Aquellos tiempos

Aquellos tiempos

25May22 0 Por Eduardo Lucita

Trabajé en los ferrocarriles Argentinos durante casi 25 años, de ese largo cuarto de siglo mi memoria lejana recorta un período que va desde 1970 a 1976.


Había ingresado en el FC. Belgrano a mediados de los años 60 en los inicios de la dictadura de Onganía, luego pasé a trabajar en la Gerencia de Planeamiento del Organismo Central, que coordinaba y trazaba los lineamientos generales de las distintas líneas ferroviarias.
En esa gerencia en formación, a cargo de un ingeniero que tenía en su bagaje profesional el haber electrificado el FC Urquiza y dirigido su principal taller y que por sobre todas las cosas era un buen jefe y una persona excelente, entre profesionales de distintas disciplinas y personal auxiliar éramos unas 20-25 los que allí trabajábamos. Solo dos mujeres, en algún momento cuatro pero no más, con la particularidad que los dos secretarios de la gerencia eran varones. Compartíamos una oficina de grandes dimensiones con también grandes ventanales que nos permitían ver el puerto y también la zona de Retiro.
Lecturas de diarios, café de por medio, discusiones interminables sobre la situación política y económica nacional e internacional y el fútbol ocupaban la primera hora de la mañana, pero la actualidad y el porvenir del ferrocarril era tema de todo el día. La necesidad de un plan nacional de transporte que combinara y complementara los modos ferroviarios y carreteros, en lugar de una competencia que llevaba a la dilapidación de recursos escasos era una concepción compartida. Después venían las diferencias sobre las políticas concretas a aplicar, pero eran discusiones muy saludables y respetuosas.
Como es de suponer entre todos los que éramos había varios personajes. Como aquel Ingeniero que vivía en Ezpeleta que todos los días tomaba el tren del Roca hasta Plaza Constitución, de allí el subte C y luego caminaba una media docena de cuadras. El hall de Constitución era en ese tiempo una verdadera feria y resultaba que al salir del andén donde su tren llegaba diariamente, aunque no siempre puntualmente, se topaba con un negocio que vendía embutidos, entre ellos chorizos y morcillas. Pues bien se tomaba el trabajo de anotar diariamente el precio del kilo de morcilla y mensualmente sacaba un promedio al que llamaba “Precio de la Morcilla FOB Constitución” (FOB: libre a bordo por sus siglas en inglés) y eso lo cotejaba con el índice que daba mensualmente el INDEC y analizaba los desvíos. Su índice y la comparación con el oficial era comentado por toda la oficina.
Otro de estos personajes era un grandote bonachón y muy querible, estudiante de derecho, que era tan pachorra y tranquilino que le decían que parecía santiagueño, y de ahí el apodo por el que todos lo llamaban. De familia humilde y trabajadora vestía siempre el mismo traje gris ya brilloso y unos zapatos varias veces baqueteados, sin embargo siempre lucía camisas de calidad. Ocurría que su compañera de colegio y amiga de la infancia se había casado con Rubén Juárez, ese formidable interprete de tangos, de los pocos sino el único capaz de cantar y tocar el bandoneón al mismo tiempo (alguna vez nos invitó a Caño 14, un reducto tanguero de excelencia y pudimos compartir un ensayo e improvisaciones de Troilo y Salgán/ de Lío). La cuestión es que Juárez usaba solo dos o tres veces las camisas, de seda o de voile importado, y luego las abandonaba y su mujer se las regalaba al Pachorra. Este era un apasionado de la música, especialmente del tango, todos los meses cuando cobrábamos lo acompañaba hasta la calle San Martín al 400 a la famosa y antiquísima disquería Piscitelli, creo todavía está, y se compraba un Long play 33rpm. Alguna vez nos invitó a la casa de sus padres donde él vivía a escuchar música. Recuerdo cuando pidió silencio para poder escuchar, en un solo de bandoneón, como repiqueteaban en el teclado las uñas del gordo Troilo. Ya en la madrugada cuando quedábamos pocos, noté que desenchufaba el tocadiscos y lo cubría, lo miré sorprendido y me dijo “lo tengo que devolver”. Todos los meses compraba un disco pero no tenía tocadiscos…. Ya en el año 73 se estaba por casar y consiguió un crédito accesible, de los de aquellos tiempos, logró comprar en Palomar una casa a medio terminar. Un arquitecto que trabajaba con nosotros se ofreció a ayudarlo. Finalmente trajo los planos, los desplegó sobre el escritorio del arquitecto puso el dedo en una esquina del living y dijo “aquí quiero el tocadiscos” lo demás resolvelo vos…
También estaba un ingeniero que vino varios años después de formada la gerencia, al poco tiempo notamos actitudes extrañas como por ejemplo que cada 15-20 minutos sacaba un trapo húmedo del primer cajón y limpiaba el escritorio, más adelante incorporó su silla a la limpieza, finalmente alguien lo encontró en el baño lavando las monedas. Nos mirábamos entre sorprendidos y jocosos. Ignorantes, hoy sabemos que eso se llama Tendencia Obsesiva Compulsiva (TOC) que con el tiempo puede desarrollar problemas serios de conducta.
