si se me permite, parasitaria, invadiendo nuestros cuerpos, también penetrados por otros sistemas parasitarios, no necesariamente mortales, aunque sí alienantes.

Aprendimos que el virus es un agente global y que globalización no es sinónimo de igualación, todo lo contrario, es la exacerbación de las desigualdades y miserabilidades que la era del capitaloceno nos expone cuando  la OMS  anuncia que África podría alcanzar la vacunación del  70% de su población contra el Covid-19 en agosto de 2024.

Aprendimos que las “guerras” entre laboratorios fabricantes de vacunas relacionados con holding de empresas de multimillonarios de los que aparecen en la revista Forbes, alimentan sectores políticos del establishment y un amplio espectro del negocio periodístico.

Aprendimos de la solidaridad de amigxs, vecinxs, compañerxs  y familiares. Son  los lazos íntimos despojados de todo interés los que nos van devolviendo la fuerza emocional.

Aprendí, cuando apenas empezábamos con el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO), con la lectura de un Informe de la OMS y el Banco Mundial, fechado en septiembre de 2019, cuyo título es “Un mundo en peligro”,  que lo que nos ocurrió, estaba previsto:  “Si es cierto el dicho de que «el pasado es el prólogo del futuro», nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi el 5% de la economía mundial. Una pandemia mundial de esa escala sería una catástrofe y desencadenaría caos, inestabilidad e inseguridad generalizadas. El mundo no está preparado.”, es lo que dice el prólogo de este documento anticipatorio de lo que nos está ocurriendo.

Gracias a la cruel pedagogía del virus, aprendí que la crisis impuesta por el modelo civilizatorio nos aliena de tal manera que naturalizamos lo que nos pasa como si fuera casual  y es, justamente, el patrón productivo la causal de la multidimensionalidad de las crisis que nos afectan.

Mis deseos por un 2022 de lucha contra el Covid-19, sus variantes y contra las viralidades parasitarias de un sistema que se descompone a sí mismo por la ambición de minorías que traman nuestros destinos por un puñado de dólares.

Darío Balvidares

Imagen destacada: paho.org

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