Ucrania-Rusia: “Occidente” y la máscara del “bien”

Ucrania-Rusia: “Occidente” y la máscara del “bien”

25Mar22 0 Por Daniel Campione

El modo en que se narra el conflicto en curso encubre una gigantesca falsificación. El rechazo a la cobertura “humanista” y “pacífica” de los intereses imperiales es una exigencia indispensable.

La guerra entre Rusia y Ucrania es hoy ocasión para reflotar con fuerza la idea de un “occidente” civilizado, con economía de mercado, democracia y libertades públicas. Enfrentado a  un “oriente”, ajeno  a las leyes del mercado y a la democracia, guiado por impulsos brutales.

“Occidente” ha sido una cobertura de EE.UU para dar un manto de legitimidad mayor a la defensa del capitalismo después de la segunda guerra mundial.

Aún antes, el “occidentalismo” había campeado a través del discurso “antibolchevique”. Que identificó a la revolución rusa de octubre de 1917 con la barbarie asiática que se suponía amenazaba a la civilización europea y norteamericana.

Una mentira de tiempos de la “guerra fría”.

La referencia “occidental” presupone una supuesta herencia humanista, democrática, pacifista, racionalista, encarnada en la civilización europea y norteamericana. Y enfrentada a la barbarie euroasiática. En el terreno de las ideas se remontan a lo  mejor de la tradición de la Ilustración para cubrirse con el manto del pluralismo, del equilibrio de poderes, de la tolerancia de todos los pensamientos y credos. Y hasta se proclaman portadores del ideal de la “paz perpetua”.

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Immanuel Kant, el filósofo alemán que expuso el ideal de la “paz perpetua”.

Los objetivos imperialistas, la lucha por aplastar cualquier impugnación al poder del capital, son cubiertos con los brillos de una civilización de más de dos mil años. Y con el manto de la promesa del “bienestar”, del consumo en ascenso, con un acceso cada vez más amplio y variado a bienes sofisticados.

El discurso “occidentalista” se sistematizó con la bipolaridad posterior a 1945. El “mundo libre”, civilizado, democrático, basado en las libertades económicas y políticas frente al “oriente” comunista, totalitario, avasallador de todas las libertades. Se formulaba también como democracia vs. totalitarismo. Así, el enfrentamiento de la “guerra fría” era presentado como continuación y coronamiento de la “guerra caliente” contra el ya extinto nazismo.

La elasticidad y las “licencias” para la inclusión en el campo “democrático” eran casi infinitas. En el “occidente” libre podía incluirse las peores tiranías: Anastasio Somoza en Nicaragua. Papá Doc en Haití, Suharto en Indonesia. El acendrado anticomunismo, el sometimiento a la política exterior norteamericana y el apego a la libertad de empresa, constituían las verdaderas credenciales para formar parte del “club”.

Hasta hoy EEUU define y defiende a un régimen político como democracia o bien lo descalifica como “dictadura”, “autocracia”, “tiranía”; al compás de sus intereses de política exterior y los de los capitales de ese origen. Las características verdaderas del gobierno y la sociedad civil en el país respectivo son lo de menos.

Una de las más peligrosas ingenuidades que se pueden cometer, desde siempre y hoy más que nunca, es dar por cierta la preocupación de EE.UU y sus aliados por la vigencia y promoción de las democracias. El carácter atribuido a un gobierno es un comodín a jugar a conveniencia y capricho.

Para tomar dos ejemplos de hace ya tiempo pero que tienen una singular elocuencia: En nombre de la defensa de “occidente” y la democracia contra el totalitarismo se pactó con Francisco Franco (bases militares estadounidenses incluidas). Y se derrocó a Salvador Allende, reemplazado por una dictadura sanguinaria, eso sí, de indiscutibles inclinaciones anticomunistas.

En Argentina, la última dictadura encubrió hasta el cansancio su deletérea acción represiva con el pretexto de la “defensa de la cultura occidental y cristiana”, en la que incluían desde el modelo conservador de familia hasta la religión, todo supuestamente amenazado por la “subversión”. Y por supuesto la instauración de una economía “libre”.

No faltaron los generales estadounidenses que explicaran que era un régimen “autoritario” y no “totalitario”. Y por lo tanto aceptable en el regazo de “occidente”.

El “bien” y el “mal” en un escenario distorsionado.

En el caso de la guerra actual, el choque Rusia-Ucrania es presentado como un enfrentamiento del bien contra el mal. De una irreprochable democracia frente a una autocracia con vocación imperial, regida por un dictador megalómano.

