Braden o Perón

Braden o Perón

19Ene22 1 Por Daniel Campione

Corría 1946 y el entonces candidato presidencial formuló un lema que le sirvió tanto para descalificar con eficacia al conjunto de sus oponentes como para hacerse creíble en el carácter de defensor de la dignidad nacional frente a una gran potencia altanera  y amenazante.

“Sepan quienes voten el 24 (de febrero) por la fórmula del contubernio oligárquico-comunista que con ese acto entregan, sencillamente, su voto al señor Braden; la disyuntiva en esta hora trascendental es ésta: o Braden o Perón”. 

Con esas palabras, pronunciadas en un masivo acto de su campaña electoral, el entonces postulante a presidente Juan Domingo Perón construyó un resonante eslogan que se multiplicaría en las paredes de las ciudades argentinas y pasaría a la historia como la síntesis de una contraposición decisiva.

El coronel Perón aludía al que hasta hacía unos meses había sido embajador de EE.UU en Argentina, Spruille Braden. Dedicado a hostigar al entonces vicepresidente de la Nación había sido desplazado de su cargo diplomático en septiembre de 1945, pero a cambio de un ascenso: Se había convertido en el secretario adjunto para asuntos latinoamericanos del Departamento de Estado. Desde allí continuó con sus esfuerzos para borrar a Perón de la política argentina.

El comienzo de la historia

Se hace necesario remontarse a los inicios de 1942, cuando el gobierno conservador de Ramón Castillo, a través de su canciller Enrique Ruiz Guiñazú, en una conferencia de representantes de las repúblicas americanas, se había resistido a las exhortaciones estadounidenses.

La potencia del norte propugnaba romper toda relación con Alemania, incluso con la perspectiva próxima de ingresar en el conflicto bélico. Una larga tradición “neutralista” de nuestro país era alegada como principal sustento de una posición renuente a involucrarse en el conflicto. Ese hecho había desatado progresivas sanciones contra Argentina.

La dictadura surgida del golpe del 4 de junio de 1943 mantuvo la neutralidad, recién alterada por una tardía ruptura de relaciones con las potencias del Eje, en enero de 1944, seguida a fines de marzo de 1945 por la declaración de guerra in extremis contra Alemania y Japón.

Esta última decisión habilitó que Argentina entrara a formar parte de las nacientes Naciones Unidas, pero no aventó las fuertes prevenciones norteamericanas.

El régimen que por entonces presidía Edelmiro Farrell era percibido como una rémora del período bélico, un aliado vergonzante de Alemania nazi, que había permitido la infiltración nazi en el país y que, ya finalizada la guerra, brindaba refugio a dirigentes alemanes fugitivos.

En mayo de 1945, Braden arribó al país, decidido a tratar al gobierno argentino como un paria internacional. Permaneció sólo unos pocos meses al frente de la embajada, breve lapso que le alcanzó para dejar una marca indeleble. Durante su ejercicio del cargo tuvo reiteradas y ríspidas reuniones con Perón, en la frustrada búsqueda de imponerle un pliego de condiciones inamovible.

No limitó el choque a reuniones a puertas cerradas, sino que  se involucró en una campaña pública contra el gobierno militar y contra Perón en particular. Hasta salió de gira por el país.

En esos actos lo aplaudían con fervor dirigentes de organizaciones empresarias, directivos de entidades “oligárquicas” como el Jockey Club y “próceres” de las elites partidarias, en un amplio arco de derecha a izquierda. Que también abarcaba a los más eminentes científicos, los más destacados escritores y artistas, los juristas más connotados; la flor y nata de la intelectualidad del país.

La despedida del embajador, durante el mes de septiembre, dio lugar a una verdadera apoteosis en el Plaza Hotel. Sus parrafadas fueron ovacionadas por una pequeña multitud ebria de la certeza de un triunfo sobre los que juzgaban representantes residuales de los derrotados en la guerra.

¿Quién era y qué quería Braden?

Había ocupado importantes puestos diplomáticos, pero no era un embajador “de carrera”. Hijo de un ingeniero en minas que logró establecer su propia empresa en ese rubro, se había dedicado a los negocios, incluido el ejercicio de cargos directivos en grandes trasnacionales, como la petrolera Standard Oil. Años después de su estadía en Argentina sería protagonista de las acciones que llevaron al derrocamiento del presidente de Guatemala Jacobo Arbenz. Por entonces era alto ejecutivo de United Fruit, la multinacional bananera que era todopoderosa en el país centroamericano.

Secretos olvidados de Spruille Braden | BoliviaSol
Spruille Braden

Era un representante pleno del gran capital el que enfrentaba a Perón. Más allá de sus rasgos personales, sin duda ajenos a toda sutileza, su labor contó con el aval de la alta diplomacia yanqui y por encima de ella, de las grandes corporaciones.

