La serpiente roja del Paraná (parte 2)

La serpiente roja del Paraná (parte 2)

31Mar22 0 Por Alejandro Urioste

En el camino, ese enorme laboratorio que fue Villa Constitución había producido una potente experiencia social y política de nuevo tipo que, de hecho, ninguna racionalidad política previa contenía por sí misma: ni los partidos de izquierda, ni la tendencia, ni las organizaciones armadas, ni el sindicalismo clasista, ni la organización territorial villera.

La gran represión al movimiento vendría cuatro meses después, la madrugada del 20 de marzo de 1975, cuando Pedro Alfaro contó los ciento cinco autos de la caravana de la muerte, y comenzó el operativo “Serpiente Roja del Paraná”.

El parte de prensa que distribuyó el gobierno nacional decía que “…la gravedad de los hechos es de tal naturaleza que permite calificarla como el comienzo de una vasta operación subversiva terrorista, puesta en marcha por una deleznable minoría antinacional. El escenario elegido abarcaba toda la zona industrial del Paraná, entre Rosario y San Nicolás…”.

Además de las Tres A y la Juventud Sindical Peronista, participaron legalmente del operativo cuatro mil efectivos de Prefectura, Policía Federal, y el grupo especial Los Pumas, de la Policía de la provincia de Santa Fe, que había sido creado como guardia rural en la época de La Forestal.

Al día siguiente, uno de los titulares del diario La Capital, de Rosario anuncia: “Sesenta procedimientos desde norte de Gran Buenos Aires hasta San Lorenzo”.

El artículo relata que, con el apoyo de helicópteros, se rastrilló el barrio rosarino “La Florida”. Dice además que se llevaron a cabo procedimientos en Puerto General San Martín, en Granadero Baigorria, Zárate, Campana, Baradero, San Pedro, otro operativo rastrillo en San Nicolás.

Son detenidos dirigentes y activistas obreros en varias fábricas del cordón industrial: John Deere, Hanomag y Galizia Bargut, en San Lorenzo. Ocurrió lo mismo con trabajadores de las plantas industriales PASA Petroquímica, y Massey-Ferguson.

Villa Constitución, la cabeza de la “Serpiente Roja del Paraná” fue tomada por asalto y ocupada, mientras el cura párroco, Samuel Martino, hacía sonar las campanas de la iglesia, celebrando.

Pocos días después, las campanas volverían a repicar para tapar los gritos de los torturados en la comisaría, que estaba al lado de la iglesia.

Menos uno -Luis Segovia, que logró escapar- todos los integrantes de la Comisión Directiva de la seccional de la UOM Villa Constitución fueron detenidos. Uno de ellos dirá:

El famoso 20 de marzo me agarró de sorpresa, porque vinieron una mañana, que eran las cinco de la mañana, y se metieron de prepo prácticamente en casa. No me dejaron ni vestirme y me sacaron. Revolvieron toda la casa, no encontraron nada. Me cargaron en un Falcon y me llevaban para el lado de San Nicolás. Y yo digo, bueno, si agarran para el lado de Theobald soy boleta. Llegaron justo hasta el camino que va a Theobald. Ahí pegaron la vuelta…

El local del sindicato metalúrgico es allanado y se instala la intervención de la UOM. Como respuesta, ante la detención de casi toda la Comisión Directiva, se crea una dirección clandestina: el Comité de Lucha que el mismo día 20 declara la huelga. Acindar es ocupada por los huelguistas, y buena parte del personal jerárquico de la empresa es forzado a quedarse en la planta, encerrados en las oficinas de Relaciones Industriales. También son ocupadas Metcom y Marathon.

La huelga, en esa ciudad continuamente atravesada por los autos de los grupos parapoliciales, donde se había desatado una verdadera cacería de activistas, duraría 59 días.

La solidaridad

Sin demora, se forman los equipos para la propaganda, para las guardias, para las provisiones. Los obreros de la fábrica Martín Amato votaron en asamblea donar dos días de su jornal para el fondo de huelga que había comenzado a formarse.

Se lanzan al paro -para reclamar la libertad de los detenidos- La Unión Ferroviaria y La Fraternidad, los bancarios, los docentes y los trabajadores del transporte. La Federación Agraria de Arroyo Seco expresó su solidaridad con los detenidos.

También los pequeños comerciantes de la ciudad y la zona -Arroyo Seco, Villa Diego, Rosario, San Nicolás y Figueras- se solidarizan.

Comienza a circular el boletín de huelga para informar de la situación, en medio de las detenciones, secuestros, intimidaciones y asesinatos.

Los familiares de los obreros llevaban alimentos a la planta tomada, pero la policía y los parapoliciales de las Tres A comenzaron a realizar “pinzas” en la ruta y los accesos, de manera tal que los obreros discuten en asamblea la opción de irse de la fábrica ante la posibilidad de quedar aislados de la población.

