Democracia popular o barbarie

Democracia popular o barbarie

11Abr22 0 Por Francisco René Santucho

Entre la deuda y la guerra.

“La democracia está muerta, es un ritual ineficaz

cooptado por automatismos técnicos y financieros.

Es un ritual inútil porque las condiciones de formación

 del pensamiento colectivo y de la decisión colectiva

 son manipuladas por el predominio mediático del capital.

 La democracia es una condición política buenísima y

 favorable al progreso social cuando hay fuerza cultural

 para imponer los intereses de los explotados”

(Franco Berardi)

¿Qué significa la democracia, hoy? Una pregunta qué, en cada época, asume significaciones en torno a la forma política que adopta. La misma merece un ejercicio recurrente de ser pensada. Pero ¿en qué radica pensar la democracia? Si seguimos el trazado de lo que la ciencia política describe, dicho rápidamente y en una simplificación teórica, podemos hacer el recorrido (teórico) de un Estado (burgués) represivo-coercitivo, para desarmar lo que no quiere que sea y, por otra parte, una maquinaria cultural como control ideológico para direccionar lo que sí quiere que sea.

Los mecanismos de dominio, incluso, en la actual torsión de la democracia -con viejas e inoperantes instituciones-, despliegan ciertas condiciones para nuestra forma de vida. Siendo, lo más efectivo, el aval para legalizar y legitimar la dependencia a los órganos políticos y financieros y a los mercados internacionales. Es esencial, entonces, cómo se resuelven determinados temas que son fundamentales para la economía. Puesto que impacta directamente en el manejo nacional o extranjero de los recursos estratégicos. Por ejemplo, los ocurridos con la decisión de adoptar (y mantener) un modelo agrario predominantemente transgénico, promover el extractivismo, votar la Ley antiterrorista, o temas acuciantes como la vía navegable troncal “Hidrovía” y la Deuda Externa -por mencionar algunos-, según han sido resueltos o por resolverse, debilitan o fortalecen la soberanía.

La materialización de los dos vectores antes mencionados (coerción-represivo y el cultural-ideológico) da la constitución política de un Estado de derecho, que emplea fundamentalmente la consagración del derecho a la explotación o dominación de clase.

En 1942 Walter Benjamin, escribía “La tradición de los oprimidos nos enseña que el ‘estado de excepción’ en el que vivimos es la regla”. Esta octava tesis, crítica del liberalismo, basa la aguda reflexión en el origen violento del derecho cuyo orden establecido es el de los vencedores.

 El análisis marxista claramente ha conceptuado la relación contradictoria existente en la sociedad burguesa, por un lado, se manifiesta por la igualdad jurídica de todas las personas en cuanto a derechos y ante el Estado, y por otro, el sostenimiento de la desigualdad económica. Maximizar las ganancias que severamente impone la lógica del mercado, es la grieta que desbarajusta la condición nodal de equilibrio para un buen vivir.    

        

Un retrato de Walter Benjamin |
Walter Benjamin.

Otra vez el FMI

Lo que no ha cambiado es la propiedad privada de la tierra y el dominio del capital, que hace del Estado el aparato dominante de una minoría privilegiada. Al decir de Adams Smith, la hegemonía de la burguesía en la producción prefigura el control del aparato Estatal.  Esta versión de la democracia, como forma de organización política, permite la conversión a esquemas en el que la economía gobierna a la política. Claro qué, la lógica establecida a partir de esta relación conlleva también a someter lo político al “proyecto mundo”. La supeditación de éste, supone, entre otros, el diseño de un presupuesto nacional qué, tarde o temprano, define y conduce el itinerario de dependencia y sometimiento a directrices del gran poder mundial. 

Cuando el mundo se reorganiza finalizada la segunda guerra mundial, el sistema monetario de la economía global comienza a ser reemplazada por el naciente Fondo Monetario Internacional (FMI, 1944). Un proceso que afianzaba un sistema de financiarización surgida en los tratados de Breton Woods, comandado por Washington y flanqueado por sus amigos, la OTAN. La nueva creación que se suponía de “naturaleza técnica” según los estatutos, en tanto auditores de las economías nacionales, progresivamente impone el peso de su función política que no era más que la de consolidar la supremacía del poder de los EEUU, horadando así, las soberanías de los países.

