“Ese muchacho Troilo”

“Ese muchacho Troilo”

6Ene22 0 Por Daniel Campione

Aníbal Troilo cuenta con reconocimiento unánime como una de las mayores figuras del género tanguero. Sus dotes de intérprete, director de orquesta y compositor atravesaron casi cinco décadas y en los tres roles dejó muestras de un talento superlativo. El periodista Eduardo Berti le dedicó un libro de útil y amena lectura.

Eduardo Berti

Por qué escuchamos a Aníbal Troilo.

Buenos Aires: Gourmet Musical Ediciones, 2017.

128 páginas.

Quien escribe estas líneas tiene entre sus recuerdos de infancia a la orquesta de Aníbal  Troilo tocando por televisión. Solíamos verla en la casa de mis abuelos, en un programa que se emitía los domingos. Uno de esos shows de “interés general” de los fines de semana, en los que tanto se hacían “notas de actualidad” como se presentaban “números musicales” en vivo. Provocaban mi asombro los que me parecían gestos extraños de ese señor muy gordo que tocaba el bandoneón.

Muy  viejo me parecía, sólo mucho más tarde me enteré de que entonces apenas andaba por los cincuenta. El bandoneón era un espectáculo en sí mismo para mi mente infantil. Sumado al del enigmático intérprete, enfocado todo el tiempo por la cámara, me resultaba subyugante. Y llamaba mi atención el silencio respetuoso que mis familiares mantenían mientras sonaba esa orquesta. Señal de aprecio que no dedicaban a otros intérpretes.

Al poco tiempo tomé contacto con Troilo a través del disco. Un tío, el más aficionado al tango dentro de la familia, tenía un longplay,  en el que se volcaban al para entonces “moderno” formato del vinilo a 33 revoluciones por minuto, “grandes éxitos” de la orquesta troileana con la voz de Francisco Fiorentino. Parte de la familia escuchaba con admiración, en medio de elogios al director y al cantor.

A mi padre lo vi más contenido en su adhesión. Ya en casa me trasmitió su veredicto: “Fiorentino fue de los más flojos entre los cantores de Pichuco. Rivero sí que era  un lujo.” Tal apreciación entrañaba cierta injusticia  hacia el que había sido el primer cantor del conjunto, tal vez sin grandes recursos técnicos, a pesar de lo que lograba un certero acople con la orquesta.

Un artista de variadas facetas

Estos recuerdos me los ha traído la lectura del breve pero sustancioso libro de Eduardo Berti. No se trata de una biografía y tampoco de un estudio musicológico. Más bien reconstruye, a través de una serie de evocaciones,  parte de la trayectoria de Troilo. Y destaca su gravitación en la historia del tango. Y, con algo de audacia, lo pone en comparación con intérpretes de otros géneros. En particular los conductores de orquestas de jazz y algunos rockeros.

Eduardo Berti Por Que Escuchamos A Anibal Troilo / Kktus | MercadoLibre

Berti recoge con acierto el vínculo entre los roles musicales de Pichuco, el personaje que él mismo construye y el mito que lo acompaña.

El apodado Pichuco fue bandoneonista, director de orquesta, compositor. Y marcó una época en los tres oficios.

Autodidacta por sobre todo, logró con el instrumento un estilo propio, más allá de la perfección técnica. Se caracterizó por una ejecución a bajo volumen, a ritmo más bien lento, buscando más la expresión que el virtuosismo de unos dedos endiablados.

Al frente de la orquesta estuvo por décadas, a partir de 1937. En los años en torno a 1940, la tan mentada “época de oro” del género, su formación alcanzó la cumbre del éxito. Múltiples discos, las actuaciones en vivo en la radio o ante la presencia del público, marcaron su fuerte presencia. Fue una formación preferida de los bailarines.

El grueso de las interpretaciones de la orquesta era bailable. Sin ser vanguardista, se permitió algunas ejecuciones más complejas, alejadas de la marcación rítmica tradicional. Y supo tener buen diálogo, amistoso y artístico, con Astor Piazzolla. El vínculo nació en la juventud de Astor, que supo ser bandoneonista y arreglador de la formación “pichuqueana”. La relación siguió siendo buena, una vez que Piazzolla tomó vuelo propio.