Estaba también Pingi, un auxiliar de la división comercial que soñaba con comprarse un terrenito en provincia, hacerse la casita y vivir allí. Tenía todo diagramado especialmente los árboles que plantaría para los cuales ya había estimado el tiempo de desarrollo y a cuanto alcanzaría el diámetro de las copas, para así calcular la sombra que darían.
Pero es otro personaje que me interesa retratar aquí. Un muchacho alto y bastante corpulento, enamorado del fútbol que alguna vez lo había jugado pero que ahora le apasionaba armar partidos y sobre todo dirigir algún equipo, a tal punto que se anotó para el curso de director técnico que dictaba la AFA y que tiempo después fue condición imprescindible para ejercer como tal. Era también un bromista consuetudinario, no pasaba día sin que hiciera alguna de las suyas. Como cuando tomó un pliego de cartulina, dibujó unas cartucheras con revólveres y un cinturón cargado de balas, en un descuido lo pegó a la altura de la cintura en el saco del ordenanza del piso, cuando llegó el momento del café recorrió todas las oficinas “armado”. Tardo un tiempo en darse cuenta. Como aquel día de lluvia, en ese entonces todos vestíamos de saco y corbata, en invierno con sobretodo y se llovía paraguas y perramus, incluso alguno galochas para proteger el cuero de los zapatos. Cuando salimos a la calle llovía y varios de nosotros al abrir los paraguas quedamos bajo una intensa lluvia, pero de papel picado.
Se contaba que alguna vez fue en comisión de servicio con otro compañero a un pueblo de la provincia para revisar algunos problemas en el transporte de encomiendas. Cuando llegaron y como tenían que pernoctar dos días, el Jefe de Estación les recomendó un hotelito cercano “modesto pero limpio, muy utilizado por los viajantes de comercio” habría dicho. Allí se alojaron, el último día a la mañana se sienten murmullos, ruidos y protestas en las piezas, pasajeros que salían a los pasillos quejándose que el agua caliente de la ducha salía de color azul. El encargado sorprendido no alcanzaba a dar ninguna explicación hasta que subió al techo y regresó con dos paquetes de anilina azul que flotaban en la superficie del tanque. El compañero preguntó por el otro ferroviario, le dijeron: el Señor desayunó temprano, pagó la cuenta y dejó dicho que lo esperaba en la estación…
Uno de esos días armó un partido con un equipo de otra dependencia, en ese entonces éramos 3000 en el edificio, así que un campeonato podía tener más equipos que los 36 que hay ahora en el Nacional B. Al iniciarse la semana en que se jugaría el partido nuestro bromista tenía en su poder su pasaporte para renovar, al salir para almorzar en un descuido lo dejó sobre el escritorio, alguien lo tomó y sacó múltiples fotocopias de la primera hoja con su foto, agregó en marcador grueso “Buscado” y las pegó por todo el edificio, en los pasillos y escaleras, incluso en los árboles de la avenida. Cuando volvió del almuerzo no alcanzó a entrar a la oficina y se encontró con la pegatina. Nosotros nos agolpamos en las ventanas viendo como corría por la avenida de árbol en árbol despegando las hojas. Regresó todo transpirado, constató que el pasaporte estaba sobre su escritorio tal como él lo había dejado. Se sentó y zambulló su cabeza en unos listados estadísticos que estaba trabajando, no dijo palabra. Todos nos miramos cómplices, alguna vez le tenía que tocar. ..
