Lloren por mí, islas Malvinas…

Lloren por mí, islas Malvinas…

1Abr22 0 Por Alfredo Grande

En el año 1989, a pedido del director de la Revista LOTE de Venado Tuerto, escribí este texto. Ha sido parcialmente corregido para el portal Tramas en Movimiento.

“Mundial de Fútbol y Guerra de las Malvinas fueron dos circos romanos donde un poder terrorista y genocida buscó validación popular. Lo siniestro es que la encontró.”

Es natural pensar que “las Malvinas son argentinas”. De eso sí se habla y eso no se cuestiona. Son argentinas y nos las arrebataron allá lejos y hace tiempo los piratas ingleses. Como es sabido, la verdad también puede ser una de las tantas formas de resistencia, generalmente frente a otras verdades que duelen más. Porque reconozcamos: la verdad de ser los propietarios históricos de las islas es una verdad cómoda y diría, hasta grata. Nos coloca en el lugar de la víctima inocente, de aquel que nada tiene que ver con su destino, del que padeció un abuso colonial porque el otro era más grandote… Como canta Soledad mientras revolea el poncho: “sos un puerto argentino con bandera de otro país…”. Las Malvinas son argentinas es casi una reivindicación machista. No importa que la mujer esté casada con otro, que viva con otro, que ame a otro, que tenga relaciones carnales no diplomáticas con otro, que esté sostenida económicamente por otro… El argentino orgulloso proclama: “esta mujer es mía”. En este caso son dos islas-mujeres, lo cual constituye también el sueño de todo machista argentino: la mujer y la vieja, la esposa y la amante, la esposa y la amiga de la esposa, la esposa y Maradona. Las Malvinas son argentinas no importa quien goce de su cuerpo sensual y congelado. Y como somos un gran pueblo al cual los libres del mundo dicen salud, (quizá como una forma de reconocimiento a los estornudos genocidas que hemos padecido) las Malvinas no saben lo que se pierden no estando (porque serlo lo son) orgánicamente en la Argentina. Por eso mi propuesta es realizar una travesía institucional que nos coloque del otro lado del espejo. Si mostramos la frase: “las Malvinas son argentinas”, el espejo refleja: “la Argentina es las Malvinas”. Las Islas Malvinas son un analizador de diferentes instituciones que atraviesan a la Argentina de hoy y que se organizan en base a mandamientos –edictos– bulas totalitarias. La política, el poder, la ética, la familia, la religión, la moral. Y la afirmación “la Argentina es las Malvinas” es una verdad que incomoda, que no resulta tan grata, porque ya no somos las víctimas inocentes de los abusos del grandote, sino victimarios complacientes, masoquistas que no pueden ocultar su identificación placentera con el sádico. Si las Malvinas son territorios propios que están usurpados por los imperialistas para su espurio beneficio, donde los argentinos nativos o por opción son extranjeros en su tierra, entonces Puerto Argentino puede estar en el Bolsón, o en Sierra Grande, o en el Maitén, en Puerto Deseado, prácticamente en cualquier lugar de la Patagonia. ¿Acaso no hay millonarios que prohíben la entrada a un lago? Por supuesto, ese lago es argentino. Pero está Escondido. Si el tío patilludo no quiere, no se puede llegar. ¡Que forma rara de ser que tenemos los argentinos! Porque si las Malvinas son argentinas, Ingeniero Budge, Nueva Fiorito, La Cava, Villa 21, también lo son. Tal vez ese sea el problema. Demasiado argentinos. La afirmación: “la Argentina es las Malvinas” nos informa de algunas características non sanctas y non grata del ser nacional. Tanto del popular como del progre intelectual. Sin negar, porque obviamente lo estaría afirmando, mi destino de ser argentino hasta la muerte, porque he nacido en Buenos Aires, quisiera compartir un acotado análisis de mi implicación política de estos últimos veinte años. Tomaré dos analizadores históricos: el mundial de fútbol del 78 y la guerra de las Malvinas del 82. Por supuesto, la elección de estos analizadores no es neutral. Son los que me permiten avanzar por los escabrosos territorios que encontramos al otro lado del espejo. Voy a confesarlo, porque de todos modos lo he vivido. Yo deseé el fracaso. Tanto de la selección nacional en la final con Holanda (aunque deseaba que se llegara a la final) y de las Fuerzas Armadas en su intento de recuperación de las Islas Malvinas. Todavía siento en mi cuerpo las agresiones de todo tipo sufridas en ambas circunstancias, las cuales desde el análisis institucional son peligrosamente similares. Cuando Freud escribió “los que fracasan al triunfar”, seguramente hubiera aceptado que también se puede “triunfar al fracasar”. El fracaso de una mentira (globalizada o no) es siempre el triunfo de una verdad (especialmente si no está globalizada). Mundial de Fútbol y Guerra de las Malvinas fueron dos circos romanos donde un poder terrorista y genocida buscó validación popular. Lo siniestro es que la encontró. La lógica del terror, siempre intenta encontrar su propia verificación en la subjetividad del aterrorizado. Un violador siempre está al acecho del placer de la víctima, para poder enunciar que, diga lo que diga, se lo buscó. Parece que el Mundial y la Guerra la buscamos y la encontramos. Hace veinte años (que no son nada, entonces son algo) lo sufrí al vivirlo, hoy sufro, pero menos, al decirlo. Yo quería que Argentina perdiera la final. Yo tenía una bandera naranja que pude mantener indemne casi todo el partido. Yo grité el empate de Holanda, el formidable cabezazo de Nanninga. Yo padecí los goles de Kempes y de Bertoni, ante el griterío brutal de toda mi familia y de todo el barrio. Recuerdo la tapa de la revista Gente como Uno, como la rebautizara Horacio Verbistky: “Un país que cambió”  El país cambió, pero solamente en el sentido que ahora el poder terrorista estaba legitimado. Videla, Massera y Agosti torturaban, asesinaban, secuestraban, robaban, pero hacían. Hacían un título del mundo porque somos los mejores. Al gran pueblo argentino, salud. Me desquité ocho años después, cuando en plena primavera alfonsinista, antes de la obediencia debida y el punto final, Argentina doblegó al equipo del Kaiser en las tierras de Pancho Villa. La amargura del 78 solo fue prolongada con los dolores del 82. Porque ahora no era la guerra sublimada, al menos parcialmente, de una final de fútbol, sino el verdadero crimen de la guerra. No salí a vivar al General Majestuoso que tomó las Malvinas on the rocks. En ese momento no lo oculté, en este momento lo publico. Deseé el fracaso. Y entonces, por el predominio hegemónico de la intolerancia más absoluta frente a las diferencias, los auto denominados progresistas e incluso revolucionarios de izquierda decretaron mi condición de resentido y de traidor. Decretaron el fracaso de mi deseo, y su reemplazo por la culpa más abismal. Holanda en el fútbol e Inglaterra en la guerra obligaban, exigían, que la condición de argentino (a la cual se le agregaría posteriormente la cualidad de ser derecho y humano) fuera la condición principal que excluía todas las demás. La fiesta de todos, como se llamó la película que conmemora el acontecimiento deportivo. También el Festival de Solidaridad Latinoamericana, mega evento rockero al cual asistió el mismísimo León Gieco, que al menos tuvo la sencilla humildad de afirmar que se equivocó. Si de noche todos los gatos son pardos, en la mañana fascista todas las hienas son celestes y blancas. Los buitres fueron palomas, los cardos fueron rosas.

