Club Montero viejo (en retrospectiva)

Club Montero viejo (en retrospectiva)

23Mar22 0 Por Héctor Zuñiga (Panini)

Hoy el Predio del Club Monteros Viejo está en ruina, lleno de yuyos, abandonado digamos. Ahí se hacían bailes populares como en todos lados, con música para todos los gustos. No había la inflación galopante de ahora que devora el sueldo del pueblo trabajador. Ni tanto afano en las calles.

De entrada, nomás el chango i’ mierda me dió un empujón ese sábado en la noche. No ha sido fuerte, pero sí lo suficiente como para hacerme correr un poco más allá. Solo que yo, estúpido, no me imaginaba lo que quería este chango de porquería.Observando a los bailarines seguía al borde de la pista y de tanto en tanto pispiaba hacia las mesas…que se yo…a veces algunas chinitas que se quedan sentadas cuando un programa empieza, te hacen una junada para que la invites a bailar cuando el disc-jockey da rosca con alguna canción que las moviliza sentimentalmente.

En eso estaba cuando otra vez el chango que me había empujado un rato antes me volvió a empujar, no con las manos, sino con los hombros, pero un poquito más fuerte. 

¡Qué lo remil parió! Porque no se buscaba a alguien que quisiera pelear sin importarle un carajo el espectáculo que daría, ni la sanidad del cuerpo. Lo miré y me miró. Su mirada insinuaba: 

¿tenés algún problema, macho? 

Por supuesto que tenía un problema. Él, era el problema. Yo estaba tranquilo, parado, junando a ver qué onda.

Ahhh, pero no estaba solo el estúpido. En una de las mesas justo detrás nuestro, sentado en derredor, tres changos tenían la vista fija en nosotros. No hacía falta ser visionario para darse cuenta que eran sus amigotes y estúpidos como el chango estúpido que me provocaba. Qué hubiera pasado si yo reaccionaba mal y le metía un piñón en la jeta, tumbándolo.

¿Se imaginan? 

Al instante sus secuaces habrían saltados como tigres abalanzándose sobre mí, sacudiéndome como colcha vieja hasta que mis amigos, que andaban pachangueando en la pista del Club Monteros Viejo, se dieran cuenta de la situación y reaccionaran acudiendo en mi ayuda. El bochornoso espectáculo habría manchado mi reputación de chico tranqui, pasivo. Amén de los golpes y la torcedura de brazo de los milicos sacándome a la fuerza de la instalación bailable, haciéndome culpable junto a esa manga de quilomberos de provocar disturbios.

¿Qué hice entonces? Opté por lo más práctico. Haciéndome el San Boludo me fui a sentar con la sangre hirviendo de la calentura. Metiéndome en el bolsillo la afrenta y a esperar que el baile terminara lo más pronto posible. Ese estúpido me quitó el entusiasmo con su bravuconería. De repente tomé una decisión imprevista, impensada. (peligrosa dicen aquellos a los que les relaté esto que ahora hago público) Me levanté cuando el programa de música internacional, terminaba y los changos que habían ido conmigo volvían a la mesa a refrescarse con un buen trago. Hablé invitándolos a marcharnos. Ninguno quiso hacerme la pata alegando el horario. Eran las tres de la madrugada y el primer coche de pasajeros pasaría a las seis. No había remiserias, y contaditos con los dedos los de mi pueblo que tenían auto o motos. Al menos que yo recuerde de los que estuvieron esa noche conmigo ninguno contaba con vehículo. No les hablé del incidente para evitar una posible pelea. En cuanto comenzó el siguiente programa ellos levantándose fueron a ver si bailaban. Yo me quedé, pero al rato echando un vistazo para ver qué ni mis amigos y menos los enemigos me vieran salir, me fui. Una vez afuera agarré la calle España hasta la 38 y en medio de la oscuridad me mandé de una. Suerte que no me pasó nada, llegando a la casa sano y salvo. 

Qué recuerdo. 

Justo me viene como un escape, aunque sea por un rato para olvidarme de que estoy haciendo el aguante junto a una cantidad enorme de gente en mi misma situación, esperando cobrar unos míseros 2500 pesos de la Caja Popular con que el gobierno de la provincia agrega al plan nacional del interzafra, intentando paliar la penuria de los que menos tienen y qué más sufren los desbarajustes económicos. 

Hoy el Predio del Club Monteros Viejo está en ruina, lleno de yuyos, abandonado digamos. Ahí se hacían bailes populares como en todos lados, con música para todos los gustos. No había la inflación galopante de ahora que devora el sueldo del pueblo trabajador. Ni tanto afano en las calles.

Yo cobré, pero otros no salieron. Me parece terriblemente injusto mamarse una espera tan larga para no cobrar. En diciembre Alejandro Romero Olmos, cuestionado por otros cosecheros tuvo la amabilidad de pegar en la pared del banco Nación la lista de personas que salían para recibir el beneficio.

Ahora ese tipo está en Río Negro y no hay nadie aparentemente que se ponga en sus zapatos.

Panini – Acheral – Tucumán

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