Cine argentino de hoy, entre pulperas y mazorqueros

Cine argentino de hoy, entre pulperas y mazorqueros

24May22 0 Por Daniel Campione

Corsini interpreta a Blomberg y Maciel es un trabajo cinematográfico dirigido y coprotagonizado por Mariano Llinás, que cultiva un original abordaje de una zona de la música argentina algo relegada hasta hace poco y hoy en vigoroso resurgimiento.

Quien esto escribe fue atravesado en su infancia por el disco que da nombre a la película, como ya ha contado aquí. La colorida y controvertida época de Rosas habita la mayoría de las canciones de ese long play que el largometraje dirigido por Llinás rescata para volver a grabarlas y contar en el film las múltiples incidencias a que da lugar esa recreación.

Ya al comienzo de la historia se dice como al pasar que Ignacio Corsini podría ser “más grande que Gardel”. Todo un manifiesto subversivo para el mundo del tango.

La obra se halla ostensiblemente habitada por un entrecruzamiento de pasiones entre las que predomina la admiración por el cantor nacido en Sicilia. Tanto arraigó ese entusiasmo en los hacedores de la película, que uno de ellos, Pablo Dacal, volcó su trabajo de investigación en torno al intérprete de La pulpera de Santa Lucía en un libro, que ha sido comentado aquí.

 Los tiempos se superponen en la historia que le da origen y asimismo en la narración del film: La compilación virada a 33 RPM es de 1969, las canciones de Héctor Pedro Blomberg y Enrique Maciel provienen de la década de 1920, los tiempos transcurridos bajo la égida de El Restaurador remiten a la primera mitad del siglo XIX.

Y la acción transcurre en el presente, si bien proyectándose sobre una Buenos Aires que parece conducirnos a las primeras décadas del siglo XX.

El sur de la ciudad de Buenos Aires es el escenario contemporáneo. Con epicentro en la casa muy antigua y algo derruida de San Telmo en la que transcurren las sesiones de grabación. Las paredes descascaradas y la añeja decoración son un fondo ideal para la conjunción de ejecución musical y disquisiciones históricas que resuena a lo largo de la película.

De allí salen a buscar lugares mencionados en las canciones, en la casi imposible combinación de la evocación del pasado lejano y el endemoniado tránsito porteño.

La interpretación aúna dos modalidades diferentes de acercamiento a Corsini.  Dacal   entona las canciones con un claro dejo contemporáneo, sin el intento de imitar a aquel cantor. El trío de guitarristas, en cambio, parece empeñado en desplegar una maestría similar a la que tornó a las guitarras de Corsini en “las mejores”, al decir de muchos aficionados. Pese a la aparente disparidad, ambos enfoques se conjugan bien.

Los libros son uno de los personajes de reparto de la obra, en los que el director Llinás y su colaborador Agustín Mendilaharzu buscan todo el tiempo textos e ilustraciones que corroboren o enriquezcan la comprensión de lo que se enuncia en los versos de Héctor Pedro Blomberg.

Y esas referencias alimentan a la vez la constante y humorística polémica a propósito de la valoración de Juan Manuel de Rosas y su época. Llinás no cesa de apostrofar a la “tiranía”, mientras que Dacal, en un tono más mesurado, introduce algunos de los leitmotiv del “revisionismo histórico”.

Un telón de fondo que se acerca a la pasión polemista de lxs argentinxs, volcada a veces en discusiones fecundas y necesarias y otras en contraposiciones poco rigurosas, a menudo asentadas en un “binarismo” ajeno a un auténtico espíritu crítico.

Las letras son recorridas casi palabra por palabra, mientras el cantor y los guitarristas tratan de dar con el tono y las inflexiones justas y el director y su colaborador inmediato discurren sobre significados e implicaciones.

Uno de los caminos paralelos a la trama principal es el de breves ficcionalizaciones centradas en las heroínas que animan las canciones. Aparecen como adelantos de otra posible película. Y al menos en el caso de la secuencia destinada a Los jazmines de San Ignacio se alcanza una singular belleza.

Asimismo destaca el segmento dedicado a La guitarrera de San Nicolás, el vals que evoca la tragedia de Camila O ’Gorman, la expresión más lacerante entre los femicidios que recorren más de una de las letras. También resultan fascinantes las chispeantes interpretaciones en torno a algunos cuadros del Museo Histórico Nacional.

A la hora de imaginar derivaciones del universo corsiniano y de esta película cabe pensar en las creaciones de Blomberg y Maciel, incluidas en el disco pero que no han encontrado lugar en la filmación, con seguridad por no referirse a la época rosista.

Tres de ellas son de impecable factura musical y poética y cuentan cada una su historia, relatos fascinantes de tres minutos. Destaca en ese conjunto El adiós de Gabino Ezeiza. La evocación de ese lejano payador de origen afro, habitante de otras letras de tango, podría justificar por sí sola otra película de la saga en torno a Corsini que parece que la productora El Pampero imagina, a juzgar por la inscripción “Corsini volverá” que aparece al final.

Tenga o no continuidad esta experiencia, ya se ha concretado más de un retorno. El principal, por supuesto, el de la interpretación y la temática  de “El caballero cantor”, que emerge del relativo silencio de décadas con una vitalidad renovada, desde ese repertorio que no nos conduce a conventillos y arrabales. Sino a los patios señoriales que no disimulan el trasfondo de una ciudad recorrida por la guerra civil y el terror.

Daniel Campione en Facebook.

@DanielCampione5 en Twitter.

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