Este análisis de mi implicación política a través de los analizadores históricos “mundial de fútbol ” y “guerra de Malvinas” es punto de partida y tal vez de llegada para entender la afirmación: Argentina es las Malvinas. Una mezcla nada milagrosa de abandono y oportunismo. De violaciones reiteradas y paz de los cementerios. Una Argentina hipócrita que miró con desprecio a la América Latina y ahora, cansada de tanto despreciar, se dedica a dormir, fornicar, adorar al enemigo. La Argentina es las Malvinas porque para ir a Ushuaia hay que pasar por Chile y para ir al primer mundo hay que pasar por Brasil. La Argentina es las Malvinas porque hemos pasado del terrorismo de Estado al democratismo de estado, denominación preferible a la de transición democrática. Esta democracia, la de los Bussi cuentacorrentistas en Suiza, los Patti y Rico alcaldes conurbánicos, los Fassi Lavalle, los Samid, Yabrán, hoy prolongada en liberales y libertarios. De lo contrario, la Argentina será cada vez peor que las Malvinas. Porque su tendencia manifiesta y latente a la construcción de masas artificiales de todo tipo, incluyendo políticas, religiosas, artísticas, deportivas, culinarias (por ejemplo el dulce de leche), militares, filosóficas, va degradando hacia formas crónicas de la negación maníaca de la desilusión. Algunas veces satirizadas (volvé, …te perdonamos) otras veces asumidas en su condición trágica. (re-re-reelección). La Argentina es las Malvinas porque todas las causas justas no son objeto de reivindicación sino de manipulación. Suponer que un tirano puede llevar adelante una causa justa es equivalente a suponer que un violador puede honrar un cuerpo hermoso. Lo ensalza para degradarlo y corromperlo. La siguiente afirmación: “lo que no esperaban Galtieri y sus acólitos era que la reivindicación de las Malvinas iba a ser ubicada en un contexto que le confiere un nuevo sentido, por completo ajeno a sus intenciones” revela hasta donde el oportunismo bien intencionado puede hacer alianzas contra natura y gritar los goles de Kempes o “que venga el principito” con la misma fuerza que el torturado grita su dolor. Aguda observación de Maldita Solidaridad. Nota de Carlos Polimeni en Página 12 del 29/8/97.