El trauma histórico que ha significado la deuda externa generada en años de dictadura militar, asoma 35 años después, con el exorbitante préstamo otorgado al gobierno del ex presidente Mauricio Macri. Deuda que, a todas luces, es una gran estafa.  Seguidamente, el “acuerdo” del presidente Alberto Fernández que avala y legitima un crédito fraudulento, reconocido en esos términos por el mismo FMI. ¿Quiénes acuerdan? ¿Qué acuerdan? ¿Más préstamos para pagar el préstamo? Si justamente es por el desacuerdo con aquella política de Cambiemos que, en el 2019, mediante el sufragio, el Frente de Todos asume el gobierno nacional.

Un supuesto “acuerdo” que no es más que la imposición del organismo financiero, ata de manos al gobierno de Fernández en cualquier decisión soberana. Además de aceptar “condiciones” de carácter injerencistas, intenta inclinar el apoyo al dictamen que, como bien explica el economista Horacio Rovelli “que con ahorro fiscal se le pagarían los intereses y el capital se renovaría con nuevos préstamos cada 10 años”.  

Entonces, a partir de este nuevo presente, podemos pensar nuestra democracia sin quitar el foco de la ensambladura histórica que abarca los últimos cincuenta años, desde la última dictadura a la actualidad. En cuyos puntos de acople otra vez está el FMI como sistema de control y explotación que pulveriza toda soberanía. Una deuda fraudulenta, que tiene el carácter de “deuda odiosa”.  Claro está, que el organismo intervencionista no tiene como prioridad solamente un rol económico, sino que tiene principalmente la misión de recolonizar y tutelar a favor del interés de EEUU.

La deuda externa, en palabras del filósofo Maurizio Lazzarato, es más que una cuestión económica. Principalmente es una construcción política de servidumbre que se establece, fundamentalmente, en la subjetividad de una relación social de endeudamiento. Profundizando cierta condición de anulación por el cual el capitalismo subsume a los pueblos, confisca la riqueza social mediante el impuesto, explota y anestesia a la política, nos dice.

Democracia sin política

El fin de la dictadura cívico-militar-eclesial de Argentina (1976-1983) no ha implicado, necesariamente, una clausura de sus propósitos políticos. Sino más bien ha asegurado, genocidio mediante, el trasvasamiento de la política dominante de la burguesía argentina. Claramente el objetivo económico del régimen militar no ha padecido ninguna derrota. Paradójicamente, la derrota del terrorismo de Estado ha significado el triunfo de una nueva configuración del ultraliberalismo económico. Incluso, haciéndose extensivo al orden político y social, en tanto organizador de las actuales sociedades. Vale decir que el poder de los grandes monopolios ha instrumentado, por otros medios, la conquista de la subjetividad política.

Por lo tanto, ¿no deberíamos revisar y repensar “la vuelta de la democracia” y su configuración posdictadura, fundamentalmente un aspecto nodal, el marco jurídico constitucional y su sistema económico tributario-impositivo? Un giro copernicano, un leer/pensar a contrapelo, que nos acerque a un mejor entendimiento del presente.

La democracia representativa posdictadura, con su maquinaria electoralista -como viene ocurriendo en las sociedades de occidente- ha erosionado y degradado lo político. Ha trazado un surco que ingresa, tarde o temprano, a la conversión de un sistema meramente burocrático. Al que puede observárselo debilitando o suprimiendo la voluntad como fuerza medular de la política. Empero, voluntad que aparece efectiva en su plena potencia democrática y política, cuando se manifiesta en cuerpo, alma y cabeza. Encuentra allí una voluntad que excede al acto de sufragar y, en consecuencia, acciona el funcionamiento integral de la potencia humana.