El 27 de marzo por la noche, las fábricas son desalojadas por la policía. Ahora los detenidos son más de cien.

El centro de gravedad de la lucha deja de ser la fábrica. Ahora la huelga está afuera y las asambleas en los barrios obreros son las que marcan el ritmo clandestino de la resistencia.

Las asambleas no podían prolongarse en el tiempo porque cuando eran detectadas por la policía o los fachos comenzaban a llegar los tiros. Todo debía ser clandestino: se dejaban los volantes en los comercios del barrio para que los retiraran los huelguistas o sus mujeres. Cuando las patotas que operaban detectaban un lugar donde se almacenaban provisiones, tiraban todo o simplemente lo volaban con explosivos.

Los agentes de las Tres A habían instalado su base de operaciones en la jefatura de policía, adonde fueron llevados muchos secuestrados para ser interrogados.

A todo esto, Acindar, Metcom y Marathon seguían paralizadas. Esto implicaba la paralización de gran parte de la industria del país, en especial la automotriz. La represión cumple así uno de los objetivos atribuidos al “complot subversivo”.

Mientras que a los telegramas de despido de los primeros días, le suceden los telegramas –cinco mil- para conminar a los obreros a volver al trabajo “en el lapso de veinticuatro horas”, el albergue de solteros de la planta se convertía en un centro de interrogatorios y torturas controlado por la Policía Federal. Aquí eran conducidos en primera instancia muchos de los detenidos y secuestrados.

Los datos para detener y secuestrar a los delegados y los activistas eran proporcionados directamente por la empresa. Algunos de los autos usados en la represión también fueron provistos por la empresa. Un operario de Acindar, Raúl Antonio Ranure, participaba de los operativos nocturnos, conduciendo un Ford Falcon rural, celeste metalizado, sin patente, “que le había otorgado Acindar para movilizarse” (Nunca Más, Legajo 1770)

Los dos helicópteros que salían diariamente para intimidar y controlar las manifestaciones, operaban desde el helipuerto de Acindar.

Porque en medio de esta batalla desigual, en los barrios seguía desplegándose la organización de la resistencia como forma de la vida cotidiana. Los disparos sonaban toda la noche. La huelga continuaba. Se hacían actos y movilizaciones callejeras.

El interventor de la UOM, Simón de Iriondo, el 7 de abril había hecho una convocatoria infructuosa a volver al trabajo: “se paseaba con una propaladora llamando a aplastar la víbora roja de la subversión”, recordará Victorio Paulón.

El 9 de abril, militantes de la Juventud Sindical Peronista llegan hasta las puertas de Acindar, cantan el Himno Nacional y la marcha Los muchachos peronistas, amagan con entrar a trabajar, pero finalmente se van.

El primer acto masivo en apoyo al Comité de Lucha se realiza el 16 de abril, en la plaza. Se sucedían las marchas y actos. Desde autos de la Policía Provincial, tiradores encapuchados atacaban las columnas a balazos.

El acto del 22 fue multitudinario. Dieciséis mil personas, según varios testimonios. La represión fue en aumento.

Cuando las columnas se encaminaban a la plaza comenzaron los gases y los disparos de los francotiradores apostados en la torre de la iglesia. La fuerza especial Los Pumas controlaba los accesos, los dos helicópteros del Ministerio de Bienestar Social pasaban constantemente sobre los manifestantes.

El terror cierra el círculo

Otros actos y paros en apoyo de Villa Constitución se suceden en San Lorenzo, en Rosario, en Buenos Aires, pero las detenciones y secuestros aumentan, y ya comienzan a aparecer los muertos en los descampados. 

Ramón Cabassi, el primero.

Miguel Ángel Lobotti, trabajador de Acindar, fusilado en una cancha de fútbol de Villa Gobernador Gálvez.

Mientras tanto, el barrio y la asamblea crecen en importancia organizativa y marcan el pulso de la lucha, la lanzan hacia afuera de la fábrica:

“Ibas a la noche a la casa de cualquier obrero, tocabas, decías quién eras y te dejaban entrar, no prendían la luz y te dejaban dormir. Si llegaba a venir alguien a buscarte, pasabas a la casa de al lado, saltabas el alambrado y la verdad es que esa solidaridad no la he visto en mi vida ni creo que la volveré a ver. Lo bien que te sentías de protegido cuando cuando vos llegabas a un barrio…”

Pero si la lucha se sale de la fábrica, se difunde y se extiende por la comunidad, la represión también extiende su círculo de muerte. Por las noches, las fuerzas de ocupación cortaban la luz en el territorio en el que iban a operar y comenzaba el terror.

