Encuentro entre dos orillas en el Tortoni

Encuentro entre dos orillas en el Tortoni

3Ene22 0 Por Daniel Campione

Buenos Aires era, a mediados de 1978 un escenario de represión y miedo. Ser joven era más peligroso que nunca. Un desahogo podría encontrarse en las librerías. Y en la posibilidad de hacer nuevos amigos.

Transcurrían los terribles primeros años de la dictadura autodenominada “Proceso de Reorganización Nacional”. Las desapariciones y muertes se sumaban de a miles, aunque no hubiera todavía cifras precisas.

Hacía alrededor de un mes y medio que Argentina había ganado el mundial de fútbol.  El espacio público, habitado por un silencio atemorizado, se había trocado por unas horas en una fiesta multitudinaria.

Los grandes medios de comunicación y sobre todo un relator deportivo “estrella” hicieron propaganda del “Proceso” hasta enronquecer. Éramos muchxs los que habíamos vivido ese éxito con sensaciones encontradas: Alegría por la victoria deportiva y desazón por el desenfadado uso político que hizo de ella la dictadura.

Mientras tanto, se desplegaba la prédica oficial acerca de una “campaña antiargentina”. Era el mote descalificatorio que la dictadura y sus aliados endilgaban a quienes denunciaban desde el exterior las violaciones a los derechos humanos

Algunas fuentes gubernamentales deslizaban que la “subversión” estaba derrotada. Y de pronto una sacudida. Un atentado con explosivos en el departamento donde vivía Armando Lambruschini. Era un alto mando de la Armada que dentro de muy poco asumiría como comandante de esa arma.  En reemplazo del almirante Emilio Eduardo Massera, todo un “señor de la muerte”.

Lambruschini no estaba en la vivienda. Murieron dos vecinos, un custodio; y la hija menor del marino, Paula, adolescente de 15 años. Ese resultado estremecedor de la acción sirvió al régimen para redoblar su propaganda. “Bestias feroces” era un mote reiterado por la prensa, aplicado a los autores del atentado.

Un diálogo sobre novelas y otras cuestiones

Uno de esos días del mes de agosto del año del mundial me encontraba en una de mis frecuentes recorridas por las librerías de la calle Corrientes. Edipo era una de las paradas de ese circuito.

Frente a la mesa de saldos (que por razones económicas cultivaba más que las de “novedades”) revisé un ejemplar de Tarás Bulba, de Nikolai Gogol. Ya había leído a ese autor ruso, sobre todo  otra novela, Las almas muertas, una sátira a los terratenientes de su país. Me había parecido una buena novela realista, con agradables toques humorísticos. También un poco “pesada”, me costó llegar al final.

Libro Taras Bulba (German Edition), Nikolai W. Gogol, ISBN 9783843074612.  Comprar en Buscalibre

Me enteré por la contratapa de la que ahora tenía en mis manos que era una narración en torno a los  cosacos en rebelión contra Polonia. Me había acercado a ese tema desde niño, a través de una novela de Henryk Sienkiewikz. Plena de acción y rebosante de espíritu épico, A sangre y fuego  me  había apasionado. Cosacos y polacos se mataban allí con entusiasmo.

La de Gogol prometía algo parecido, aunque sin el elevado tono de epopeya del autor polaco. Y desde un punto de vista opuesto. Era casi seguro que las simpatías del escritor ruso estarían del lado de los rebeldes de las estepas de Ucrania.

-Hay autores rusos mejores, pero Gogol es entretenido-. La inesperada sentencia partía de un muchacho pelirrojo, unos años mayor que yo, al que yo no había visto hasta ese momento.

Nos enzarzamos al instante en una conversación sobre literatura del imperio de los zares. Yo había recorrido algunos volúmenes de León Tolstoi y de Fedor Dostoievsky. Y podía mentir con relativa solvencia acerca de otros que todavía no había leído. Darío, así se llamaba mi interlocutor, lucía lecturas similares, en su caso acompañadas por la consulta de algunos críticos, terreno todavía no hollado por mí.

Compré el libro, seguimos la charla en la vereda. La conversación siguió derroteros literarios diferentes. Creo recordar que nos referimos a otros grandes realistas del siglo XIX, Balzac entre ellos.

Rápidamente saltamos del tema literario hacia otras cuestiones algo más personales. Darío era uruguayo y había ya completado una licenciatura en Cooperativismo y Mutualismo. En la universidad de la República, en Montevideo

También era técnico en computación, lo que le daba de comer. Me dijo que había venido a Buenos Aires a probar suerte en un mercado laboral más amplio.

Había recalado en esta ciudad después de hacer un curso de varios meses en Europa, en torno al cooperativismo. Yo no había pisado fuera de Argentina. Alguien con una estadía de varios meses del otro lado del océano me parecía un exponente de otra esfera, superior.

Acordamos vernos de nuevo, al día siguiente por la noche. Creo que fue Darío el que propuso el café Tortoni.