Durante toda la semana solo se habló del partido que jugaríamos el viernes en el Club del FC Sarmiento que queda al lado de la cancha de Vélez. Ese día a la mañana el Pachorra vino eufórico sacó del bolso una camiseta de Newels recién comprada con el número dos en la espalda, el jugaba de back central. Otro misterio nunca explicó porque era hincha de Ñuls, si era tan porteño como el Obelisco. A la salida del trabajo algunos fueron en auto y el resto colectivo y tren hasta Liniers. Cuando llegamos el bromista ya estaba peloteando en la cancha, nos cambiamos y el Pachorra con su tranquilidad de siempre se puso los cortos, los botines, sacó su camiseta nueva y se la puso. O sorpresa, parecía un colador. Había sido taladrada por una de esas agujereadoras típicas de oficina. No dijo nada se la calzó y salió a la cancha con la camiseta agujereada por mil agujeros. El partido fue duro, trabado y muy discutido, ganamos por la mínima diferencia y nos comprometimos a darles la revancha.
Yo no llegué a jugarla, en realidad no se si se jugó esa revancha. En el medio sucedió el golpe del 76, el secuestro de mi hermano y a nosotros nos allanaron la casa y quedamos prófugos. Pasados unos días y enterados de lo que pasaba los compañeros, con anuencia del gerente hicieron una nota en la que yo pedía licencia sin goce de sueldo, el bromista falsificó mi firma. Hicieron una colecta y por intermedio de una compañera que vivía cerca de mi casa paterna se la hicieron llegar a mi mamá. Un año después vencida la licencia y sin posibilidad de renovarla, el gerente sugirió que renunciara, caso contrario quedaría como abandono de servicio lo que sería un impedimento si en algún momento quisiera regresar. Eso hice. Fue un tiempo de mudanzas permanentes, de malas noticias cotidianas (caída de compañeros, secuestros, fusilamientos, torturas…). Mi hermano logró zafar y se exilió en España, mi otro hermano, el menor ya estaba allí desde hacía unos años.
Un domingo de esos años tenebrosos compré La Razón 6ª (en aquel tiempo los diarios vespertinos sacaban dos ediciones) para ver los resultados de los partidos (en ese tiempo la 1ra. jugaba siempre los domingos y a las 15.30, no como ahora que hay que tener un manual para saber día y horario de cada partido). Me llamó la atención una foto de un técnico sentado en el banco con los brazos apoyados en las piernas y las manos vendadas. Mire con detenimiento el técnico era nuestro compañero bromista. Sucedió que Huracán se había quedado sin técnico y la Comisión Directiva designó a un ex jugador pero este no tenía el carnet habilitante de la AFA. Fue su oportunidad, saldría al césped con los jugadores y transmitiría las indicaciones que el técnico no habilitado le daría desde atrás del alambrado. Pasó que en el viaje a la cancha notó que el motor del auto calentaba, estacionó, levantó el capot y no tuvo mejor idea que sacar la tapa del radiador, un chorro de agua hirviendo le quemó las dos manos. Lo atendieron de urgencia y llegó justo para presentarse y todo vendado salió a la cancha. Al fin de cuentas era su oportunidad largamente esperada, no la podía desperdiciar.
Pasaron los años el 30 de marzo del 82 una marcha convocada por la CGT, fuertemente reprimida, indicaba que las cosas comenzaban a cambiar, poco después el manotazo de ahogado de la dictadura, la aventura militar de las Malvinas. La derrota y el descontento social apuraron la retirada de los militares que se vieron obligados a conceder elecciones. En esos días se hizo cargo de la dirección de los ferrocarriles un equipo de profesionales, varios de ellos funcionarios de carrera del Ministerio de Obras y Servicios Públicos a los que yo conocía por mi trabajo con el presupuesto anual de la empresa, así que fui a ver al vicepresidente. Me recibió muy bien, para mi sorpresa conocía mi situación y mi identidad política. Me dijo que me reincorporaba con dos condiciones: una que trabajara con él en relación con los industriales ferroviarios, quería retomar la tarea inconclusa del 73 de desarrollar una red de proveedores de partes y equipos nacionales. La segunda “Los militares todavía están, no vuelvas a las andadas porque si caes vos me arrastras a mí”. Cumplí con las dos condiciones.