Estaban en juego importantes intereses económicos. EE.UU quería que las grandes empresas alemanas radicadas en nuestro país pasaran a manos “democráticas”. Las exigencias del embajador se extendían a las de un “mejor trato” para las multinacionales, como petroleras y frigoríficos. Braden manifestó asimismo haber presionado para que grandes compañías estadounidenses, como General Motors o ITT no invirtieran en Argentina.

No se trataba de que la imputación sobre simpatías de los militares argentinos en el poder  hacia las potencias del Eje fueran puros infundios. En los documentos del Grupo de Oficiales Unidos (GOU), de cuya conducción Perón formaba parte, quedó amplia constancia de esas proximidades.

El hecho es que la guerra había terminado y el gobierno argentino multiplicaba las muestras de identificación con los aliados triunfantes, a comenzar por Gran Bretaña y Estados Unidos. El propio Perón se comparó  en público con el presidente Franklin Roosevelt y sus políticas sociales vinculadas al llamado New Deal.

Sin acusar recibo de ese realineamiento, vastos sectores estadounidenses continuaron empeñados en  el asedio al gobierno militar y el combate activo contra una cada vez más cercana candidatura presidencial de Perón.

Contra Perón: De comunistas a grandes patrones.

Transcurridas pocas semanas de la salida de Braden del país, el momento del ansiado triunfo pareció haber llegado: Perón fue obligado a renunciar y luego arrestado. Embriagados por la aparente victoria los sectores críticos no lograron hilvanar un plan de sucesión coherente. “El gobierno a la Corte Suprema”, fue todo lo que se les ocurrió. Lo  que solo duró hasta que la gran movilización obrera y popular del 17 de octubre sacó del momentáneo ostracismo al que empezaba a ser llamado “el coronel del pueblo”. El camino de Perón hacia una candidatura presidencial comenzaba a allanarse.

El transcurso de estos episodios fue posibilitado en gran parte por el peculiar momento histórico. Las potencias fascistas acababan de ser derrotadas por una alianza que incluía a la Unión Soviética. El espíritu de coalición persistía, pese a que la “guerra fría” podía intuirse como un escenario cercano. En ese contexto, las credenciales anticomunistas que exhibían Perón y quienes los respaldaban no adquirían el mismo peso que hubieran  tenido un tiempo después.

Para quienes identificaban a la dictadura militar con el nazismo, aquella constituía un resabio espurio del bando derrotado en la reciente contienda. Y en esa línea de razonamiento, que ese régimen se prolongara en un gobierno elegido, por más que fuera en comicios limpios, era del todo inadmisible.

Se temían además los impulsos nacionalistas que pudiera asumir un gobierno peronista. Y más aún se recelaba que el movimiento obrero estuviera en trance de convertirse en el principal apoyo con que contaría el nuevo presidente. Por más que fuera un sindicalismo “purgado” de comunistas y otros exponentes de la izquierda y que tuviera fuertes vínculos con el aparato estatal, las sospechas no se aplacaban.

La Unión Democrática, que enfrentaba a Perón no sólo era un frente entre partidos políticos, sino una amplia coalición social, con componentes no ya heterogéneos sino antagónicos en circunstancias normales, como, por ejemplo, la Unión Industrial Argentina y el Partido Comunista. El factor de confluencia era el repudio a Perón. Si bien la retórica antinazi era común a todos los coaligados, los motivos profundos de ese rechazo eran muy diferentes.

Para las organizaciones patronales, lo decisivo era la oposición a la legislación laboral que se expandía sin techo aparente y que se potenciaba con el poder adquirido por los sindicatos. Los cuerpos de delegados obreros estaban volviéndose una pesadilla para los empresarios. Los discursos de Perón contra la “amenaza comunista” quedaban contrarrestados con creces por la realidad tangible de los reclamos obreros impulsados por la activa anuencia estatal.

Para la dirigencia socialista y comunista, jugaba un papel gravitante que el peronismo naciente se hubiera apoderado de buena parte de los sindicatos que dirigían, junto con la acción represiva desplegada al efecto. Veían además que Perón pretendía arraigar entre trabajadoras y trabajadores un fuerte sentimiento anticomunista.

Y detestaban que el aparato estatal considerado burgués ofreciera beneficios “desde arriba” a los obreros, en contraposición con la lógica tradicional de la izquierda, de luchas y conquistas “desde abajo”.

El radicalismo y otros partidos de orientación demoliberal resentían las persecuciones sufridas por parte de la dictadura y veían a Perón como un “demagogo” que adulaba las “bajas pasiones” de las masas. Su sensibilidad de clase media era muy reticente ante el creciente influjo de los sectores más pobres de la sociedad.

