Hitler y Stalin ¿vidas paralelas?

Hitler y Stalin ¿vidas paralelas?

22Abr22 1 Por Daniel Campione

Un libro de reciente aparición narra el período 1939/1945, en torno a la figura de los líderes alemán y soviético. La segunda guerra mundial constituyó un escenario complejo. Hitler y Stalin la comenzaron con un pacto con oscuras aristas. Para desembocar menos de dos años después en una guerra de exterminio.

Laurence Rees.

Hitler y Stalin: Dos dictadores y la segunda guerra mundial.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Crítica, 2022.

616 páginas.

¨La `guerra fría` sigue”

Para el pensamiento dominante asumir un enfoque comparativo entre Adolph Hitler y Yosif Stalin conduce a múltiples equiparaciones entre los dos. Ambos constituirían matices, a lo sumo especies distintas, dentro del género “dictadores totalitarios”.

Lo que responde al paradigma “democracia vs. totalitarismo”, hijo de la “guerra fría” pero que sobrevive hasta hoy en la ciencia política y la historiografía, tanto en la de Europa continental como  en particular en la de inspiración anglosajona.

En el abanico de semejanzas siempre se apela a la omnipotencia del Estado; el partido único, el imperio de un fuerte sistema de policía, la implantación de una doctrina oficial impuesta desde arribal. También al disciplinamiento monolítico, ajeno a la noción de libertad individual.

Quedan relegadas o más aún omitidas las consideraciones acerca de las respectivas formaciones económico sociales. La consolidación del paradigma dicotómico requiere que no se diriga la mirada al hecho de que el régimen nazi tenía en distintas expresiones del gran capital en Alemania un punto fuerte de sustento. Con modalidades diferentes, la Alemania nazi era tan capitalista como las “grandes democracias”.

No interesa en estas visiones la puntualización acerca de que el nazismo nunca pretendió suplantar la conformación capitalista de la economía alemana. Y que detrás de su carácter de partido de masas con predominio pequeñoburgués en su base de apoyo, se albergaba el poderío de la alta burguesía.  La misma que vio con acentuada simpatía el arrasamiento de los sindicatos independientes, la prohibición de las huelgas y la proscripción de los partidos de izquierda. Todas medidas que el nazismo adoptó al poco tiempo de su ascenso al poder.

Enfrente, el régimen soviético se había desarrollado en base a un proceso de completa colectivización. Su episodio mayor y más cruento durante el predominio de Stalin fue el desarrollado en el agro, con epicentro en Ucrania y que había dado lugar a la “supresión de los kulaks como clase.”

En el juego de las similitudes suelen diluirse preguntas tan básicas como la de por qué los regímenes encabezados por el cabo austríaco y el bolchevique georgiano terminaron enfrascados en una lucha a muerte, un conflicto que acarreó millones de muertos, en particular del lado soviético.

Un aspecto que algunxs estudiosos procuran no destacar es el anticomunismo ilimitado de los nazis. Estos teñían de su delirante antisemitismo la aversión al socialismo, es cierto. Pero debería darse más relieve a su repudio al espíritu colectivista e igualitario que presidía las miras de las diversas corrientes del socialismo. Y en particular la de los hacedores de la revolución rusa.

También alimentaba esas posiciones el repudio absoluto a la revolución de noviembre de 1918 en Alemania. La que el mito del nacionalismo alemán (no exclusivamente de los nazis), identificó con la consumación de la “puñalada por la espalda” al esfuerzo de guerra germano.

75 años de la foto de la bandera roja soviética ondeando en el Reichstag
La bandera soviética flamea sobre el Reichstag. Imagen símbolo de la derrota del nazismo.

Un productor televisivo puesto a historiador. Y no le va tan mal.

En líneas generales, el trabajo de Laurence Rees encaja en estos parámetros. Es cierto que soslaya sus peores excesos e incorpora algunos matices no desdeñables.

Rees no es un historiador académico sino un productor de programas históricos y series para la BBC. Tal procedencia le confiere especial vitalidad a su escritura. La fuente primordial de una gran proporción de sus reflexiones son decenas de testimonios de testigos y protagonistas de la época. Allí se complementan las citas a las memorias que muchxs de ellxs han dejado por escrito con el resultado de entrevistas realizadas con el destino original de producciones televisivas.

Ya con anterioridad el británico se ha ocupado del estudio del segundo conflicto mundial. Asimismo ha abordado el holocausto judío, con métodos similares.

Eso le otorga una plasticidad ausente en otros trabajos que todo lo confían a la erudición de archivos tradicionales y bibliografía especializada. Sin recaer en liviandades habituales en los materiales de divulgación, construye una narración atractiva más allá del campo de lxs profesionales o lxs estudiantes de la historia.

Al autor no le preocupan mucho las cuestiones ideológicas y teóricas. No aparecen en el libro referencias amplias a los debates que el rumbo de la U.R.S.S. y las acciones encabezadas por Stalin produjeron en el interior de las corrientes socialistas y comunistas.