Un año después ya con el triunfo de Alfonsín un nuevo equipo se hizo cargo de la empresa, conocía al Presidente, otro funcionario de carrera del ministerio, que lo primero que hizo fue colgar en su oficina las fotos de Arturo Illia y Alfredo Palacios. Me pidió que siguiera trabajando con él y con el directorio, hasta que ante una nueva crisis y cambio de dirigentes logré que me pasaran a la Gerencia de Planeamiento. Fui muy buen recibido, el Gerente reunió a todo el personal dió unas palabras alusivas al tiempo de la dictadura y finalmente señaló el que había sido mi escritorio, muy formal dijo: “Ese puesto siempre fue suyo”.
Y así me reincorpore. El clima ya no era el mismo, la dictadura dejó huellas y ya había pasado la euforia alfonsinista. Se discutía el futuro del ferrocarril y la posición del entonces ministro Terragno de incorporar capitales privados a la operación. En la plantilla de personal había cambios, alguno se había jubilado y otro partió definitivamente. El Pachorra se había recibido de abogado, ya casado y con hijos trabajaba en el área de jurídicos. Con la hiperinflación de Alfonsín el creador del índice “Morcilla FOB Constitución” dejó de elaborarlo; aquel que lavaba las monedas finalmente fue internado por graves problemas siquiátricos, Pingi logró comprar su terrenito en provincia, plantó los árboles y vivía contento, aunque se quejaba del viaje diario.
Nuestro hombre había pedido el pase y se suponía que estaba radicado en el interior. Tiempo después me enteré que en esos años trabó relaciones íntimas con una compañera de trabajo de otro sector. La aventura amorosa se extendió demasiado para dos personas casadas hasta que la mujer no pudo soportar la relación de infidelidad y, aconsejada por una amiga, pidió entrevista con un psicólogo. No se sabe que pasó o si entendió mal, la cuestión que el primer día del tratamiento volvió a su casa y sin decir agua va le comunicó al marido que desde hacía tiempo le era infiel pero que eso ya se estaba terminando. Resultó que el marido era un agente de la SIDE (Servicios de Informaciones del Ejército) y que portaba armas, así que un día lo esperó en la puerta de su casa y le descerrajó dos balazos, afortunadamente erró en el blanco y le dio tiempo a refugiarse. Para más unos día después lo denunció por montonero, la denuncia no pasó a mayores, pero nuestro amigo razonó que no era broma, que la taba se le había dado vuelta y ni corto ni perezoso, pidió el pase y ya nadie supo nada de él.
Con la crisis los años pasaban rápido, vinieron las elecciones que ganó Menem y Alfonsín tuvo que dejar la presidencia 6 meses antes, luego el pacto de Olivos y el inicio de una política de privatizaciones de los servicios públicos. Una huelga ferroviaria de 45 días, en la que pude colaborar, conmocionó al país y luego en tiempo record una empresa estatal, monopólica y con déficit de servicios fue desguazada en 14 empresas de derecho privado. Los 45.000 km. de vía se redujeron a 14000, de los cuales solo 7.000 quedaron operativos, de 95.000 trabajadores ferroviarios quedaron unos 14.000. A mí me echaron en el 95. La privatización fue un verdadero fracaso. Los privados prácticamente no invirtieron y el ferrocarril se fue descapitalizando, la participación en el transporte de cargas, el único rentable, disminuyó año tras año y los trenes de pasajeros batieron records de accidentes. Poco a poco y de una forma u otra el Estado volvió a hacerse cargo del ferrocarril, en un estado lamentable, llevará tiempo recuperarlos. Si es que algún gobierno se lo propone realmente.
Han pasado varias décadas y fui perdiendo contacto con aquella muchachada, sin embargo cada tanto mi memoria vuelve a recorrer aquel tiempo. Pienso que el Pachorra estará en su living escuchando alguno de los discos que comprara con tanto esfuerzo; que el Pingi disfrutarla de la sombra de los árboles, por el seleccionados y plantados y que el bromista tal vez esté orientando algún equipo del interior. Los recuerdo a todos y a cada uno con aprecio, cariño y agradecimiento por todo lo que me ayudaron en los momentos más difíciles de mi ya extensa existencia. Comparto con ese formidable escritor uruguayo, pero también muy nuestro, que fue Eduardo Galeano, que la nostalgia conspira contra la esperanza. Lucho cotidianamente por recuperar las esperanzas en un mundo mejor, pero por momentos, como ahora, la nostalgia me puede. Por aquellos tiempos.
EL.
Bs. As., otoño 2022

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