Queda oculto que el conflicto tiene como fondo el interés de EE.UU y sus aliados por avanzar y afianzar posiciones en la rivalidad global que reconoce como eje opuesto no a Rusia sino a China. Pero percibe a la federación rusa como aliada de la potencia asiática. Y como poseedora de un poder militar que puede complementarse con el poderío económico chino.

En el imaginario que se propaga en los medios hegemónicos, Putin es un siniestro heredero de las peores tradiciones rusas, desde el absolutismo de los zares a Stalin. Y un aspirante a reconstructor del antiguo imperio, proyecto en el cual Ucrania sería un componente fundamental, previa instauración de un gobierno “títere”. En la línea de lo que habría alcanzado en Bielorrusia.

La perspectiva de una avanzada de la OTAN que sembrara de misiles la frontera occidental de Rusia no ocupa ningún lugar en la explicación circulante.

Predomina el reduccionismo que intenta presentar a todo crítico de la política de EE.UU y la OTAN como belicista y enemigo de las democracias. Desplegado sobre una lógica binaria en la que  si no se es anti Putin se es pro Putin. Si se plantean objeciones a la política del supuesto “occidente” se está a favor de la invasión a Ucrania.

“Las líneas rojas de la OTAN”. Fuente: Notimundo

La falacia de la información diseminada sobre la guerra es patente. Rusia aparece como una máquina sanguinaria comandada por un demente, que arrasa ciudades enteras, ataca blancos civiles de modo indiscriminado, mata mujeres y niños todo el tiempo.

No se trata de negar los horrores de la guerra ni de contemplar con benevolencia ingenua la actuación del gobierno ruso y de sus fuerzas armadas. Rusia inició el ataque, sin seguir explorando medios pacíficos.

Pero eso no exime para nada de tomar nota de una gigantesca operación propagandística que demoniza a un bando mientras santifica a la “democrática” Ucrania, que se supone defiende su suelo con los recursos más nobles.  La represión en los territorios identificados como “prorrusos” o la actuación de milicias nazis nunca se mencionan.

Es esencial en el sostenimiento de la posición “occidentalista” en el conflicto una verdadera “cadena mundial” de medios de comunicación. La que disemina la información unilateral que denuesta a Rusia y enaltece a Ucrania como parte del mundo civilizado.

Y propaga la visión de un mundo en paz y armonía cuya tranquilidad se vio quebrada por una potencia nuclear que apela a la violencia como instrumento de política exterior. Se calla, por supuesto, que todo el tiempo EE.UU y sus aliados utilizan la fuerza en variadas latitudes. Y que tal escenario armónico y pacífico sencillamente nunca existió.

“Occidente” es la amenaza.

Hoy no tenemos un mundo bipolar, más bien despunta un escenario de multipolaridad. Va quedando claro que la unipolaridad, la “pax americana” soñada en la década de 1990 no se concretó. Y EEUU y sus aliados pueden enfrentar un escenario de disputa por la hegemonía mundial. Este espacio de antagonismo se encuentra ya desplegado en lo económico y podría extenderse a lo militar (el potencial nuclear de Rusia, vista como aliada de China).

En el plano cultural y comunicacional, en cambio, el predominio de EE.UU y sus áreas de influencia sigue siendo amplio, por no decir abrumador. Una situación como la actual resalta la evidencia de que las voces disidentes son muy minoritarias. Y los “demócratas” no vacilan en silenciarlas, si se vuelven en exceso molestas.

De cualquier manera, “occidente” padece el talón de Aquiles de estar asentado en un capitalismo aniquilador. Que apunta, sin freno a la vista, hacia la extinción de la humanidad y de la naturaleza. Sus entrañas albergan un monstruo, en total contradicción con su pretensión “humanista”, “racional”, “moderada”, “democrática”. Todos y cada uno de esos aspectos es contradicho por sus prácticas concretas.

Los engaños demasiado flagrantes no suelen sostenerse por tiempo indefinido. Y la identificación de “Occidente” con un orden social justo y de alcance universal se vuelve cada día una mentira más indigerible.

Cualquiera sea el resultado de la contienda actual, seguirá vigente la verdad principal: La verdadera amenaza para la paz mundial y la sede del imperio más poderoso y propenso a la violencia están en Washington, no en Moscú. Los verdaderos amantes de la paz no deben, en ningún caso, apoyar a “occidente”.

Daniel Campione en Facebook.

@DanielCampione5 en Twitter.

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