La economía y la guerra realimentan la crisis

La economía y la guerra realimentan la crisis

10May22 0 Por Eduardo Lucita

En la reciente reunión de primavera el FMI ha recalculado a la baja sus pronósticos de crecimiento de la economía mundial. Tanto los nuevos brotes de la pandemia en China, como la guerra que se prolonga más de lo pensado sustentan esas proyecciones poco alentadoras.

En su informe Perspectivas Económicas Mundiales asegura que   “La guerra se suma a una serie de shocks de oferta que han golpeado la economía mundial en años recientes y sus efectos se propagarán a lo largo y ancho del mundo”.  Proyecta que el crecimiento mundial se desacelere del 6,1% en 2021 a 3,6% en 2022 y 2023, para continuar con un 3.3% en los años siguientes. Una menor demanda China por efectos del rebrote del coronavirus; alzas de las tasas de interés y cambios en las políticas fiscales de los países (de expansivas a contractivas) están en la base de esta desaceleración. El encarecimiento de las materias primas y los productos energéticos por reducción de la oferta (Rusia es gran proveedora de gas, petróleo y metales y con Ucrania de trigo y maíz);  los desequilibrios fiscales producto de la pandemia; el alza de los fletes; problemas en la logística, todo presiona sobre los precios proyectando una inflación para este año del 5,7% en las economías avanzadas y del 8,7% en las economías de mercado emergentes y en desarrollo. Todos porcentuales sin precedentes a nivel mundial desde 1995. 

El alza de las tasas en EEUU, la FED acaba de hacer la mayor suba en 22 años, reorienta los flujos financieros que impulsan devaluaciones y ponen en dificultades a países fuertemente endeudados, el impago en que entró Sri Lanka en estos días hace temer una cadena de defaults. Mientras,  los analistas financieros se preguntan en qué momento se dará la“inversión de la curva, cuando las tasas de los bonos cortos supera a la de los largos, lo que técnicamente se considera una señal del pasaje de una desaceleración a una recesión. 

Centralidad energética

Desde hace décadas la energía ha sido el factor integrador que mantenía el statu quo entre Rusia y la UE. Cuando se está ingresando en lo que podríamos considera como “la guerra por otros medios”, este mecanismo está ahora siendo cuestionado. 

No bien iniciado el conflicto comenzaron también las sanciones a Rusia -financieras, culturales, deportivas, fundamentalmente económicas- impulsadas por EEUU y Europa. Fueron creciendo a medida que la guerra escalaba. Ahora frente a la posibilidad que Rusia anexe el Donbás y toda la zona costera hasta Crimea los europeos, como respuesta, comienzan a debatir como salir de la dependencia de los hidrocarburos. El embargo petrolero para “romper con la maquinaria de guerra rusa”, es la propuesta que gana adeptos, los países dejarían de comprar petróleo ruso en 6 meses y en 8 otros productos refinados (Hungría, Eslovaquia y algún otro país del Este serían exceptuados o lo harían más adelante por su fuerte dependencia). En lo que respecta al gas se piensa en importar masivamente gas natural licuado (GNL) de Argelia, Qatar y EEUU, para lo que deben montarse plantas regasificadoras. Se abre también una posibilidad para Argentina, sus reservas de shal gas son las segundas del mundo y Alemania acaba de ofrecer financiamiento a cambio de un programa de suministros, el presidente Fernández viaja esta semana a Europa especialmente invitado para analizar la participación del país en la crisis energética. Al mismo tiempo que hay nuevos gasoductos a ser inaugurados desde Noruega, abastecería a Polonia, y desde Grecia, para enviar fluido a los países balcánicos. Sin embargo adaptarse requiere tiempo y en lo inmediato si Rusia interrumpe los suministros en paralelo al embargo puede haber desabastecimiento energético. Esto es particularmente importante para Alemania que es la más expuesta, quien más consume del petróleo que importa la UE de Rusia, su competitividad internacional depende en mucho del fluido ruso. Por si algo faltara la secretaria del Tesoro de EEUU advirtió que si se concreta el embargo se desataría un shock de precios que impactará en todo el mundo y que en lo inmediato podría beneficiar a Rusia. 

La centralidad energética es tan fuerte que Francia está regresando rápidamente a la energía nuclear, algo poco posible para Alemania que desactivó casi todas sus centrales, solo tiene tres en operación. Otros países tienen plantas nucleares suministradas por la ex URSS por lo que les será difícil conseguir repuestos para su mantenimiento. Paradojalmente, como con la vacunas contra el Covid 19,  esta crisis podría acelerar la transición hacia las energías renovables, claro que el gran productor de  partes e quipos a utilizar en la generación de energía solar y eólica es China, con lo que Europa correría el riesgo de cambiar una dependencia por otra.