En los últimos años, como expresión de la voluntad colectiva centrada en pasiones políticas, han florecido las manifestaciones y protestas masivas del feminismo, de nuevas identidades populares indígenas-campesinas oprimidas y explotadas, de trabajadorxs de la ciudad y el campo desocupadxs y subocupadxs. Cuando esos cuerpos se organizan, ponen en el centro del pensamiento, desarrollar una voluntad colectiva para la acción. Un sentido ideológico, creando un nuevo sentido del acto movilizador en la calle. Decía Gramsci “que la voluntad colectiva y la voluntad política en general sean definidas en el sentido moderno; la voluntad como conciencia activa de la necesidad histórica, como protagonista de un efectivo y real drama histórico”.

Antonio Gramsci - Wikipedia, la enciclopedia libre
Antonio Gramsci

En efecto, la finitud de una superficie delimitada como es el cuerpo, pero, infinita en sus sentimientos, en los afectos y en el pensamiento, no es abarcada en toda su dimensión política en lo que comprende la actual forma que asume la democracia. Las demandas de nuestro presente, los reclamos que la sociedad exige para un buen vivir, cuando el movimiento popular dice “basta”, son cambios que, no sin lucha, produce la sociedad, y no el Estado.  Es en la calle donde diversas voluntades se agrupan y al asimilarse colectivamente, conciben el sentido político de una voluntad emancipada. Es en la calle, donde los cuerpos entrelazados unos con otros, corren los límites de lo posible, de lo pensable, y donde se constituye la potencia de una trama corporal y sensorial, que pone en acción la imaginación política. Es en las calles, donde la imaginación política se vuelve fuerza cuando el proceso se funde con las pasiones y las ideas.

Esta dualidad de la pasión y la idea, que bulle desde abajo y hace vibrar arriba, como pulsión del sujetx políticx, se moviliza colectiva y creadoramente. Hay allí un deseo, en el orden de la acción potente que comprende el término, que empuja decididamente. La fuerza de la política no se halla en los gobiernos o en los Estados o en lxs dirigentxs de estos, es decir en el ordenamiento de la representatividad democrática (liberal) como la que tenemos, sino más bien en lo colectivo popular movilizado.

La actual representación democrática y sus dispositivos, tiene el corsé de las limitaciones para una exhaustiva práctica democrática de lxs sujetxs políticxs, la inexistencia de los cuerpos. Cuando esa potencia movilizada queda al margen, los gobiernos populares quedan debilitados y los conservadores beneficiados. Es en la calle, con los cuerpos y las pasiones donde la soberanía popular construye verdadera democracia, no burocracia. De lo contrario podemos asistir -y en muchos casos ya se asiste- a una democracia sin política, pasiva, subordinada al predominio de lo burocrático y del institucionalismo. Vaya contrasentido, un efecto político logrado por el neoliberalismo.

Este mundo de hoy

El sentido de democracia ha sido capturado en gran proporción, por poderes económicos, por las derechas que hoy disputan a escala global la hegemonía política y económica. Paulatinamente se ha ido moldeando según los intereses de la economía planetaria y, unido a ello ha ido también, degradando la política. Esas mismas derechas de un lado y otro del globo, acorraladas ahora por las contradicciones que se dan en el rumbo del sistema económico, están cuestionándose el propio orden mundial.

Si bien, algunos hablan de un tiempo presente con mayor desarrollo de la democracia, lo cierto es que, paradójicamente, se han acrecentado las cifras en cuanto a desigualdad y concentración económica.  Lo que queda expuesto es la cristalización de la pobreza extrema por años de rumbo neoliberal. Con solo ver los indicadores económicos, semejantes a los de un escenario de guerra, se puede descifrar la perversidad que significa tanta desigualdad. Y también, la asfixiante asimetría entre quienes rebosan de abundancia y entre las grandes mayorías que no tienen la seguridad de comer todos los días. No hay democracia sin igualdad.

El hilo de los acontecimientos, demuestra una intensificación de la tensión mundial. Muestra además al capital, pendulando por quien gobierna la actual crisis. Desde la cumbre del poder, se disputa reacomodar y rediseñar un esquema de acumulación. La crisis, con su recorrido trazado desde la pandemia Covid-19 a la coyuntura belicista Rusia-Ucrania, se enmarca en esa contienda.