Parecía el inicio de una amistad

Estuve allí antes de la hora acordada. Ya conocía el lugar. Lo que no obstó para sentirme otra vez maravillado por el peculiar mobiliario y decoración del café. Las mesas de mármol, las lámparas antiguas, los retratos de grandes escritores en las paredes. Los variados espacios en su interior, que incluían una sala de billar y otra dedicada a recitales poéticos y peñas literarias. Estaba casi lleno, abundaba el público de aspecto bohemio, y de edad bastante por encima de mis 19 años de aquel momento.

Todo parecía de otro tiempo. Y creaba una atmósfera acogedora, con una sensación de  resguardo de los peligros y sobresaltos de la cotidianeidad dictatorial.

Café Tortoni– Buenos Aires
Interior del café Tortoni.

Llegó Darío y la conversación fluyó desde el primer  minuto. Descubrí rápido una discrepancia seria. El uruguayo detestaba a Borges. Tanto su figura pública como su obra. No defendí al autor de El Aleph, que por esos días leía encantado. No quería atizar desacuerdos que pudieran perturbar a una incipiente amistad.

Hablamos después de política, de las dictaduras a ambos márgenes del Río de la Plata. Éramos de izquierda ambos, ninguno de los dos quería saber nada con la lucha armada. Mi interlocutor dejó caer que le parecía horroroso el reciente atentado que había costado la vida a la hija de Lambruschini. Pero mucho más lo espantaban los asesinatos solapados que el poder político cometía a diario.

 Me pareció una opinión certera. Mi poca formación política influía por entonces para que la tóxica prédica dictatorial me indujera a algunas confusiones. Lo mismo, simpatizaba con quienes sostenían una oposición clara al régimen militar.

Comenzamos a hablar de cómo sufríamos cada uno la opresión política, que extendía sus tentáculos hacia la vida privada. Le hablé del clima asfixiante de la facultad, de la censura de cualquier texto comprometido. La identificación entusiasta con la “guerra antisubversiva” de buena parte de los profesores. Y de la vigilancia policial, con o sin uniforme, que llegaba hasta el interior de las aulas.

A esa altura Darío ingresó en un tema más arduo. Me habló de un amigo de Uruguay, “Lalo” que había sido secuestrado y posiblemente asesinado. Era militante político, pero no de Tupamaros, aclaró. Lo contó sin odio, con acentos de un dolor sin cicatrizar. “Lalo” significaba mucho para él. Y me dejó entrever que había mantenido con él una relación homoerótica.

Esa confidencia me sorprendió un poco. Todavía arrastraba ciertos estereotipos “de barrio”. Y Darío no tenía nada de afeminado. Y me había comentado hacía unos minutos que tenía una novia, relación con la  que pensaba terminar porque ella era bastante menor y era difícil encontrar un terreno en común. Le había comentado por mi parte que hacía cerca de un año que salía con una chica de mi misma edad, compañera de estudios.

Había escuchado o leído el término “bisexual”,  sin asociarlo a una representación muy concreta.  De todas maneras lo más fuerte para mí era encontrarme con alguien tan cercano a una víctima de la represión. Era la primera vez que me ocurría.

Seguimos charlando hasta bien tarde, volvimos a la literatura, a los cuentos que escribíamos. Darío me habló de escritoras y escritores de la otra orilla. Creo que fue la primera vez que escuché el nombre de Felisberto Hernández, al que me definió como un cuentista magistral. Nos quedamos hasta tarde y después cada uno rumbeó para su barrio respectivo. Ambos alejados del centro.

Desencuentro y reminiscencias

Quedamos en volver a vernos, lo llamé por teléfono unos días después y arreglamos una cita en un viejo bar que ya no existe, en Carlos Pellegrini y Viamonte. Llegué puntual, de acuerdo a mi costumbre. Esperé un buen rato y no hubo señales de Darío. No era raro, no tenía a dónde avisarme su ausencia. Terminé yendo a un cine de Lavalle, no recuerdo que película vi.

Un par de días más tarde del frustrado encuentro volví a llamar (yo no tenía teléfono en mi casa). No lo encontré. Volví a hacerlo al día siguiente y tampoco. Siempre fui perezoso a la hora de reiterar llamados telefónicos. No fue esta la excepción. No volvimos a vernos.

Unos años después me encontré con el nombre y apellido de Darío en un diario. Era diputado nacional en el Uruguay, por el Frente Amplio. Cuando conversamos me había dicho que volvería a la primera oportunidad y militaría en política. Había cumplido con creces ese objetivo. Más tarde no encontré otras menciones suyas.

Me quedó el recuerdo de esas horas de diálogo ininterrumpido, sentados a una mesa del café más antiguo de Buenos Aires. Siempre que volví al Tortoni, y fueron muchas veces, me acordé siquiera un momento de Darío.

Cierto remordimiento por no haber insistido con las llamadas me acompañó mucho tiempo. Asimismo la incógnita sobre qué  rumbo hubiera tomado nuestra amistad de haber proseguido.

Daniel Campione en Facebook.

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