Por otra parte las sanciones están afectando los movimientos financieros de Rusia (la Unión acaba de decidir la expulsión del sistema Swift  del mayor banco ruso, el Sberbank).  Sus exportaciones petroleras caerían unos 3 millones de barriles diarios según estima la AIE, deberá entonces buscar donde colocar sus excedentes energéticos para sostener su débil economía que depende de los ingresos de esas exportaciones. La India, gran comprador de petróleo ruso busca aprovechar las sanciones impuestas y exige un descuento de casi 40 dólares por barril, si esto se hiciera efectivo la república Popular podría pedir igualdad de condiciones.

Este año la economía Rusa se contraería entre un 8.5% y un 12% mientras que la inflación alcanzará al 17%, en tanto que China crecería solo un 4.7% frente al 8.1 del año pasado. No se descarta una recesión que golpeará fuerte en EEUU y en los países más desarrollados. 

Así están las cosas en la guerra y las potencias en juego mueven sus piezas. La UE busca reducir la dependencia de Rusia, mientras que esta amenaza con cortar los suministros (los cortes de gas a Polonia y Bulgaria fueron solo una advertencia). El impacto será global y los europeos quienes más lo sufrirán.    

Una guerra larga

Las últimas declaraciones de los presidentes de Rusia y EEUU constituyen una nueva escalada de la guerra pero al mismo tiempo parecieran destinadas a reordenar el contexto del conflicto. Vladimir Putin anunció el fin de la primera fase de la guerra y que ahora sus fuerzas se concentrarían en el sureste de Ucrania. 

En su discurso en Varsovia Joe Biden definió que el conflicto había virado hacia una “Guerra Larga”. Poco después en una base militar estadounidense anunció nuevos envíos de armas pesadas, no solo defensivas, a Ucrania y empujó a hacer lo mismo a sus aliados europeos, incluso a la reticente Alemania. En estos días acaba de pedir autorización al Congreso para una partida de 33.000 millones de dólares, de los que 20.000 serán para ayuda militar y 10.000 para asistencia económica. En respuesta Putin “aconsejó no seguir desafiando nuestra paciencia”, volvió a bombardear Kiev y a hacer gala de su poderío nuclear con ensayos de lanzamientos electrónicos de misiles con esa carga, agregando que no permitirá ataques a objetivos rusos en su territorio, al mismo tiempo que advirtió sobre una posible III Guerra Mundial si continuaba el hostigamiento de occidente. 

Llegó el esperado 9 de mayo, día en que se celebra la recuperacióm de Berlín por las tropas de la URSS y el triunfo sobre el nazismo. Putin no anunció una declaración de guerra explícita a Ucrania ni tampoco convocó a sus reservistas para engrosar su ejército como esperaban EEUU y el Reino Unido que llevan adelante una “guerra por intermediarios”, por el contrario solo reiteró sus argumentos originales. Es que Putin no estaría interesado en prolongar demasiado la guerra, su economía no lo resistiría.

El costo económico y humanitario de la guerra comienza a pesar

El FMI describe una coyuntura de desaceleración con inflación, mientras que la FAO alerta sobre la posibilidad de hambrunas en varios países y el BM sobre la potencialidad de revueltas sociales por el precio de los alimentos y el combustible. Las imágenes de anteriores hambrunas en África y Asia y de la convulsionada Primavera Árabe por el costo del pan y los combustibles son postales que la memoria reciente recupera rápidamente.

La guerra está por ahora localizada,  pero su alcance económico es global y acelera los cambios en la estructura del poder mundial. No en vano el FMI alerta sobre la posible fragmentación del capitalismo globalizado. En este cuadro los europeos necesitan de la paz, quieren romper la dependencia energética pero no necesariamente las relaciones con Rusia, pero la dinámica de la guerra los está arrastrando detrás de las posiciones de EEUU. 

Es claro que, hasta ahora, no es posible pensar en una intervención de tropas estadounidenses ni tampoco de la OTAN, siempre y cuando Rusia no avance sobre otros países. Pero también es claro que la administración Biden no está interesada en la paz, sí en sostener una guerra de desgaste que obligue a Rusia a no llevar la guerra más allá de Ucrania primero y a retroceder después, pero también piensa en provocar un cambio de régimen. Las especulaciones de no pocos analistas internacionales arriesgan una posibilidad: que EEUU no permitirá nunca que Rusia ocupe toda Ucrania, pero sí que domine la región sureste. Se daría así un escenario de guerra limitada en un país virtualmente fracturado. 

La posibilidad de una extensión de la guerra impacta sobre la economía global y esta refracta sobre la propia guerra. El horizonte inmediato está cargado de incertidumbre.

Eduardo Lucita

Integrante de EDI –Economistas de Izquierda-

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