La perplejidad en la que nos hunde la guerra, nos habla de la preexistencia de un gran monstruo que parecía dormido o que estaba disimulado. Asunto que alude al ocultamiento que hacen los medios de comunicación manejados por el pensamiento dominante. Una especie de camuflaje de una guerra subrepticia, anterior y desarrollada en un plano no militar. Pareciera que aquello dicho por Clausewitz “La guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas por otros medios”, encontraría su lado conceptual inverso. La política como continuación de la guerra por otros medios, idea sobre la que ha reflexionado profundamente el gran pensador León Rozitchner. De modo qué, hay batallas que se dan en otros planos, y suele llamarse lucha de clases.

Como ya se ha dicho otras veces, la paz no es ausencia de guerra. Una guerra se libra también sin bombas y sin tiros. Y la no guerra, en términos del capitalismo, es un paréntesis de suspensión, una pausa, una tregua en la jerga militarista. Lo que se traduce como una supuesta estabilidad. Con lo cual, el conflicto y la violencia, a veces encubierta, continúa por medio de la política.  Lo que está ocurriendo en Ucrania, es justamente la continuación de esa guerra, solo que ahora se desarrolla militarmente.

En una genealogía de la guerra, la confrontación incesante entre capital-trabajo, siempre es el punto nodal. Por consiguiente, los planes de la guerra comprenden el diseño de un nuevo modelo de producción y su hegemonía. Lo que agrava el cuadro de la escalada belicista, es la ausencia de una perspectiva posible y organizada de izquierda que anteponga un modelo alternativo de producción. Ese gran vacío abre la posibilidad real de la profundización de una nueva fase del capitalismo, con Estados neoliberales más radicalizados y/o Estados con marcados rasgos neofascistas.

Hacia un horizonte de paz y libertad

La construcción de un futuro de paz verdadera, sin enmascaramientos ni hipocresías de falsas democracias, exige proyectar una real democracia de naturaleza popular. Ante la urgencia actual, en la que todo parece indicar el acercamiento al colapso de un orden global, es menester un pensamiento que contenga el deseo de otro mundo. En el cual, el pensamiento de Rodolfo Kusch, situa el “estar siendo” como posicionamiento colectivo de nuestra américa. En esa dimensión filosófica y política, el sentir y pensar del hombre y la mujer americanxs, conecta la acción con el deseo de “descubrir un nuevo horizonte más humano, menos colonial, más auténtico y más americano” (R.Kusch), volviéndolo así, poder en sí mismo.  

Entre muchas y rígidas formulaciones conceptuales eurocentristas, le cabe, asimismo, poner en cuestión algunos nervios colonizantes aún vigentes en la constitución de la democracia burguesa. Por cierto, existen otras alternativas y con inmensas potencialidades de emancipación. La imaginación política que habilite, produciendo y organizando, otras posibles salidas a la barbarie. Las que se conciben como construcciones del pensamiento colectivo desde abajo, y no institucional, ya que son esos mismos nudos estructurales cooptados por el capital y la monopolización del Estado, las que estimulan la degradación. 

Y, por otro lado, las que bregan por una otra vida, desde otros sentidos. Que no sea absorbida por lógicas europeizantes, que se organice de otra manera la producción, la distribución y la utilización de los recursos. Que no desprecie la vida humana, ni tampoco que atente y rompa el equilibrio de la existencia. Que sea productiva sin ser destructiva. O sea, que estimule otro modo de producción, cuya trama de relacionamiento no desvincule al conjunto de los seres humanos entre sí y mucho menos lo disocie del resto de la naturaleza.

En otras palabras, una estrategia política que unifique todas las potentes luchas populares que se dan en forma fragmentadas.  Robustecer el carácter plural para una real democracia con mayor democratización de las estructuras organizativas que surjan de abajo. Las que establezcan, además, una permanente articulación con un proyecto político y económico que las identifique con un modo de producción, que implique vivir bien, que augure un bienestar social.

Esto, que podemos y necesitamos imaginar y pensar, existe o existirá, en la medida de entender la dimensión humana como parte de la naturaleza. A partir de tener en claro que la diferencia entre un modo de producción y otro, está basada en la manera en cómo se vincula el ser humano con la naturaleza. Que se corresponden, no cabe dudas, con un otro modo de vida (de producción).

Francisco René Santucho.

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