¿Quiénes son los hijos sanos del patriarcado?

¿Quiénes son los hijos sanos del patriarcado?

6Mar22 0 Por Mary Ordoñez Dani Sosa Otarola

Otra vez la noticia, y la piel se nos eriza de bronca e impotencia. Proponemos algunas reflexiones frente a las reacciones que la noticia de la violación grupal generó en nuestro país.

Así como frente a una nueva situación de violencia se activan los resortes que históricamente venimos construyendo desde los movimientos feministas, también se activan las reacciones históricas de una sociedad que sigue reproduciendo la violencia por razones de género. Proponemos algunas reflexiones para profundizar miradas y repensar nuestras prácticas como sociedad en relación a la violencia de género.  

El pasado lunes 28 de febrero nos enteramos que seis varones habían violado a plena luz del día a una piba en Palermo. Para nosotras no resulta difícil identificarnos con esa piba: “podes ser vos, tu hija, tu sobrina, tu amiga, yo”. Cuando decimos esto, nos basamos en las experiencias de violencia que hemos transitado a lo largo de nuestras vidas y en los datos estadísticos que se han construido estos años.

La ONU Mujeres indica que aproximadamente una de cada tres mujeres – cerca de 736 millones de mujeres – a nivel mundial ha experimentado alguna vez en su vida violencia física o sexual por parte de una pareja íntima, o violencia sexual perpetrada por alguien que no era su pareja (el 30% de las mujeres de 15 años o más). Según este informe, los datos mencionados dejan por fuera al acoso sexual (que carece de registro formal) y estudios nacionales que “muestran que la proporción puede llegar al 70% de las mujeres”. Sumaremos otros datos específicos sobre la violencia sexual que aporta este organismo a nivel global: 15 millones de niñas y adolescentes de 15 a 19 años han experimentado relaciones sexuales forzadas en todo el mundo.

La ONU señala que ser adolescente y mujer es un factor de riesgo. A su vez, el 6% de las mujeres declaran haber sido objeto de violencia sexual por parte de alguien que no es su marido o pareja. La propia ONU señala “es probable que la verdadera prevalencia de la violencia sexual fuera de la pareja sea mucho mayor, teniendo en cuenta el estigma particular relacionado con esta forma de violencia”. Quizá esta idea pueda aportar datos sobre las dificultades que debemos sortear cuando queremos hacer denuncias, obstáculos que van desde la re-victimización judicial hasta los medios de comunicación que culpan a las víctimas o ponen en duda su palabra.

¿Por qué decimos que son hijos sanos del patriarcado? En estos días hemos leído declaraciones de la ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la nación en las que sostiene que los violadores no son monstruos. No es nuestro interés realizar una defensa de la ministra, sino plantear que esta no es una idea que haya construido ella ni nadie de forma individual. Desde hace un tiempo los movimientos feministas venimos analizando teóricamente el porqué de las violencias que vivimos. En base a años de estudio y a la experiencia de cada día, logramos reconocer que era necesario dejar de ver a los violadores y violentos como “monstruos, enfermos o animales”, ya que esta idea hace que creamos que el problema es individual y aislado. Pues los monstruos y enfermos son seres extraños, que no forman parte del “común” de la sociedad. Lamentablemente, las violaciones y las violencias sí forman parte del cotidiano, las personas violentas o que abusan pueden ser personas cercanas con las que convivimos y que dicen amarnos. Volvamos a los datos proporcionados por la ONU:

  • La mayor parte de la violencia contra las mujeres es perpetrada por sus maridos o parejas íntimas o por parte de sus ex-maridos-parejas.
  • De las que han mantenido una relación, casi 1 de cada 4 adolescentes de 15 a 19 años (24%) ha experimentado violencia física y/o sexual por parte de su pareja o marido.

Para tener un panorama a nivel nacional, recuperaremos datos estadísticos de la línea 144, que entre enero y septiembre del 2021 recibió 83.784 comunicaciones. De esas llamadas, el 98% de las personas que se comunicaron eran mujeres y el 63% tenían entre 15 y 44 años. De acuerdo a este registro, el 89% de las personas agresoras eran varones; mientras que en el 49% de los casos, quien cometió las agresiones era una ex pareja y en el 34% quien agredió era la pareja actual. A estos datos nos referimos cuando decimos que el agresor puede ser un varón cercano: “tu novio, tu hermano, tu tío, tu ex, vos, yo”.

 No estamos diciendo que todos los varones son violentos y violadores, estamos diciendo que este es un problema que tenemos como sociedad, y que, por lo tanto, necesita cambios a nivel cultural en las formas en que nos relacionamos. El accionar de estos violadores es una acción de odio, de poder absoluto, constituido sobre la base social de que los varones dominan los cuerpos de las mujeres o disidencias.  

Otro gran avance de los feminismos fue reconocer que los géneros son construcciones culturales, pues no nos determina el sexo con el que nacemos. ¿Qué quiere decir esto? Que socialmente hemos construido estereotipos, es decir, modelos de varones y mujeres, formas de ser y hacer que se enseñan y aprenden culturalmente. Hace varios siglos que las mujeres y disidencias venimos cuestionando y construyendo nuevas identidades. En este punto, necesitamos que también haya un cambio en la construcción de las masculinidades desde los varones, que se pongan en cuestionamiento sus propios privilegios, sus formas de ser y hacer, aquello que callan y dejan hacer a otros. Sabemos que es más fácil señalar el problema en el otro y que es una tarea más compleja y pesada reconocernos como parte del problema.