En el camino que llevaba a Indape -una empresa controlada por Acindar- había una casa donde funcionaba una peña. Era un lugar de reunión fraterna en torno al canto, las empanadas y el vino. El 18 de abril a medianoche, Juan Ponce de León, canillita, estaba sirviendo una de las mesas de la peña, cuando lo mató una ráfaga de ametralladora disparada desde un Fiat 1500.

Esos disparos matan también a Adelaido Viribay, que estaba sentado en esa mesa. Viribay era obrero portuario, le gustaba jugar a las bochas, estaba cenando en la peña (Nunca Más, Legajo 1770). 

El día 22, después de la multitudinaria movilización, fue secuestrado José García, obrero calificado de la sección púas de Acindar. Lo molieron a palos. Un mes más tarde murió. Pocos días después de su muerte, diez hombres armados irrumpieron en la casa donde vivía su viuda, Ángela, con seis hijos. Revolvieron toda la casa, robaron sus anillos de casamiento y un crucifijo.

-“¡¿Dónde están los papeles de los comunistas?!”, le gritaban mientras desparramaban los pocos comestibles que había.

Cuando Ángela fue a pedir trabajo para uno de sus hijos, como en una pesadilla volvió a ver a dos de los hombres de la patota. Estaban custodiando la puerta número uno de Acindar. En la oficina de Personal de la empresa le extendieron un ínfimo cheque de la empresa Seguros Paraná por la muerte de su esposo.

-“No venga nunca más por acá, señora. Su marido no murió por un accidente de trabajo, sino por subversivo”, le dijeron. Tres meses después le cortaron los beneficios de la obra social.

El 30 de abril, Rodolfo Mancini, delegado de Metcon, es acribillado y quemado en el interior de su auto.

Los muertos son cada vez más. Aparecen en los descampados con la marca indeleble de las Tres A: acribillados, mutilados, castrados, quemados. Matar, sí, pero además machacar los últimos rastros de la vida.

Las noches se llenan de gritos y de ráfagas. La rebelión cambia la vida, pero la muerte viaja en Falcon.

En los comités barriales se discute levantar la huelga. Hay que organizarse para volver a la fábrica “ante el compromiso de las patronales de no tomar represalias y pagar los salarios caídos”. Un comunicado del gobierno nacional, del 9 de mayo, daba cuenta de un saldo parcial de la operación represiva: 307 detenidos, de los cuales 97 quedaban a disposición del Poder Ejecutivo.

Habían resultado muertos seis obreros hasta el fin de la huelga de 59 días. La patronal amenaza con la aplicación de la Ley de Contrato de Trabajo que preveía el despido sin reincorporación si una huelga superaba los sesenta días.

A las seis de la mañana del día 16 de mayo los obreros vuelven a las plantas.

Pero los asesinatos en Villa Constitución no se detienen después del levantamiento de la huelga..

El 17 de octubre son secuestrados la abogada Concepción De Grandis, el obrero de Acindar y pastor evangélico Carlos Ruescas y el trabajador portuario Julio Palacios. El 19, los diarios dan noticia del hallazgo de sus cuerpos acribillados y mutilados, con los ojos vendados, ubicados muy cerca entre sí, en un paraje de Villa Amelia. La lista sigue. Hacia finales del ’75 los muertos serían más de treinta (Nunca Más, Legajo 1770).

Para entonces, el gran disciplinador social por la vía del ajuste, el Rodrigazo, y las enormes luchas obreras que lo desfiaron en todo el país, ya estaban en la calle.

El ’75 sería un largo año, que condensaría en un mismo momento la derrota y la búsqueda insaciable de ese gigantesco movimiento que trazó el arco que llevaba desde el Cordobazo a Villa Constitución.

Se dice que la represión del movimiento de Villa Constitución constituyó un ensayo general de la dictadura, como lo fue el Operativo Independencia en Tucumán. De hecho, Famaillá y Acindar fueron los primeros centros clandestinos de detención, con similares características que los más de 360 que estarían operando dos años después.

Es verdad, pero Villa fue mucho más que eso. Fue -más que el último eslabón de una cadena- un territorio de aproximaciones sucesivas que interpelaron todos los supuestos previos de los depositarios del saber político.

En el camino, ese enorme laboratorio que fue Villa Constitución había producido una potente experiencia social y política de nuevo tipo que, de hecho, ninguna racionalidad política previa contenía por sí misma: ni los partidos de izquierda, ni la tendencia, ni las organizaciones armadas, ni el sindicalismo clasista, ni la organización territorial villera.

No volverá el pasado. Pero todavía muchas veces, cuando no nos quede nada, pero lo queramos todo, cuando de verdad tengamos que elegir, volveremos la mirada a Villa Constitución brillando en el instante de peligro.

Alejandro Urioste

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