El pacto de no agresión con el régimen nazi, que el dirigente georgiano usufructuó ocupando el este de Polonia y los países bálticos es analizado y condenado por Rees. Pero casi no menciona el torbellino de críticas que desató en la izquierda mundial e incluso entre dirigentes comunistas.

Tal vez porque ingresar en esos pormenores incomoda a la noción predominante de que el entendimiento entre “comunismo” y nazismo fue un producto de sus afinidades. El brutal pragmatismo del secretario general del Partido Comunista de la U.R.S.S. lo llevó a pactar con el diablo con tal de alejar la amenaza de afrontar una guerra con Alemania careciendo de preparación para poder imponerse. Esa si se quiere perversa lucidez no ocupa el lugar que merecería en el libro.

De la condena ética y política a esa acción no se desprende que la decisión diplomática soviética prefiriese el acercamiento con el “nuevo socio” totalitario a tratar con las “democracias”. Sí quedan en pie enormidades como la entrega de exiliados antinazis a las garras del régimen de Berlín.

Aceptar el enfoque del “totalitarismo” atrae, entre otros problemas, el de la subrepticia salida de escena del capitalismo. Las democracias, supuestas adversarias innatas de los regímenes execrados, no tendrían nada en común en el plano de su estructura económico social. O al menos esa estructura carecería de relevancia a la hora del análisis histórico y político.

Con todas las deformidades y negaciones en la práctica que se quiera, perduraban en la Unión Soviética de los días de Stalin principios ideológicos enraizados en la tradición socialista. Un ejemplo, que Rees toma, es el que el georgiano tuviera que mantener, aunque fuera pro forma la existencia de una dirección colectiva. Y que en consecuencia no pudiera permitirse la asunción plena de la jefatura de estado y de gobierno, tal como ostentaba el dictador alemán.

¿Por qué leerlo?

Tapa de la reciente edición castellana del libro.

Hechos los reparos anteriores, que podrían incluso ampliarse, cabe el reconocimiento de que el libro de Rees brinda pasajes muy atractivos, en particular los ligados a la narración de cómo ambos dirigentes se desenvolvieron en el conflicto. Tanto uno como otro tomaron desmedidas responsabilidades en la conducción estratégica de la guerra.

Lo que llevó a los dos a sufrir derrotas evitables. En ese campo se exime un poco Stalin, que consiguió vencer por momentos su proverbial suspicacia. Y dio amplios poderes a algunos de sus mariscales, consolidando una articulación de los mandos que llegó hasta la victoria final.

Otro punto a favor del autor es que asume sin reticencias que el esfuerzo soviético fue el más decisivo a la hora de derrotar al Eje. Destaca la concentración de unidades alemanas en el frente oriental, la invasión por varios frentes, el enorme desgaste humano y económico hecho por la U.R.S.S. para sostener el esfuerzo de guerra.

También le da un lugar a la política aniquiladora de los nazis.

La que se despliega en la masacre generalizada de judíos, y asimismo en la eliminación por millares de los cuadros comunistas y partisanos capturados. Le reserva un espacio a la política de virtual exterminio de los prisioneros soviéticos, que produjo más de tres millones de muertos. Todos hechos que tienen una presencia más bien escasa en otras obras a la hora de pasar revista a las acciones genocidas del nazismo.

Eso no le impide pintar con tonos oscuros momentos lamentables de la contraofensiva soviética, como la negativa a auxiliar a la insurrección de Varsovia de 1944 o el maltrato y violación generalizada de mujeres durante el avance final sobre territorio alemán.

Hay un interesante reconocimiento del encanto personal y la habilidad diplomática del líder georgiano, que lo llevó a generar confianza en los líderes occidentales. Asimismo destaca en varios pasajes del libro la popularidad y hasta la fascinación que depositaba buena parte de la población soviética en Stalin. El indiscutible reinado del temor y la sospecha generalizados no se traducía en un repudio mayoritario a las instancias del gobierno soviético.

Para volver al terreno de las objeciones a los análisis que se incorporan a esta obra, hay que señalar la mirada benévola hacia las acciones sanguinarias realizadas por EE.UU y Gran Bretaña. Ante los bestiales bombardeos sobre territorio alemán como los que devastaron a Hamburgo y Dresde, Rees excluye un juicio condenatorio, y los toma como incomparables con las acciones nazis y soviéticas.

Imagen de Dresde, destruida por el fuego aliado.

Este recuento del segundo conflicto mundial en torno a la figura de Hitler y Stalin resulta una lectura amena. Útil a condición de que se tome en cuenta su sesgo ideológico. El que no responde a una falencia individual del autor, sino a su inserción en un abordaje muy extendido, guiado por la impronta del anticomunismo.

El fin de la Unión Soviética no ha obstado a que siga practicándose la defensa de “occidente”, de un modo que arroja al campo de la barbarie a sus adversarios. Mientras atribuye impecables  credenciales “democráticas” a quienes son aliados de EE.UU y se incluyen en su campo de influencia.

Una trapisonda ideológica que puede observarse a pleno en nuestros días, como en el caso del tratamiento predominante acerca de la guerra en Ucrania.

Daniel Campione en Facebook.

@DanielCampione5 en Twitter.

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