Arcano resuelto

Arcano resuelto

22Mar22 0 Por José Fernández

Hace unos años, me crucé, en el caluroso centro de Córdoba capital, a una niña rubia de ojos celestes. La crucé en una esquina mientras esperaba el cambio del semáforo, a la par que el sol abrasaba y la humedad cortaba el aire.

En mis retinas quedó aquella niña. Al principio no sabía por qué, pero luego, como si el pasado me hablara, vino a mi recuerdo una fugaz compañera de segundo grado en el otoño del 79.

En barrio Güemes está aquel colegio, que siempre cuando paso, lo contemplo con nostalgia.  Aquellas calles, donde la identidad del popular barrio estaba lleno de resistencias, vagabundos, villas miserias, estudiantes pobres y obreros, haciendo del lugar, un punto de encrucijada de varias identidades de Córdoba. Un barrio que iluminó por las noches el Cordobazo y fue duramente castigado durante la dictadura.

Un barrio que sabe de mi hambre y la bronca de la mesa vacía, un barrio que sabe de mi espera en las siestas en el cordón de la vereda aguardando que algún amigo salga a jugar. Esas calles saben de eternos y erráticos partidos de fútbol, sobre canchas con perpetuas aguas en los costados y de plano inclinado. Aquellas calles, donde templé mi infancia, saben de mis puños y me mostró los puños de otros, enseñándome de esa poca académica forma a sobrevivir.

Mientras el otoño del 79 empezaba a transitar rumbo al invierno, fue en mitad de jornada escolar cuando la clase fue interrumpida por la Directora y una despeinada flaca niña rubia de ojos celestes que entraba al aula.  Algo extraño había en ella.

La maestra la invito a sentarse en un pupitre, pero no aceptó. Luego le indicó que se ubicara en otro, pero al poco tiempo de poner sus útiles escolares se mostró molesta y se paró. Sorprendida la maestra le pregunto qué le ocurría y ella se mostró fastidiada y en silencio. La situación no daba para más, la maestra de segundo grado miró para todos lados y le preguntó si se quería sentar en el pupitre que estaba a mi lado y respondió que sí. A esa altura, todos mis compañeros y yo esperábamos que se parara rápidamente y se mostrara enojada, pero no ocurrió. Yo trataba que no volara una mosca, pero la sensación que algo por fuera de lo común sucedía,  me invadía.

Algunas palabras llegamos a cruzar y en algún recreo pude hablar con ella, hasta llegó a saludarme desde la puerta del aula. Lo notorio era que no hablaba con nadie, pero a mí sí me lo permitía. Pasaron pocas semanas y sin previo aviso dejo de ir al colegio. Pasaron unas semanas más y olvidé a la extraña niña. Yo regresaba a mi barrio y la vida me llevaba por nuevos pasajes.

Cada tanto la volvía a recordar, como quien quiere saber a qué se debía el enigma. Pero no encontraba respuesta. Solo recordaba que algo había ocurrido en su familia… algo.

Con el correr de los años la intriga no fue superada, siempre me quedé con la incomprensible sensación que ella había permitido que yo le hablara y a su forma me lo hizo saber.

Fue hace varios años, en las inmediaciones de los Tribunales Federales cuando estaba terminando el primer juicio al genocida Menéndez, que me la volví a cruzar, la noté emocionada y ansiosa por lo que ocurría en aquel edificio que tantas veces había consagrado impunidad.

No hablamos mucho, solo nos saludamos como quien sabe quién es el otro y me dio a entender su personal motivo por el cual ella estaba allí y que ya no vivía aquí. Como si todavía estuviéramos en segundo grado me dijo: ¡¡¡chau!!!  y se fue, nunca más la volví a ver, pero aquel día resolví el misterio.

Posiblemente, en nuestra infancia cuando la primavera estaba lejos, ella me permitió ser parte de su resistencia….

José Fernández

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