Sumando voces

Sumando voces

5May22 3 Por Liliana Marzano

Acepté este desafío de escribir con la esperanza de sumar una voz más sobre un tema tan complejo y doloroso como el de los abusos en la iglesia

Liliana Marzano

Un tema de siglos que ha cobrado visibilidad gracias a los medios, las redes sociales y las infatigables luchas, con unas pocas conquistas, de tant@s que empezaron a decir ¡Basta! Si bien no me voy a referir exclusivamente a la violencia de género, a sabiendas de que las mujeres somos las más afectadas, quiero destacar la lucha y aporte de las mujeres y teólogas feministas en las comunidades, sociedades, iglesias. 

Tiempo atrás escuché a un joven decir “a los varones nos cuesta aceptar los planteos feministas porque nos significan una pérdida de privilegios y poder”. 

En primer lugar, entonces, una breve referencia a ese sistema de privilegios y poder masculino que, en nuestro contexto religioso, hemos definido como patrikiriarcal-clerical que tiene su base en el patriarcalismo: sistema de dominación que privilegia el lugar y el status político y económico del varón sobre la mujer. Concepto que la teóloga Elizabeth Schussler Fiorenza precisó más cuando habló de kyriarcado refiriéndose al poder del amo, varón blanco, padre, dueño y señor de clase alta, reverenciado en muchos lugares como protector y cabeza de la sociedad. La figura de Dios Padre frecuentemente se asocia a este símbolo, y los clérigos han usado y abusado de este sistema de primeros por siglos y siglos. 

En estos días ha sido noticia la denuncia de las monjas Carmelitas Descalzas de Salta contra el arzobispo y dos sacerdotes por violencia de género. 

En febrero nos dejó en shock la noticia de la absolución del obispo Mulakkal de Jalandhar (India) en el caso de violación entablado en su contra (2018) por la anterior superiora general de la congregación diocesana Misioneras de Jesús. El obispo acusado de confinamiento arbitrario, violación, sexo antinatural e intimidación criminal en sus visitas al convento, y de haber “abusado de su posición dominante”, fue absuelto. Salió de la Corte jubiloso diciendo “¡Alabado sea Dios!” Una religiosa comentó “Ahora las mujeres se van a cuidar de presentarse si no tienen evidencias muy fuertes o serán humilladas aún más si denuncian violaciones.” 

El 25 de noviembre del 2021, Día internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, Tras las Huellas de Sophia lanzó una convocatoria para denunciar las violencias que viven las mujeres en la Iglesia Católica con el lema “Los trapos sucios ya no se lavan en casa”. Imposible no dolerse, conmoverse e indignarse al leer esa catarata de denuncias. Un mes antes José Ma. Castillo, recordando su investigación, silenciada, de abusos en un seminario andaluz escribía “¿Usted quiere saber lo que pasa en ese seminario? Se lo digo en pocas palabras: el Rector del seminario ha abusado de tantos niños, que ni se sabe, ni se puede saber, la cantidad de chicos y jóvenes que ese rector ha destrozado. Pero ni en Roma, ni en la Conferencia Episcopal Española se daban cuenta de que, con aquel gobierno de ocultamiento, lo que los curas le estaban diciendo a la gente [y lo siguen haciendo] es que la dignidad del clero es más importante que los derechos de los niños”. Y que el de las mujeres, los laicos, discapacitados, enfermos… de donde provienen las denuncias de abusos -todos los que en una estructura piramidal están por debajo de su rango-. 

En segundo lugar, a nosotras, consagradas, por prescripción natural y religiosa en el paradigma patrikiriarcal-clerical se nos ha impedido una y otra vez autodesignarnos, hacer nuestro propio camino y opciones -sea que hablemos de la vida apostólica, de la teología, los ministerios, etc- Aún hoy la clausura papal se mantiene para las monjas, no así para los monjes. Y no es casual que las instituciones más intervenidas sean las femeninas. Intervenciones, apropiación de bienes, destituciones y/o asignaciones de varones para que cuiden de nosotras y nos vigilen. Un caso paradigmático fue el de nuestra congregación con una intervención que duró más de 60 años, poco después de su fundación. Un director desplazó y encerró a nuestra fundadora. El interventor tenía 28 años y era Fiscal Eclesiástico e Inspector de Parroquias. No citaría esto si fuese sólo un hecho del pasado. 

En tercer lugar: ¿A dónde recurre una mujer, un fiel creyente víctima de abuso cuando el mando está en manos clericales masculinas y los hombres se protegen entre sí y se apoyan mutuamente para defender los crímenes de sus hermanos? Mando que se ejerce sin derecho a réplica, sin colegialidad. En la iglesia católica con una estructura piramidal, hay un poder desorbitado que viene con la ordenación. El clero goza de una confianza ciega, además de ser vistos como los representantes de Dios. Y la concentración y abuso de poder es la puerta abierta a los demás abusos.

Un paso fundamental es reconocer el abuso espiritual y dentro de él el abuso de conciencia con sus graves consecuencias para la persona. 