La Argentina es las Malvinas: genocidios de baja, mediana y alta intensidad. Financieros o militares. Realizados por criminales de guerra que se esconden (como Priebke, Eichmann) o como criminales de paz que se muestran y se autotitulan funcionarios democráticos. El capo de un campo de concentración es un boy scout comparado con el gerente de un organismo financiero internacional. Sin embargo, a los primeros todo tipo de anatema, de los segundos todo tipo de enema. Nuestra absoluta confianza en las instituciones de la democracia nos impide hacer el diagnóstico diferencial entre origen, tránsito y destino. Imprescindible para verificar la triple adecuación necesaria entre institución, dispositivo y organización. El dislocamiento de esta adecuación conduce inevitablemente a las denominadas democracias formales, que yo prefiero denominar contrariadas, porque su profunda aspiración es transmutarse en tiranías. Enzo Bordaberry en Uruguay, Fujimori en Perú, Salinas de Gortari en Méjico, son ejemplos de que algunos poderosos demócratas de la tierra pueden cumplir estos sueños. Pero la constante apelación a la mano dura, al orden, al cuidado de las tradiciones, a no confundir libertad con libertinaje, la actitud reverencial por cualquier ejercicio jerárquico y autoritario del poder, desde el general (en retiro totalmente efectivo) Juan Carlos Onganía, hasta el árbitro Javier Castrilli, que alguna tarde se va a auto expulsar cuando quede solo en la cancha después de haber echado hasta el camión de exteriores. Un país sin sucios trapos rojos, pero lleno de limpias tarjetas rojas. Para expulsar cualquier intento de ordenamientos alternativos.

Por eso la Argentina es las Malvinas. Los kelpers prefieren ser ciudadanos de segunda de su ¿graciosa? Majestad, que ciudadanos de primera de mi ¿gracioso? Presidente. En fin: ellos se lo pierden. Nosotros también. Los kelpers no disfrutarán del placer de ser cuit positivos, de nuestro tránsito del ciudadano al consumidor y del consumidor al contribuyente. Jamás podrán saber del orgasmo previsional que supone pagar la jubilación del autónomo, orgullo del cual nadie osa privarse. Tampoco del goce de vacunarse con la BCG o con la AFJP. En fin: nos hemos kelperizado en degradantes circunstancias. Nos preocupa el estatuto colonial del habitante de las Islas, nosotros que hemos censurado nuestro propio himno. La madre patria no debe ser ofendida, después de todo es la vieja, pero un canto de guerra antiimperialista, quedó transformado en un arrorró tanático para que la gloria nos haga cornudos o nos mande al hoyo. Y el padre patrio tampoco debe ser molestado. “Esa mañana, la Plaza de Mayo se fue poblando lentamente. Los hombres que acudieron al lugar habían leído los titulares de los diarios de la mañana que consignaban con tipografía tamaño catástrofe que cuatro generales y 11.000 hombres estaban en manos de los británicos; que la bandera argentina había sido arriada luego de la capitulación de Menéndez y que todo había terminado”. A pesar del furor popular, crónica de una desilusión anunciada, la entonces denominada Asamblea Multipartidaria no se animó a empujarlo a Bignone que no era más que un Bombolo con charreteras. Gracias a esa pasividad republicana, a fines del 82 fue asesinado el obrero Flores en una Marcha que debió hacerse meses antes y terminar expulsando a los piratas vernáculos de la Pink House.