El bando “democrático” había adoptado como consigna central la de la defensa de la libertad contra el nazismo. En vísperas del inicio de la campaña electoral, en diciembre de 1945, los comunistas habían lanzado a la luz pública un informe de título elocuente, firmado por su líder, Victorio Codovilla: “Batir al nazi-peronismo para abrir una era de libertad y progreso”.  La entusiasta predisposición del comunismo local para una alianza que incluía de hecho a lo más concentrado del empresariado y a la embajada de EE.UU era hija de una mirada que se expandía de Stalin para abajo. Se suponía que la convergencia en la guerra se podía extender a una prolongada etapa de armonía entre capitalismo  y socialismo.

Nace una frase para el recuerdo

Sólo unos días antes de las elecciones, Braden encabezó una maniobra que creía destinada a clausurar las posibilidades de que Perón se impusiera en el proceso electoral. Lanzó desde su alto puesto en el Departamento de Estado  el “Libro Azul”, una publicación que acusaba al entonces coronel de ser un agente nazi, de estar coluido con los intereses  políticos, económicos e ideológicos de la Alemania de Hitler y de proteger a nazis y otros fascistas exiliados.

El sagaz coronel vio en esa diatriba una oportunidad de darle un efecto boomerang. Ante semejante intromisión de parte de una gran potencia, se colocó con rapidez en el rol de defensor de la dignidad nacional ultrajada. Votar contra Perón no equivalía a la defensa de la democracia y la libertad, sino a un vergonzoso apoyo al prepotente ex embajador que a su vez equivalía al rechazo a la justicia social impulsada desde que el líder en ascenso asumió la secretaría de Trabajo y Previsión.

En el Frente de Todos reciclan el "Braden o Perón" por "Alberto o el FMI" -  El Cronista

Nadie pudo ni podrá determinar con precisión cual fue el influjo en los votos de la contundente consigna dicotómica, pero hasta el propio ex embajador reconoció luego en sus memorias que Perón, al que reconocía elevada inteligencia y habilidad, había tenido un acierto brillante.

El resultado electoral marcó un claro triunfo de los rotulados como “nazis”. La fórmula Juan Domingo PerónHortensio Quijano, logró el 53,71% de los sufragios frente al 43,65% de la fórmula José TamboriniEnrique Mosca, de la Unión Democrática.  El triunfo tenía alcance nacional. Sólo cuatro distritos, de los cuales Córdoba era el único con importancia numérica, dieron el triunfo a los candidatos de la Unión.

Ante el hecho consumado de que Perón sería presidente, la política norteamericana experimentó un giro. Fue designado un nuevo embajador, George Messersmith que llegó al país en mayo de 1946, e impulsó con rapidez un reajuste  hacia relaciones amigables. Para ello no vaciló en resaltar el cumplimiento por el nuevo presidente de sus compromisos en materia de erradicación de la influencia nazi.

Su acción favorable al nuevo gobierno se expresó en elogiosos informes a sus superiores del Departamento de Estado. Perón, militar y anticomunista, debía ser un aliado ahora que sí arrancaba la confrontación con la URSS.

Más allá de los esfuerzos conciliadores del embajador Messersmith, se demoró unos años el establecimiento de un vínculo más que cordial entre Argentina, presidida por Perón y EE.UU. Cuando finalmente ocurrió, los gestos amistosos fructificaron en créditos internacionales y en inversiones de grandes empresas yanquis.

La más sonada de estas últimas fue el contrato petrolero con la Standard Oil de California. El arreglo fue denunciado como una cesión indebida de soberanía y estuvo entre las razones invocadas a la hora de justificar el sangriento golpe militar de septiembre de 1955.

Una década después, los roles de aliados y oponentes de la política norteamericana en nuestras tierras parecían haberse invertido. Los alineamientos internacionales y las políticas hacia el gran capital de la “revolución libertadora” mostrarían con velocidad que no era así.

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La síntesis arriba expuesta ha sido sugerida al autor de estas líneas por la lectura casi simultánea de dos obras acerca del tema: Btaden o Perón: la historia oculta, del politólogo y periodista Fabián Bosoer y Braden o Perón, del economista y varias veces funcionario político Alieto Aldo Guadagni. Publicadas ambas hace poco más de una década, se basan en parte en documentación hasta ese momento poco transitada, proveniente en su mayoría de los archivos gubernamentales estadounidenses. Las dos constituyen una lectura recomendable.

De todos modos, para quienes quieran introducirse en el conocimiento de esos tiempos iniciales del peronismo y en el de la confrontación con el dignatario norteamericano en particular, sigue vigente la conveniencia de iniciar el recorrido con el clásico de Félix Luna, El 45: Crónica de un año decisivo.

Daniel Campione en Facebook.

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