Masacrar para la Corona

Masacrar para la Corona

23Feb22 0 Por Alfredo Grande

“la única lucha que se pierde es cuando no sabemos contra quien luchamos” (aforismo implicado AG)

Cuando hablamos de cultura represora, no estamos en un nivel meramente descriptivo. Y mucho menos apto para el sentido común. Común en su peor sentido: encubridor y generador de lo que denomino el “alucinatorio político social”. Ese común de los sentidos es absolutamente funcional al movimiento inercial donde no hay fin de la historia, pero tampoco hay comienzo de nuevas historias. El retorno no es un mito. Es una constante de lo pendular de la política, del lateral fascismo de consorcio al lateral retroprogresismo, por lo cual no hay fin, pero tampoco nuevos principios. Cuando los hubo, se trata de los analizadores históricos, o sea, de las revoluciones. Que no han sido tantas, pero tampoco tan pocas. La cultura represora siempre sepulta de la memoria histórica las heroicas jornadas donde fue arrasada. Y una forma de sepultar esa memoria es la constante represora que denominamos masacre. El Estado detenta entonces, además de la exclusividad de la potestad punitiva, la impunidad para organizar masacres. 

La masacre tiene dos características fundamentales: la crueldad y la masividad. La masacre siempre tiene un discurso justificatorio. Y siempre tiene a mano los mecanismos perversos de la impunidad. La historia de las masacres es la historia de la cultura represora en su expresión más genuina. Una forma enmascarada de la masacre es lo que denominó “masacre por goteo”. El “gatillo fácil”, sin ir más cerca. 10 años de la masacre de Once y más allá de los aniversarios, la impunidad cultural y política de las masacres continúa. No digo jurídica, porque eso siempre es súper estructural y como los molinos, gira de acuerdo a los vientos de la coyuntura politicoide.  Macri pidiendo perdón al desnudo rey de España, es apenas un botón de una muestra que tiene muchos botones. La masacre del puente Avellaneda sigue impune y mucho mas impune al condenar al ejecutor directo. Felipe, que no es el personaje que popularizó Luis Sandrini, sino el personaje que políticamente instigó la masacre. El Estado masacra para algunas de las coronas de turno. Si Manzano robó para la corona, según la acertada definición del “otro” Verbitsky, le fue tan bien que ahora se quedó con Edenor.

Pero la pedagogía de si los delitos son para la corona no son delitos, llegó para quedarse. La masacre de Once fue preparada por los subsidios que el Estado de Bienestar para los empresarios, pagó sin beneficio de inventario y menos de auditoría sobre la aplicación de los fondos. Subsidiaron a los concesionarios de los servicios que no invirtieron nada en mejorar los servicios.  De Vido, Schiavi y Jaime, tres mosqueteros del apocalipsis, han tenido destinos diferentes. La identidad autopercibida de Jaime es preso político. De Vido maldice porque le soltaron la mano y no lo agarraron de los pies. A pesar que Clarín miente, transcribo: “El magistrado meses atrás redujo los plazos de la pena de Schiavi, al considerarlo los cursos de “Diplomatura en Escritura Creativa”, “Reparador de Refrigeradores Domésticos”, “Introducción a la Antropología Cristiana”, “Montador eléctrico”, “Forestador práctico en Injertos”. El denominado “estimulo educativo” no debería valer para funcionarios públicos que ningún estímulo tuvieron para cumplir sus juramentos. Hasta el estímulo educativo se pliega al servicio de la diosa impunidad. La masacre de Cromañon fue el hecho maldito de la ciudad ibarrista. La masacre de Once el hecho maldito del capitalismo serio porque arrasó derechos humanos. Pero mientras las Coronas necesiten masacres, podemos estar seguros, y lo recuerdo al “gordo” Osvaldo Soriano, que siempre habrá más penas y olvidos.

Alfredo Grande

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