En esta tarea, la Educación Sexual Integral es una herramienta fundamental para poner en cuestionamiento las formas en que se construyen los estereotipos y en que construimos nuestras relaciones sexo-afectivas. Lamentablemente, lo planteado por la ley N°26.150, sancionada en el 2006, tiene una escasa implementación. Nos atrevemos a decir que en la gran mayoría de los establecimientos del país no se implementa como debería. Como docentes, vemos a diario la importancia de habilitar espacios de escucha e intercambio sobre estos temas. Hemos visto cambios esperanzadores en base a las reflexiones y acciones de nuestras y nuestros estudiantes. Cuando escuchamos reproducir ideas cargadas de odio y violencia en las aulas preguntamos por qué piensan de ese modo y nos encontramos con respuesta del tipo: “eso dice mi abuelo”, “así me dijo mi papá”, “eso me respondió mi mamá”.

Posiblemente ese abuelo, papá y mamá también se hayan indignado al ver la violación grupal de esta chica, y seguramente no se sientan parte del problema. Pero son parte de la solución, necesitamos que lo sean. También sabemos que la educación informal – asambleas barriales, espacios de trabajo – son espacios para educar (nos) y reflexionar para que la cosa vaya cambiando.

La violencia nuestra de cada día

Aún no hay datos estatales disponibles en torno al 2022 ni a la totalidad del 2021. Sin embargo, podemos recuperar los datos aportados por otros actores sociales. El Observatorio de Femicidios de la Defensoría del Pueblo de la Nación señala que en 2021 se registraron 289 víctimas de femicidio. Según el Observatorio “Ahora Que Sí Nos Ven” entre el 1 de enero y el 28 de febrero de 2022 hubo en Argentina 51 femicidios, de los cuales 2 fueron transfemicidios. Esto representa 1 femicidio cada 28 horas, de los cuales el 59% fue cometido por parejas y ex parejas de las víctimas y el 55% ocurrió en la vivienda de la víctima. 2 de los femicidas pertenecen a la policía, 6 víctimas habían realizado al menos una denuncia y 4 tenían medidas de protección.

En otra organización que realiza relevamientos anuales es la Asociación Civil La Casa del Encuentro, el Observatorio “Adriana Marisel Zambrano” registraron que entre 2008 y 2020 hubo 3.551 femicidios y transfemicidios. Veamos en este gráfico la evolución de los números en estos años:

La lucha colectiva nos sostiene

Cerca de un nuevo 8 de marzo, nos apropiamos de la idea de manada, esa que representa la defensa colectiva, acuerpar, saberte acompañadx, pasar el rato al sol o en la puerta de la comisaría o la fiscalía acompañando. Ante un nuevo hecho de violencia, el abrazo se vuelve necesario, y el grito de justicia parece ya no alcanzar. Todos estos años de opresión y violencias fueron también años de Encuentros (vamos por el 34º), de abrazos, de poner el cuerpo cada vez. Una y otra vez. “No estamos solas”, nos decimos, pero nos sigue pasando. Cada vez que tocan a una en nuestros cuerpos quedan heridas que se hacen cada vez más profundas, parecen más difíciles de sanar. Pero seguimos encontrándole la vuelta. Ese abrazo en la plaza, con la pancarta que lleva otro nombre, se vuelve alivio y a la vez certeza.

Certeza si, porque sabemos que vivimos en un orden social capitalista racista, colonial y patriarcal. Sabemos que no es lo mismo ser varón que mujer cis; y tampoco es lo mismo ser lesbiana, no binarie, trans o travesti, en esta sociedad que los géneros constituyen diferencias. También sabemos que no es lo mismo si nuestra piel es marrón, blanca o negra; o si vivimos en la periferia o en el centro; o si tenemos trabajos dignos o no. No es lo mismo, lo sabemos y todxs nos unimos y nuestras luchas se acuerpan en un mismo reclamo que nos contiene a la vez que nos potencia.

Estamos hartxs de levantar cada día con la noticia de un travesticidio, un crimen de lesbo odio, un transfemicidio o un femicidio, y exigimos justicia. Pero a la vez sabemos que no alcanza porque también la justicia tiene que ser transformada para que realmente podamos acceder a ella. Levantamos la voz con la esperanza que alguien nos escuche y de seguir obteniendo conquistas que garanticen nuestro derecho a vivir, libres y sin miedo.

Reconocemos que con nuestras movilizaciones y acciones creativas hemos hecho escuchar nuestros relatos y se ha movido la balanza. También sabemos que aún falta mucho por hacer. Como venimos sosteniendo desde los Encuentros Plurinacionales de mujeres, lesbianas, trans, travestis y no binaries, es necesario atacar el problema desde todos los frentes y con todas las herramientas. La creación de los Ministerios específicos a nivel nacional y en distintas provincias es una conquista de los movimientos feministas. Sobre esa conquista, continúa la exigencia al Estado para que esos espacios no sean sólo burocracias, sino herramientas concretas para accionar y solucionar desde las políticas públicas. Desde abajo, seguimos autogestionando soluciones, porque son las redes feministas de acompañamiento las que nos siguen salvando.

 Mary Ordóñez

Dani Sosa Otarola

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