El término abuso espiritual emerge inicialmente en los 90 en el mundo protestante. En el ámbito católico esto fue desplazado por la gran crisis de los abusos sexuales que ya conocemos. Hablamos de abuso espiritual cuando se da un uso indebido de los medios espirituales de crecimiento personal por parte de quienes proporcionan ayuda espiritual: pastores/sacerdotes, profesores y acompañantes o animadores de comunidades religiosas. Cuando esos líderes operan con su propia autoridad mientras manipulan a la comunidad cristiana y empiezan a tomar el lugar de Dios en sus vidas. Se caracteriza por un patrón sistemático de comportamiento coercitivo y controlador, que se da en un contexto espiritual o religioso, mediante el uso de textos o enseñanzas sagradas, la confesión, etc. y que va creando una telaraña en la que le persona queda atrapada. Es un abuso grave porque toca lo más profundo e íntimo de la persona y sus aspiraciones a lo bello, bueno, al bien. Algunos lo consideran como una “violación del alma” que puede llevar hasta la ruptura con Dios.

¿Y por qué es tan difícil detectar? Porque se espera que los líderes religiosos, seguidores de Cristo y del evangelio respeten la libertad y la dignidad de las personas y por eso se confía en ellos y se abandonan las defensas, lo que hace a las personas más vulnerables. Los abusos espirituales pueden darse en un conjunto de abusos que se realizan en nombre de Dios y son de toda clase: malversaciones administrativas y financieras, manipulación psicológica, emotiva, mental, difamaciones, humillaciones… hasta el abuso físico y sexual. Además, se da en contextos en los que predomina la cultura del silencio, la indiferencia y la complicidad y protección de los abusadores.  

Doris Wagner dijo “Para mí, personalmente, este abuso espiritual y las consecuencias que tiene en mi vida son mucho peores que la violencia sexual que he experimentado” (2019). 

Un tipo de abuso espiritual es el de conciencia. Este abuso se da en una relación de cuidado, asimétrica, donde una persona abre voluntariamente su conciencia a otra con el fin de recibir ayuda. Es un tipo de abuso de poder jurídico o espiritual que controla la conciencia de la víctima hasta el punto de que el abusador, tomando el lugar de Dios, obstruye o anula libertad de juicio de la víctima y le impide estar a solas con Dios en su conciencia. Es perpetrado por un representante de la Iglesia, respaldado por ella como digno de confianza. Por lo tanto, el abuso de conciencia siempre tiene una dimensión institucional. Daña gravemente la dignidad humana, hace un uso perverso del nombre de Dios y las víctimas tardan mucho tiempo en reconocer el abuso. Y, aunque su impacto es como el de otros tipos de abuso, el elemento de lo sagrado es un componente único.

Requiere de una base de seducción y acceso a lugares privilegiados que aíslan a la víctima y la van manipulando y controlando para que llegue a depender directamente del abusador, el único autorizado para dirigir. A veces se trata de abuso contra personas dependientes en: escuelas de internado, hijos adoptivos, niños, miembros de grupos juveniles, etc. Los abusadores se aprovechan de las relaciones de dependencia. La víctima es “ninguneada” en su experiencia y sólo vale el abusador, quien se adueña de su conciencia. Todo lo de la víctima (el deseo, el discernimiento, las propias elecciones) se ponen en duda y son degradadas por el abusador apuntando a equivocación, falta, error, al espíritu maligno, a la tentación. Se da como un espectro de conductas puntuales que van avanzando en frecuencia y grado de coacción. Por ejemplo, en el discernimiento vocacional, las relaciones familiares, etc. donde el control por parte del victimario alcanza comportamientos que tienen gran impacto en la vida de la víctima. 

Mientras el abuso de poder coarta la libertad de acción, el abuso de conciencia coarta la libertad de juicio y la propia autopercepción y se anula el discernimiento personal.

Están también las virtudes, las nociones que son buenas y ayudan pero que también se pueden desvirtuar en torno a los abusos. Como la humildad que puede servir para humillar a las personas. Todo lo que rodea al perdón -el victimario puede hasta imponer a la víctima que le pida perdón o las autoridades exigirle a la víctima que lo haga-. La confesión y el trabajo con la culpa. El silencio que es bueno y necesario se puede usar para silenciar a una víctima (que no diga nada, que se calle). Con la excusa de la obediencia se comenten muchos abusos de poder y se somete y esclaviza. La misericordia con la que se protege al abusador, al que hay que compadecer y perdonar (porque perdonar es divino). También se viola la intimidad de las personas exigiéndoles que lo cuenten todo, sus pensamientos, sentimientos y hasta los sueños. 

En cuarto lugar: tenemos que despertar. 

Necesitamos desenmascarar los patrones de dominación naturalizados y sancionados como de “sentido común”. Identificar esos patrones presentes en nosotros, la comunidad, las lecturas e interpretaciones bíblicas, las homilías, las catequesis, etc. 

Perder el miedo a las mujeres, al feminismo concebido no como una ideología política basada en la intransigencia femenina, sino como otro modo de ver la vida que rechaza toda forma de dominación y violación de la tierra, la mente, el alma, la conciencia y el cuerpo, aunque se haga en nombre del matrimonio, la obediencia, de dios, o de una tradición que es tradición porque los poderosos no quieren que cambie. Feminismo que sospecha de la teología construida sobre la falacia androcéntrica y propone una visión del mundo distinta basada en valores como la igualdad, sororidad, creación, vida -lo que afecta al ministerio, la espiritualidad y la teología-. 

Si en el próximo Sínodo sobre Sinodalidad en la iglesia no se abordan las graves anomalías que han salido a la luz y la necesidad de una reforma profunda; si no hacemos todo cuanto de nosotros dependa para que nuestra existencia sea memoria viva y liberadora de Jesús de Nazaret y el proyecto del Reino, la Iglesia sólo provocará más escándalo.

Liliana Marzano

Religiosa

Foto. Jesuitas.lat

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