Cambio climático: Tiempo de descuento

Cambio climático: Tiempo de descuento

15Feb22 0 Por Guillermo Cieza

El informe de una comisión de expertos convocada por Naciones Unidas, alerta sobre el incremento del cambio climático cuyas consecuencias ya han empezado a sentirse. La Argentina no queda al margen de esta advertencia, y corresponde preguntarse desde qué proyecto de país pensamos asumir la responsabilidad de preservar el futuro de la humanidad.


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En junio de 2021 se fitró un informe del Grupo Intergubernamental de expertos sobre el Cambio Climático que alertaba que las metas de la Cumbre de París de 2015 de contener el aumento de la temperatura hasta un umbral de +1,5ºC, para 2040, no iba a poder cumplirse. En forma oficial, en la última semana, estos expertos acaban de confirmar lo anticipado. Diez años antes de lo previsto, para 2030, se habrá alcanzado este límite tan temido. No se ha podido detener el calentamiento global y el futuro de la humanidad ha empezado a jugar tiempo de descuento.
La temperatura global ha venido aumentando desde los tiempos de era preindustrial. Entre 1906 y 2005, la temperatura del planeta se elevó en 0,74 grados. Y desde el 2005 hasta la fecha ha seguido creciendo a un ritmo mas acelerado. El aumento de las temperaturas ha estado vinculada a la incorporación de energías fósiles y en las últimas décadas con la aparición de modelos productivos, como son la agricultura y la ganadería industrial que aportan emisiones de gases invernadero. En un siglo y medio la temperatura del planeta ha subido 1,1 ºC.
El objetivo de la Cumbre de París de reducir el crecimiento de las emisiones de dióxido de carbono y contener el incremento de la temperatura en umbrales no superiores a +1,5ºC, era una meta ambiciosa, pero que no liberaba de efectos negativos para la naturaleza y las comunidades humanas. Según este informe “incluso a 1,5°C, las condiciones de vida cambiarán más allá de la capacidad de adaptación de algunos organismos”. Como es de suponer, las primeras víctimas de estos cambios serán los pobres y los países más pobres. A modo de ejemplo, aumentará en 350 millones para 2050, la cantidad de habitantes urbanos que padecerán escasez de agua. Las olas de calor y las temperaturas invernales extremas afectarán a quienes tienen menos resguardo y las inundaciones dañarán las viviendas de quienes viven en barrios marginales. Se perderán cosechas y aumentarán los precios de los alimentos. En diez años 130 millones de personas se sumarán a los que padecen pobreza extrema. Aumentarán los incendios y la emigración desde las zonas más afectadas por la crisis económica.
Si la temperatura aumentara a 2 °C, se produciría un aumento del nivel del mar que afectaría a 69 millones de personas, habría mayor pérdida de biodiversidad por la desaparición de especies de plantas, animales, insectos, e incluso la muerte de casi la totalidad de los arrecifes de coral. Se produciría una disminución de la pesca y un menor rendimiento de los cultivos de maíz, arroz y trigo. 410 millones de personas quedarían expuestas a la falta de agua. Aumentaría la pobreza, la indigencia y las migraciones en todo el mundo.
Lo sucedido este verano en la Argentina con la combinación de sequías, bajante del Río Paraná, pérdida de cosechas, cortes de luz y agua en barrios populares, proliferación de incendios y suba de alimentos por encima de la inflación, anticipan a estos nuevos tiempos que vinieron para quedarse.
La advertencia de que la mayor responsabilidad en la emisión de gases de invernadero la tiene el sistema capitalista y en particular los ricos y los países más ricos, no invalida preguntarnos desde que proyecto de país pensamos asumir en Argentina la responsabilidad de preservar el futuro de la humanidad.
Parece evidente que más allá de declaraciones de compromiso sobre “la necesidad de enfrentar el cambio climático”, el actual gobierno, como ocurrió con el anterior no tiene una propuesta de desarrollo económico y humano que contemple la emergencia ambiental. Por el contrario, la decisión de hacerse cargo de la estafa de la deuda externa y no afectar a los intereses de los endeudadores y fugadores seriales de capitales, contribuye a que la factura económica termine alimentando la factura ambiental. Cuando el gobierno menciona motores del desarrollo apela a Vaca Muerta, con utilización de fracking, a los aportes de la megaminería (que en 2021 exportó por 3.230,54 millones de dólares), y a la ampliación de la frontera agropecuaria con la implementación del modelo agropecuario industrial. Cuando proyecta reemplazar los combustibles fósiles se refiere a megaplantas de energia nuclear. No hay un debate político público que articule discusiones centrales: cómo se enfrentan las deudas heredadas, con qué energía vamos a sostener la demanda efectiva nacional, con qué modelo productivo vamos a producir alimentos y qué promovemos exportar para obtener divisas. Sin proyecto de país, no se pueden discutir transiciones, prioridades e inclusos costos ambientales necesarios a asumir. Sin un proyecto de país discutido libremente y explicitado, lo que queda no es el vacío. Queda lo que existe, el proyecto de país heredado y consensuado con los grandes grupos económicos. A modo de ejemplo, en lo agropecuario el gobierno impulsa el proyecto de Desarrollo Agroindustrial que fue elaborado por el Consejo Agroindustrial Argentino, que concentra a las principales cámaras, exportadoras, vendedoras de insumos, empresas nativas y multinacionales de agronegocios. La discusión sobre la exploración de petróleo en aguas abiertas en el océano atlántico, se inscribe en ese contexto. ¿Quién puede aprobar una iniciativa donde los costos ambientales están evaluados por organismos técnicos dependiente de las propias empresas interesadas economicamente en el proyecto?
Las advertencias del Grupo Intergubernamental de expertos sobre el Cambio Climático, convocado por las Naciones Unidas son contundentes: “El aumento de los impactos climáticos supera ámpliamente nuestros esfuerzos para adaptarnos”. “La vida en la Tierra puede recuperarse de un cambio climático importante evolucionando hacia nuevas especies y creando nuevos ecosistemas. La humanidad no”.
Rebajar estos debates a una disputa entre Greenpeace y la soberanía nacional es una necedad irresponsable.
Decir NO a las acciones más visibles de depredación de nuestra casa común, la Naturaleza, es una responsabilidad moral. Pero tenemos que agregar la responsabilidad política de debatir y proponer alternativas de generación de energía, de producción de alimentos y de generación de divisas para adquirir productos indispensables, con el menor costo ambiental posible.

Guillermo Cieza-

Foto. Rotoplas

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