Los anuncios sobre el comienzo de clases no incluyen la educación

Los anuncios sobre el comienzo de clases no incluyen la educación

7Feb22 0 Por Darío Balvidares

Se conocieron los “anuncios” sobre el desconectado comienzo de clases, porque el sistema sufre de desgranamiento desde su desnacionalización.

Parece siempre una disputa para ver cómo se diferencian los unos de los otros, la pandemia actual y la endemia futura siguen siendo la soga de la cual tironear, pero lo que continúa ausente es la educación. Hablar de educación se ha desplazado a nimias discusiones por los días de clase y la fecha de inicio de esos días de clase o los infaltables anuncios sobre la jornada extendida.

Para ejemplificar, mientras en la provincia de Buenos Aires, mediante una resolución en el boletín oficial, el gobierno estableció que se cumplirán todos los protocolos “escolares y sanitarios” y dispuso el comienzo de clases para el 2 de marzo y fijó que el ciclo lectivo finalice el 22 de diciembre, con el receso escolar de invierno del 18 al 29 de julio; el jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires anunció que el año lectivo para inicial y primaria comienza el 21 de febrero, mientras que para el nivel secundario, el inicio será el 2 de marzo.

Junto a su jefe de gabinete, al ministro de salud y a Soledad Acuña, todavía ministra de educación, Horacio Rodríguez Larreta en sus habituales presentaciones afirmó que no se implementará el dispositivo burbuja, que no se exigirá el pase sanitario a lxs estudiantes, haciendo alusión a la “libertad” de decisión de las familias para vacunar a sus hijxs, así como algunas de las “medidas del protocolo general pasarán de ser obligaciones a ser recomendaciones”, en ese sentido, también se elimina la obligatoriedad del “ingreso escalonado y los turnos de comedor”. A la vez que se insiste en que “las escuelas no son focos de contagio”, definición inconsistente si se contrasta con lo ocurrido en la realidad no solo de Argentina, sino mundial desde el comienzo de la pandemia.

Por su parte Soledad Acuña  dijo con su habitual contundencia “vamos a eliminar la palabra protocolo de las escuelas (…) a partir de ahora no hay más palabras raras…”.

Cabe destacar que el propio jefe de gobierno, el 27 de enero pasado había dicho, en otra de sus presentaciones para hacer anuncios, que: “si se cumplen los protocolos, la escuela no es un lugar de mayor riesgo de contagio que el resto de la Ciudad” y la propia ministra remarcó, ese mismo día, que en los próximos días se avanzará con la elaboración de un protocolo que “garantice tranquilidad y seguridad en las aulas, pero que también permita tener continuidad pedagógica”.

Las decisiones del gobierno de la Ciudad siempre pletóricas de incertidumbre no se toman en relación a la problemática que plantea la no finalización de la pandemia y el comienzo del año escolar, sino en la disputa con el relato de los gobiernos del Frente de Todos, nacional o de la provincia de Buenos Aires.

Así es como el debate sobre educación se funda por quién impone más de 180 días de clase, piso mínimo establecido o quién distribuye computadoras o hace pisos tecnológicos en las escuelas o cómo se llevará a cabo y en qué nivel la jornada extendida y a cargo de quiénes estará esa extensión y sobre todo, para qué.

¿Cuál es la “verdadera” finalidad de más horas en la escuela, cuáles son las razones pedagógicas no instrumentales que habilitarían la extensión de la jornada escolar?

Tal vez esa pregunta debiera estar en el debate sobre lo que no se debate: educación.

Desde los discursos políticos se hacen sentir las preocupaciones pedagógicas cuantificables, cantidad de días, cantidad de horas, protocolos de presencialidad, anulación de protocolos de presencialidad, educación híbrida, conectividad, evaluaciones, pruebas estandarizadas y en los últimos años la discusión sobre psicogénesis o conciencia fonológica por los resultados en lectoescritura, haciendo cargo a la escuela y sus docentes de una problemática cultural que también debemos abordar en el debate sobre educación.

Alguna vez habrá que debatir la educación desde la educación, desde su propio interior, su especificidad, desde los sujetos involucrados, docentes y estudiantes, sus producciones.

Más que nunca la tecnología como herramienta y no como fin para poder registrar lo educativo, para que lxs docentes puedan pensar y repensar sus prácticas y generar teorías, no para ser evaluados por entidades económicas como la OCDE y sus pruebas PISA o la UNESCO y sus convenios con fundaciones corporativas, sino para formular las políticas.

Acaso no deberíamos hablar de realidades educativas con sus propias especificidades, pero a la  vez la sistematicidad dada por la dinámica de un consejo de educación nacional surgido desde las escuelas con representaciones distritales, jurisdiccionales y nacionales, incluso regionales a nivel latinoamericano, pero desde las propias bases.

El avance del mercado en el territorio educativo es cada vez mayor, la idea que la única opción para que sobreviva la “educación pública” es ser subsidiaria y constructora de mano de obra flexible y adaptable, va más allá de los estándares que impulsan la precarización laboral; las metas finales tienen que ver con acentuar la precarización social, además de los procesos de dominación cultural.

Las problemáticas, por las que en una preocupación aparente y cínica se rasgan las vestiduras funcionarios, empresarios y opinólogos, no son Matemática o Lengua, en tanto saberes; el tema sólo remite a hacer cálculos y comprender un texto en el nivel comunicativo, para hacer medibles las competencias y habilidades “que requiere el siglo XXI”, porque según la teoría de la reforma los saberes son obsoletos porque la información está en internet. Tremenda estafa intelectual que pretende devaluar el conocimiento en mera información.

Por todo esto y mucho más, es absolutamente imprescindible abrir un debate sobre educación desde la educación con los sindicatos combativos dispuestos a dar la lucha más allá de la discusión paritaria que es la constante histórica de las políticas de desinversión educativa y precarización salarial.

Claro que el debate a niveles informativos es mucho más simple: ¿Son 180, 192 o 200 los días de clase? ¿Es jornada simple o extendida? ¿Formar para el trabajo?  ¿Con protocolo o sin protocolo?

Apuesto por una educación que nos permita saber  palabras raras, que se trata, nada más y nada menos, que de conocimiento y si ese conocimiento colectivo y público (como también se viene extendiendo en la diversidad de colectivos sociales, ambientales, étnicos, etc.), parte de la escuela, permitirá no sólo la alfabetización escolar, sino que será el punto de distribución de la alfabetización social que transforme e interpele las sociedades injustas como la nuestra.

Darío Balvidares

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