Esquinas porteñas en días de adversidad

Esquinas porteñas en días de adversidad

14May22 0 Por Daniel Campione

Dos bares, entre Monserrat y San Telmo sobrellevaron una prolongada y más o menos apacible existencia, hasta que la pandemia y la crisis económica lo puso todo en duda.

Los separaban cuatro cuadras en línea recta. En la esquina de Belgrano y Tacuarí el Café San Martín, en la de Tacuarí e Independencia La Esquinita. El verbo en pasado lo impone el cierre del primero, uno de los tantos establecimientos que capotaron a causa de la pandemia.

Ninguno de los dos tiene ni tuvo el marbete de “bar notable”, aunque lo merezcan más que algunos que sí lo ostentan.  No han sabido de remodelaciones drásticas ni de “puestas en valor”. Con modificaciones menores parecen estar igual que hace varias décadas. No son una “tarjeta postal”, apenas añejos puntos de reunión, vestigios del pasado porteño.

En el San Martín llegaron a atribuirse 90 años de existencia, aunque asimismo hay anuncios que pregonan “desde 1950”. En el de Independencia no dan precisiones al respecto. Las ventanas con vetustos marcos de madera y las ventanas fileteadas remiten en ambos casos a un tiempo lejano.

Cafe San Martin - Café
El interior del San Martín.

Quien esto escribe supo concurrir a los dos a lo largo de dos décadas. Por cierto con horarios y modalidades diferentes. Al de la esquina de Belgrano casi siempre por la mañana y durante los días hábiles. Al de Independencia por lo general durante los fines de semana. No se necesita explicarle a nadie el placer de leer el diario en un bar, mientras se otea el ambiente por la ventana y se rescata alguna noticia en los televisores sin sonido.

En La Esquinita me encontraba seguido con un antiguo compañero de facultad y de militancia. Inteligente, pertinaz lector, hábil polemista. Al mismo tiempo es de esas personas de las que se suele decir “nunca supo qué hacer con su vida”. En realidad hizo mucho: Varias parejas, hijxs, un par de libros publicados; también los vendió, supo tener un puesto en el Parque Rivadavia.

Lo que no logró fue edificarse un lugar en el sistema, convertirse en un “ciudadano” más o menos obediente. Hace tiempo que no lo veo, tal vez se hundió en su bohemia “del tiempo de antes”, con los sones de algún rock de los setenta o los ochenta como banda de sonido.

El San Martín estaba habitado por la “grieta” de un modo muy peculiar. El salón tenía dos televisores, uno en cada extremo. Podía observarse que uno estaba siempre sintonizado en TN, el otro “clavado” en C5N. Atendían una moza y un mozo, ella kirchnerista, él de simpatías por Juntos por el Cambio. En algún momento arribaron al acuerdo salomónico respecto a las expresiones televisivas de sus simpatías políticas.

La moza no era intransigente en sus afinidades. Más de una vez comentó “Me gusta mucho Myriam Bregman”.

Alguna mañana se arrimó a La Esquinita un imitador de “El Guasón”, con la cara pintarrajeada y un traje que parece tomado de la película. Hacía preguntas con pretensión de acertijo y hasta de inquisición filosófica. No desentonaba con algunos otros parroquianos, propensos a los monólogos sin destino y a las discusiones sin interlocutor a la vista.

En el primer respiro que dio la pandemia, el San Martín levantó sus pesadas cortinas metálicas, en una tímida reapertura. Llegué a sentarme allí algunas veces, en el ambiente enrarecido por los barbijos, el alcohol en gel y la escasez de clientes. El regreso duró sólo unos meses y sobrevino un nuevo cierre, al parecer definitivo.

La Esquinita sigue firme. Recuperó ya su público, que mezcla vecinos con trabajadores de la zona y algunos turistas. Sigue incólume el fondo musical, en general de tango, a veces de rock. Y las raídas estampas de las paredes, que evocan épocas de oro del espectáculo y la música nacional.

Estos dos años extraños han hecho mucho mal a los bares de Buenos Aires. Un daño que se realimenta con el que sufrieron los habitantes de la ciudad. Heridos en sus costumbres, sus afectos y en su práctica tan arraigada y evocada de ver pasar al tiempo y a la ciudad por la ventana de un bar.

En estas difíciles circunstancias queda celebrar la supervivencia de la pequeña esquina de Independencia y Tacuarí y esperar el improbable regreso del San Martín y de tantos otros que cayeron entre los sinsabores de la crisis.

Daniel Campione en Facebook.

@DanielCampione5 en Twitter.

Compartí esta entrada en tus redes sociales
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter