Entre los grandes

Entre los grandes

23Mar22 0 Por Daniel Campione

Edmundo Rivero cantó el tango a su propia manera y siguió un camino singular. Desde sus inicios como guitarrista hasta sus memorables performances en El viejo almacén construyó un modo de entender lo porteño y lo criollo, articulándolos.

Al encuentro de Rivero.

Corrían los primeros años 70 cuando mi papá, una tarde televisiva de sábado me dijo: “Escuchá a este cantor, ya no es el de antes, pero sigue siendo un genio”.

Una letra en tono zumbón, recia y burlona a la vez, llamó particularmente mi atención. El protagonista de los versos trazaba, a contrapelo, el espíritu de Buenos Aires. Aquél “sangre de pato” no vibraba ni con el fútbol, ni el box ni los “burros”. Lo ignoraba todo acerca de los placeres del alcohol y el tabaco. “Avivate frate mío, te lo digo por tu bien”.

Mi alma adolescente se encantó con la entonación sarcástica y a la vez cariñosa de Rivero. La sintió como un fraternal estímulo para gozar de la vida. Aquel hombre ya veterano parecía “sabérselas todas”. Y ser el espíritu mismo de una diversión sin desenfreno, de una sensualidad regulada con maestría.

Pucherito de gallina , musicalizaba por entonces una exitosa publicidad. Le cantaba a un rito de pasaje del adolescente porteño. El “venirse para el centro” a los veinte años.

Sin romper con el barrio, se pasaba a un universo nuevo. Al autor de estas líneas le tocó dar esos pasos durante los días más negros de la última dictadura. Entre múltiples miedos y dolores, no dejó de ser una etapa subyugante. Y a varias décadas de distancia, la voz de Rivero trasmitía las sensaciones plenas de ese paisaje. Sólo había que cambiar “Corrientes y Maipú” por el más actual “Corrientes y Montevideo” y el espacio común quedaba establecido.

Por esos mismos años quien escribe estas líneas había descubierto el valor de los versos de Homero Manzi. “Sur” en la voz del “feo” pasaba por ser EL TANGO en esos años. A mí me gustaba más Barrio de tango, también vibrante en la evocación de Nueva Pompeya.

Habíamos iniciado un vínculo perdurable con el “cantor nacional.”

Distinto a todos

Durante la década de 1940, en tiempos en que abundaban los tenores de impulso sentimental,  y expansivo, con pinta de galanes, aparece el “feo” por excelencia, con su voz grave y su apostura discreta, casi reconcentrada. Constituía una clara novedad en el campo del tango. Tardó en ser aceptado, una vez que lo valoraron, su presencia se volvió insoslayable.

Es famosa su anécdota de cuando era cantor de la orquesta de Horacio Salgán. Director y vocalista eran ambos de tendencia innovadora, salían de los moldes habituales. Intentaron llevar sus temas al disco. Un directivo de la grabadora manifestó su rechazo al afirmar que la orquesta era “rara, difícil” pero el cantor era “imposible”. Le ofrecieron a Salgán grabar con otra voz, tuvo la nobleza de no aceptar.

Después de toda una época en que lxs cantores destacados se disputaban de algún modo la “herencia” de Carlos Gardel y en algún caso aspiraban a ser sus sucesores, Rivero surgió con contornos distantes de la prosapia gardeliana. Ostentaba un tono y una personalidad diferente. Entre barítono y bajo, con gestualidad contenida y sin desmesuras vocales, ponía su sello en cada tango.

Su entonación era sorprendente, mantenía los bajos con la prestancia de un Chialiapin del tango y, al mismo tiempo, profundizaba su relación con el lunfardo y los tangos pícaros de los albores”. (Sergio Pujol, Página 12, 11 Diciembre 2016)

Una voz y las guitarras

No hay duda que don Edmundo produjo muchas y muy destacables con acompañamiento orquestal. Desde sus interpretaciones con el conjunto de Aníbal Troilo que lo llevaron a la popularidad en la década de 1940, hasta las grabaciones del repertorio discepoleano a comienzos de la de 1960. Con la parada insoslayable que marcó su “revancha” junto a Horacio Salgán, años después de que cantor y orquesta, aún no consagrados, fueran rechazados por las grabadoras.

Tal vez el canto con guitarras marca los puntos más altos de la trayectoria de Rivero. Acude muchas veces a un repertorio anterior a la tradición del cantor de orquesta. O que, sin serlo, tiene un sabor añejo, en ocasiones en cercanía con lo gauchesco.

Don Edmundo se preciaba de su raigambre familiar en la tierra argentina. Un bisabuelo, de procedencia inglesa, murió lanceado por la “indiada”. Una característica mescolanza de estirpes, tan frecuentes en la región pampeana.

El acompañamiento guitarrístico lo conducía a un repertorio de resonancias camperas, como su gran versión del famosísimo “Los ejes de mi carreta” o del menos famoso pero excelso “Vamos, vamos, zaino viejo”. Su voz profunda refleja a fondo ese mundo rural, o bien de suburbios que aún se confundían con la pampa.

La vida es triste arriba del pescante
Con los recuerdos de un corazón amante
Avanzo leguas al tranco con mi carro
Y me parece que estoy siempre en el barro
Es que no tengo quien me prepare un mate
Ni quien me ayude a ensillar el percherón
Y acariciando a mi perro chocolate
Tomaba alegre un trago del porrón

Poco propenso a las efusiones sentimentales en sus interpretaciones, el canto de Rivero puede reflejar con solvencia penas muy profundas, dando expresión al dolor de seres cansados de la vida y sus pesares. Que no por eso se entregan a la autocompasión o a la nostalgia. Una de las veces en que su canto adquiere más altura en esa dirección es en “Como abrazao a un rencor”.

Yo quiero morir conmigo
Sin confesión y sin Dios
Crucifica’o en mis penas
Como abraza’o a un rencor
Nada le debo a la vida
Nada le debo al amor
Aquella me dio amarguras
Y el amor una traición

Un estudioso del lunfardo

Rivero fue, a su modo, un intelectual. Escribió un par de libros acerca del género y de la lengua lunfarda, en la que fue un experto. Rescató algunos tangos y milongas en esa veta, de largo recorrido,  e incorporó otros más recientes, incluso de su propia autoría. Uno de estos últimos fue Milonga lunfarda, contenedor de un compendio de giros arrabaleros

El cotorro es el lugar

Donde se hace el amor.

El pashá es un gran señor

Que sus mangos acumula.

La vecina es la fulana,

El tordo, es algún doctor,

El estaño, un mostrador

Donde un curda se emborracha,

Y si es que hacés pata ancha

Te la das de sobrador.

Leonel Edmundo Rivero no dejó continuadores directos. No es fácil cantar en su estilo. Y su timbre de voz es irrepetible. Muchas de sus interpretaciones constituyen lo que suele llamarse “versiones definitivas”. Aún para muchxs que no son proclives al género, sus discos son una referencia, un momento de placer, al menos cada tanto. El tango “es” Rivero. Y aunque él era “del treinta”, sigue vigente.

Daniel Campione en Facebook.

@DanielCampione5 en Twitter.

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