La Argentina es las Malvinas. Si los kelpers son empleados de compañías inglesas, nosotros, ciudadanos de primera, somos desocupados de compañías inglesas, además de otros representantes de la extranjería. Sin embargo, los degradados kelpers tuvieron mercenarios gurkas que los defendieron. Nuestros conscriptos fueron a pelear con la carabina de Ambrosio. Los soldaditos correntinos se encontraron por primera vez con la marca del frío de la vida y de la muerte. Murieron por la vigencia de casi noventa años de uno de los instituidos más siniestros de los tiempos de paz: el servicio militar obligatorio. Soldaditos que pasaron de la instrucción llevando changuitos en un supermercado, a defender una trinchera en los congelados suelos de la hermanita perdida. Genocidio apenas encubierto, que permitió que los buenos ciudadanos hipócritas, decidieran abandonar el recurso del quiste sacrococcigeo para que sus hijos se salvaran, y muy tímidamente, especialmente las mujeres, comenzaran a bregar por la abolición del engendro jurídico-político que el diputado militar Capdevilla defendiera a principios de siglo. Eduardo Pimentel organizó el Frente Opositor al Servicio Militar obligatorio del que tuve el honor de participar.  Si los kelpers son ciudadanos de segunda, nosotros somos post guerra de Malvinas, ciudadanos de cuarta y de quinta. Son los veteranos de esa guerra. Repudiados por la honesta sociedad civil, por muchos de sus dirigentes, quizá porque en su presencia enuncian y denuncian complicidades nunca reconocidas y de las cuales todavía no se escuchó ninguna autocrítica sincera. Esos veteranos de guerra han terminado tan marginados, tan olvidados, tan manipulados, como las mismas islas que debieron reconquistar. Mientras que súbditos de la ¿graciosa? Majestad siguen gozando de aduanas y Patagonias propias.

Se trató de justificar el apoyo popular, masivo, incondicional a un mundial de fútbol y a la recuperación de las Malvinas, porque encarnaban un ideal colectivo. Concuerdo, pero con la aclaración que no se trataban de “ideales del Yo” que aspiran a la fusión amorosa, sino a los Ideales del Superyó, que imponen la sumisión aterrorizada. Pareciera que el ser nacional es particularmente sensible a estas formas de dominación, mistificación y explotación que las masas artificiales imponen en la subjetividad individual y vincular. Es desde ese lugar que se ha contestado “por algo será” y que aún hoy no se pueda hablar de la violencia como institución y discriminar las distintas formas en que se organiza (social, familiar, estatal, guerrera, guerrillera, terrorista, sexual, comercial). El posicionamiento acrítico que postula la maldad inmanente de la violencia desconoce ejemplos ilustres, que no lo excluyen a Jesús y que lo incluyen a San Martin, para sólo mencionar al santo de la cruz y al santo de la espada.

La Argentina es las Malvinas. Tierras lejanas y ajenas, para el provecho de poderes hegemónicos, donde el pueblo ni siquiera puede preguntar de que se trata. Extraterritorialidades geográficas, políticas, económicas. Guettos republicanos, appartheid democráticos. Minorías refugiadas en countries, barrios privados y shoppings. Huyendo por las autopistas que cruzan el territorio selvático de las villas. Una Argentina insular, donde los territorios no están separados por mares de agua sino por ríos de dinero. Todo el mundo en su quintita aislada, es decir, en su isla. El sueño de las Malvinas propias, un lugar donde nadie puede discutir ninguna soberanía. Y donde el lugar de kelper ya no sea denigrado, sino por el contrario valorado como una forma de sobrevivir en los feudalatos financieros de la posmodernidad. Existo, por lo tanto, debo estar pensando, o al menos algo parecido.

Las Malvinas nunca serán argentinas, lo que no me parece tan grave. Todavía nos queda, más cerca y más hermoso, toda la zona del Paralelo 42 (Maitén, Bolsón, Cholila, Puelo). Al menos por ahora. Lo que sí me parece terrible es comprobar que la Argentina nunca será argentina. Y mucho menos mientras solo se discutan los modales con los cuales hay que aplicar el modelo. Si se come con la boca abierta o con la boca cerrada. Pero nadie discute el menú principal.

Hasta que eso no suceda, tendrá total vigencia implorar: “lloren por mi, Islas Malvinas”.

Alfredo Grande

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