Luciano Arruga: un desaparecido (más) en democracia

Luciano Arruga: un desaparecido (más) en democracia

25Ene22 0 Por Matías Gianfelice

A 13 años de la desaparición, seguida de tortura y muerte de Luciano Arruga en La Matanza, desde Tramas comenzamos una serie de notas sobre Luciano y la represión estatal en democracia. El accionar represivo de la bonaerense, los encubrimientos judiciales e institucionales. Una lucha que hace eco en el dolor popular.

“Parí un argentino negro que no quiso robar para la policía y estoy orgullosa de eso.”

Mónica, la mamá de Luciano, sintetiza en el dolor y en su sabiduría, el orgullo desde abajo, la dignidad de clase que le permitió a Luciano soñar otra vida y actuar en consecuencia. Dignidad que se escapa de uniformes e instituciones.

Nuestro pueblo lleva décadas de crisis sociales y económicas que han dejado a cientos de miles al costado del camino; empujando carros o revolviendo basura. En la primera década del siglo XXI Luciano, su familia, las familias de sus amigxs en el barrio 12 de Octubre en Lomas del Mirador, eran parte doliente de una desigualdad social que nos sigue abrumando.

Durante el 2008 Luciano tiene 16 años y ya sabe lo que es cartonear. También sabe y sabrá su cuerpo, lo que es la policía bonaerense en la vida de la gente pobre. Su barrio tiene desde hace un tiempo un destacamento ubicado en la zona de casas de clase media, los policías del lugar se dedican a lo que más saben: administrar el delito. En esa secuencia a Luciano y sus amigos, la policía les ofrece robar casas para ellos; obviamente con zonas liberadas y todos los contactos judiciales para salir rápido de prisión. Luciano se planta, se niega a ser esa mano de obra barata y descartable que usa la bonaerense en el conurbano. Su no, que nos pone de frente a la historia y nos interpela en la dignidad más cotidiana, será un punto sin retorno de la represión policial.

A partir de ese día Luciano no pudo volver a vivir en paz, la bonaerense no paró de hostigarlo y perseguirlo. En septiembre del 2008 lo detienen (ilegalmente) en el destacamento de Lomas, acusándolo de un robo que no había cometido, allí fue brutalmente golpeado por los policías. Lo amenazaron de muerte, mientras le pegaban en todo el cuerpo.

Una noche que pasa, un amanecer que no llega

La tarde del 30 de enero del 2009 Luciano retoma el andar por las calles de su barrio, se junta en la plaza con sus amigos y pelotean un rato. Vuelve a la medianoche a su casa, toma una campera blanca y se dirige a la casa de su hermana, Vanesa, que vive a cinco cuadras. Luciano, como cualquier pibe de barrio, camina el suyo, quizás soñando con terminar de estudiar, quizás pensando en algún amor, en su sufrido River o en el laburo que falta en una familia que pelea el plato de comida cada día. Como Vanesa no está decide volver, ir al refugio materno y quizás buscar el sueño de verano en un cemento que cruje. Vuelve por la avenida Mosconi donde se cruza con un patrullero, lo ven y lo paran. Luciano sabe que no van a dejar de molestarlo, la osadía de ser digno, la entereza de no querer robar para los más ladrones de los ladrones se paga caro. Lo cachean, lo verduguean pero lo dejan seguir. Luciano enfila derecho para su casa, sabe que debe salir de la avenida. Mientras tanto los chacales lo siguen de cerca.

Sin las luces de la avenida, los policías lo paran en la esquina de la plaza, en Perú y Pringles. Ya era la madrugada del 31 de enero de 2009, ya era la hora del infierno. Dos testigos ven como un chico de campera blanca es subido a la fuerza a un patrullero del destacamento de Lomas. En ese centro del horror, un testigo ve como Luciano cuelga de una reja, atado, ensangrentado y totalmente golpeado por los policías. Luego su cuerpo queda en el piso, sus 16 años llenos de vida son pisoteados por asesinos de uniforme y salario estatal; cae sobre el cuerpo de un negro villero del conurbano bonaerense toda la doctrina de seguridad nacional, todo el odio de clase y las sobras humanas descartables de un sistema que expulsa primero, para torturar después.  

Fuera la dictadura, viva la ¿democracia?

Desde aquella madrugada del 31 de enero y hasta octubre del 2014 no se supo nada de Luciano. Era un desaparecido más en democracia. Y decimos más, porque debemos poner el énfasis en la continuidad y no verlo como una excepcionalidad. Desde 1983 hasta hoy se contabilizan más de 200 personas desaparecidas por el accionar represivo del Estado democrático burgués argentino. La lucha familiar, social y política llevó a que se pudiera dar con el cuerpo de Luciano en 2014, enterrado como NN en el cementerio de la Chacarita, luego de pasar por el hospital Santojanni. Sumado al pésimo accionar del poder judicial, encarnado en las primeras semanas por la fiscal Roxana Castelli quien durmió la causa en los primeros 35 días claves. Todo un aparato represivo, mentiroso y corrupto que asoma en todas las instituciones estatales, todo ese aparato contra un pibe de 16 años, contra una familia que lucha, contra una clase social que recibe sobre sus cuerpos y sus conciencias toda la violencia y desigualdad que el capitalismo local impone.

La afirmación que se vuelve pregunta ante tantos casos como el de Luciano (Foto: InfotaxiCórdoba.com.ar)

Los nombres de la impunidad

Al ya enunciado nombre de la fiscal Roxana Castelli, sumamos el de los 8 policías informados y pasados a disponibilidad: Sotelo, Borrego, Herrera, Vázquez, Fekter, Márquez, Díaz y Zeliz. En la causa por las torturas y agresiones sufridas por Luciano en la detención ilegal de septiembre del 2008, fue sentenciado el policía Torales, hasta ahora único detenido vinculado al caso Luciano Arruga.

Por último no es menor denunciar a los responsables políticos, que tenían bajo sus órdenes a la policía bonaerense y que sistemáticamente le negaron la palabra a la familia de Luciano: el ministro de seguridad bonaerense Casal, el intendente de La Matanza Fernando Espinosa y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli.

13 años de una lucha que no cesa

Pensar a Luciano es pensarnos como generación, es pensar el mundo real que viven millones de personas en los barrios. Pensar a Luciano es la conciencia de sobrepasar su nombre, de no permitirnos aislarlo ni aislarnos de una realidad social y política que no conoce de grietas mediáticas ni de locos que se les fue la mano. Hay una cantidad y continuidad de casos en esta democracia burguesa que aterra: las fuerzas represivas siguen deteniendo ilegalmente, torturando, desapareciendo y matando pibes y pibas, laburantes, estudiantes, personas de nuestra clase social trabajadora. Hay una represión y control social que se vuelca violentamente sobre los sectores más pobres de nuestra sociedad. Hay impunidad política y judicial para ese accionar. Hay complicidad y mentira mediática para justificar y convencer. Pero hay también Monicas y Vanesas, hay familiares y amigxs de Luciano y de cada persona que nos arrebatan, hay organizaciones políticas, sociales, de derechos humanos, que se organizan, que van al frente y luchan por la verdad y en contra de toda esa violencia y represión estatal. Hay una continuidad que se basa en la dignidad, es como ese abrazo de Norita a Mónica en cada festival por Luciano; es saber que el pibe de sonrisa pícara nos seguirá mirando con alegre rebeldía debajo de su visera.

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