Se llamaba Julio Sosa

Se llamaba Julio Sosa

26Jun22 1 Por Daniel Campione

Ídolo aún hoy para muchxs, otrxs le dirigen variados reproches a su estilo. Su voz fue la puerta de entrada al tango para toda una generación.

El primer recuerdo que quien escribe estas líneas tiene acerca del llamado“Varón del tango”, data de su primera infancia. Un chico vecino hizo el comentario de que su madre había estado llorando por la muerte de Julio Sosa, ocurrida la noche anterior. Agregó que era alguien que cantaba muy bien.

Sólo un buen tiempo después supe que aquel nombre correspondía a un cantor de tangos, el más famoso en los primeros años de la década de 1960. Y que había muerto en un accidente de tránsito, a los 38 años. Su fallecimiento  había dado lugar a una multitudinaria manifestación de duelo, con el féretro instalado en el Luna Park.

El primer tema interpretado por Sosa que me llamó la atención no fue un tango. Se trató de la milonga candombe, Azabache. Influyó sin duda el ritmo contagioso y el impacto de su letra sobre mi imaginación preadolescente. Las caderas “que tiemblan como los parches” eran una referencia erótica que era difícil que pasara inadvertida.

Azabache. Julio Sosa con la orquesta de Armando Pontier.

El del cantor uruguayo fue un éxito que le dio algo de aire al tango, en plena época de declive frente al influjo avasallador del rock and roll de procedencia estadounidense, y los émulos de la “nueva ola” local. Los que pululaban por las compañías grabadoras, las radios y la recién masificada televisión.

Él se apoyaba sobre todo en un repertorio tradicional. Gran parte de los tangos que interpretaba venían de la época gardeliana, tres décadas atrás. Sobre todo en su último período, con el acompañamiento de la orquesta de Leopoldo Federico, incorporó temas de origen más reciente, de halo romántico y sin términos lunfardos.

En esos tiempos, Sosa se convirtió en un ícono del espíritu tanguero, acorralado por la “música moderna”.

Pese a su juventud, posaba como adalid de la vieja época. No resulta casual que en su única aparición cinematográfica haya personificado a un vendedor de diarios de sombrero y pañuelo al cuello, a la usanza de las primeras décadas del siglo.

Se trató del largometraje Buenas noches, Buenos Aires. Allí protagonizaba una escena de enfrentamiento con bailarinas y bailarines que se contoneaban al ritmo del twist. Lo hacía en complicidad con el personaje que encarnaba la bailarina y cantora Beba Bidart.

La escena culmina cuando, después de las imprecaciones contra los jóvenes desatentos a la porteñidad, Julio y Beba cantan a dúo la milonga El Firulete, que en sus primeros versos fulmina a los nuevos ritmos bailables:

¿Quién fue el raro bicho
que te ha dicho, che pebete
que pasó el tiempo del firulete?
Por más que ronquen
los merengues y las congas
siempre es buen tiempo pa’la milonga

Días de juventud

Nuestra adolescencia estuvo habitada por el deseo de ser modernos y estar en la “última onda”. Y eso era válido en particular para la música.

Lo que no quitaba que hubiera un lugar para el tango. Éramos hijos de una generación que gustaba del género, y tildaba de “ruido” la música que nosotrxs escuchábamos. Pero la “música ciudadana” formaba parte de la “banda de sonido” de nuestras vidas.  

Más de una noche de amanecida en algún bar la matizábamos cantando, y entonces Muchacha podía mezclarse con Cambalache. Y todos estábamos de acuerdo en cual era nuestro cantor favorito. Habíamos escuchado alguna vez a Edmundo Rivero y a Roberto Goyeneche. En nuestras casas solía haber varios discos de Gardel. Nada de eso alteraba nuestra preferencia por el uruguayo.

Una noche cualquiera, varios años después, fijé por primera vez mi atención en Bien bohemio, una emocionada reivindicación del espíritu desprendido y generoso. El cantor le da vida a sus versos, trasmite el cariño por un personaje que, frente a las miserias de la vida cotidiana, defiende su lugar de soñador y poeta:

Yo he cenado muchas noches
con un verso de Carriego,
con diez guita en el bolsillo
hasta supe sonreír.
En la cola de los vivos
a mí no me van a ver.
Yo sé bien que soy bohemio
tengo mucha plata en sueños
soy así… ¿qué voy a hacer?

Bien Bohemio. Julio Sosa con la orquesta de Francisco Rotundo

Luces y sombras

“El varón del tango” alcanzó una enorme popularidad, pero también recibió críticas. Se lo atacó por su inclinación a cantar sobre todo tangos “viejos”, sin abrirse a nuevos autores.

Recibió acusaciones de interpretar en un tono un tanto monocorde, sin matices sutiles. Y de sobreactuar en su gestualidad  e incurrir en manejos demagógicos. Asimismo se le achacó cantar fuera de ritmo, haciendo muy difícil bailar sus temas.  Otros le reprochaban alterar algunas de las letras, en particular la de Cambalache.

A despecho de discrepancias, entró en la historia grande del tango. Fue el último cantor del género que convocó multitudes. Revalorizó temas de intención humorística, con lo que contradecía el énfasis “llorón” que muchxs reprochaban al género.

Sobre todo en sus últimos tiempos, supo alternar el tango “malevo” con otras expresiones más sentimentales, con las mujeres colocadas en un lugar menos despectivo. Hay varios ejemplos, Verdemar puede ser uno de ellos.

Verdemar, Julio Sosa con la orquesta de Armando Pontier.

En lo que respecta al autor de estas líneas, su recorrido tanguero lo llevó a otras preferencias. Sin embargo, no puede evitar un dejo de emoción cada vez que escucha esa voz recia, con un toque altanero en la interpretación.Que parecía proclamar que el tango todavía existía, que no podía extinguirse mientras quedara un porteño (o un uruguayo) que lo entonase.

Daniel Campione en Facebook.

@DanielCampione5 en Twitter.

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