Antonio Carrizo, periodista y gran cultor del género, afirmó alguna vez que a diferencia de la agrupación de Osvaldo Pugliese, cuyo éxito había ido “de los barrios al centro”,  la orquesta de Troilo había construido su fama en cabarets y estudios radiales de la zona céntrica. Ámbitos tal vez menos masivos, más afines a su sensibilidad.

Asimismo se conocía a Pichuco como “maestro de cantores”. En primer lugar sabía elegir muy bien a los vocalistas que incorporaba a su agrupación. Y era capaz de hacer crecer las dotes vocales y los talentos interpretativos de los escogidos.

Así contribuyó al ascenso de dos verdaderas cumbres del tango cantado: Edmundo Rivero y Roberto Goyeneche. Los dos pasaron por la dirección de Pichuco antes de convertirse en grandes solistas. También fueron voces del conjunto el mencionado Fiorentino, casi fundador del rol de cantor de orquesta, Alberto Marino, Floreal Ruiz, el notable Raúl Berón, etc.

Cuando se desencadenó el declive de la popularidad del género y en particular la danza tanguera quedó relegada, Pichuco buscó la forma de supervivencia artística con formaciones más pequeñas. Condujo cuartetos que hicieron época, con la peculiaridad de incorporar la guitarra, pulsada por grandes maestros como Roberto Grela y, más adelante, Ubaldo De Lío. Otra sonoridad, nuevas búsquedas…

Fue hacedor de un conjunto de composiciones que se constituyeron en clásicos. Las hubo instrumentales, como Responso, un recuerdo póstumo para su amigo Homero Manzi. Predominaron las cantadas. Como Berti señala, Troilo afirmaba que su mejor vehículo para componer era contar antes con unos bellos versos.

Y compuso sobre letras de los mejores poetas de la “canción ciudadana”. Con Manzi dio a luz Barrio de tangoChe bandoneónSur y el vals Romance de barrio. Con Cátulo Castillo DesencuentroLa última curdaMaría y El último farol. Junto al patriarca Enrique Cadícamo fue autor de Pa’ que bailen los muchachos y Garúa. 

También se hizo un lugar para la colaboración con el gran romántico, José María Contursi, con Toda mi  vida y Mi tango triste. Unos años después, Te llaman malevo, en dupla con Homero Expósito.

El “gordo” crea melodías que se hacen inseparables de esas letras dotadas de vuelo poético, superadoras de las habitadas por guapos, “mujeres perdidas” y frecuentes lunfardismos. El tango elevaba su nivel artístico y  Pichuco era uno de los impulsores de un salto de calidad que le dio su fisonomía definitiva.

Genio y figura

En cuanto al “personaje”, Berti nos transmite que el bandoneonista constituyó el paradigma del “hombre de la noche”, dado a los excesos que suelen acompañar la estancia en cabarets y otros ámbitos nocturnos. Al mismo tiempo se lo conoció como un gran cultor de amistades dentro y fuera del ambiente del tango; generoso hasta el desprendimiento, empedernido en sus hábitos bohemos.

Aníbal Troilo - Wikipedia, la enciclopedia libre
Con amigos. José Razzano, Osvaldo Fresedo, Francisco Canaro y Enrique Santos Discépolo

Tal vez como parte de esa peculiar forma de vivir y ver la realidad, Troilo hizo un culto de la “porteñidad” y hasta desistió de “internacionalizar” su éxito. Su colega Osvaldo Pugliese, por ejemplo, llevó su arte a Japón, la Unión Soviética, China, Alemania, Holanda… El “gordo” no pasó de alguna escapada a Uruguay o a lo sumo a Brasil.

Pichuco tuvo “su tango”. Ese muchacho Troilo, un tributo con música de Enrique Mario Francini y versos de Homero Expósito, gran poeta tanguero:

¿Para qué volver a investigar
la bola de cristal, si ya aprendió a vivir?
Y entendió que hay madres que se van,
amigos que no están
y niños que se mueren sin juguetes…

Por eso el gordo Troilo
tiene tantos pecados con razón,
que al lado de Jesús y al lado del ladrón
también ganó su cruz de angustias y de alcohol…

Grandeza indiscutible, “pecados” disculpables. El tiempo ha agigantado su figura, hoy base de un culto más que merecido.

Daniel Campione


 

Compartí esta entrada en tus redes sociales
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter