Cine en el invierno del 76

Cine en el invierno del 76

28Jul22 1 Por Daniel Campione

El que escribe estas líneas siempre ha recordado un día muy particular del horrible año 1976. Fue una tarde-noche muy grata, con un plan que se modificó, de modo involuntario, para dar lugar a la visión de una película inolvidable.

El centro de la ciudad no era todavía un territorio propio. Íbamos cada tanto, con frecuencia creciente, pero sin dominar aún su geografía.

Una multitud en el San Martín

Algo sabíamos acerca de que el Teatro San Martín tenía una historia densa, de meritorias producciones teatrales. Pero por el momento, las actuaciones gratuitas del hall eran lo más asequible para nosotros. Ese día estaba anunciada la actuación de Litto Nebbia.

Habíamos fatigado sus discos desde la época de Los gatos en adelante. Me había encantado Despertemos en América, con Litto ya solista, y algunas bellas canciones que tarareé hasta el cansancio.Nunca lo habíamos escuchado en vivo.

Con el objetivo de tenerlo a Nebbia a unos pocos metros, dos chicas y dos chicos, tres de ellos compañerxs de división de quinto año, fuimos a pasear nuestros 17 años por la calle Corrientes.

Éramos conscientes, aunque en términos un tanto confusos, de la pesadilla que vivía el país. La dictadura nos despertaba profunda antipatía, pese a su cosecha de amplios consensos en esos días iniciales. Nos considerábamos de izquierda, aunque no tuviéramos militancia y ni siquiera referencias políticas claras.

Cuando llegamos a Corrientes y Montevideo, la escena era desalentadora. El San Martín estaba atestado de gente y eran muchxs los que se agolpaban frente a sus puertas. No sólo no se permitía entrar a nadie más, sino que personal de seguridad del teatro y hasta algunxs policías se encargaron de que los últimos que habían entrado salieran casi a la fuerza. La atmósfera empezaba a sentirse pesada y empezó la desconcentración de lxs que no habían podido entrar.

También nosotrxs nos alejamos, impulsados por cierto temor. Era sabido que en esos días cualquier situación que traspasara el silencio generalizado podía ser blanco de represión.

No era fácil explicar lo ocurrido, Litto Nebbia era un artista muy conocido pero no un ídolo de masas. Tal vez la causa de la numerosa concurrencia radicaba en que en tiempos adversos en lo político, en lo económico y ni que hablar en lo cultural, la oportunidad de ver gratis a un músico apreciado bastaba para convocar multitudes.

No sabíamos quién era Ettore Scola.

Sin saber qué hacer decidimos rápido que limitarnos a tomar un café en La Paz tendría sabor a poco. Empezamos a caminar con la vista puesta en los anuncios de la entrada de lxs cines hasta que una de las chicas dijo: “Esta es italiana, una amiga me dijo que es muy buena.” La procedencia itálica era estimulante, todxs habíamos visto algún clásico neorrealista, aunque fuera por televisión.

Y que no fuera de EE.UU era un aliciente adicional para nuestro antiimperialismo cultural poco fundamentado pero firme. Ignorábamos por entonces que el cine de Hollywood había producido muchas obras más que respetables y hasta algunas genialidades.

A eso se sumaba el rol de protagonistas de dos actores famosos, Nino Manfredi y Vittorio Gassman. El título, Nos habíamos amado tanto, nos sonaba a romanticismo excesivo, pero esa prevención, por suerte, no bastó para disuadirnos. No conocíamos a la actriz principal Stefanía Sandrelli, en minutos nos encontraríamos con su belleza cautivante y su gracia de comedianta.

 Nos vimos frente a una historia de amigxs entrañables, partisanos contra el fascismo, trasterrados luego a los duros años de la posguerra. Una canción de combate de lxs guerrillerxs italianos era quizás la primera emoción fuerte de la película.

“Yo era Sandokan”, tema musical de la película.

Los protagonistas eran atravesados después por el itinerario de quienes habían transitado los años de la recuperación económica, incluso llamada “milagro” sin superar un horizonte de trabajadores modestos. La nota discordante la daba el personaje encarnado por Gassman que, título de abogado y matrimonio interesado mediante, se había proyectado hacia el mundo empresarial y la riqueza. Y asimismo incurrido en las variadas matufias necesarias para prosperar.

El relato transcurría a partir de un presente filmado en color que remitía a un pasado en blanco y negro, recurso siempre atractivo. El racconto era disparado por un reencuentro casual de los tres después de muchxs años sin verse. Habían quedado atrás su militancia en común y el disputado amor por la misma mujer.

Terminada la proyección, el primer intercambio nos mostró que no se trataba de que el film nos hubiera gustado. Era mucho más fuerte, estábamos maravillados. Aquella historia tragicómica de trayectorias antagónicas y amores desencontrados había tocado el alma a lxs cuatro. Salimos raudos hacia el bar más cercano para entrecruzar comentarios.

Ya sentadxs y en conversación quedó claro que a todxs nos había resultado cautivante las numerosas referencias a la historia contemporánea italiana. Y en particular a las ideas de izquierda que tuvieron circulación y repercusión masiva en las tres décadas que recorría el relato cinematográfico. La riquísima trayectoria del Partido Comunista de Italia estaba aludida de modo muy eficaz, incluida alguna referencia a debates internos del mismo.

Sobre todo los dos varones competíamos para ver quién hacía el comentario más sesudo. Pero la carga emocional nos hacía caer en adjetivaciones entusiastas, que casi sobrepasaban a las reflexiones con pretensión de agudeza y profundidad. El propósito era detenernos en particular en el costado político del film; las melancólicas historias individuales de lxs protagonistas nos habían conmovido tanto o más que aquél.

Una luz renovada.

Por mi parte me sentía hasta cierto punto identificado con el recorrido del profesor interpretado por Stefano Satta Flores, un gran actor poco conocido por estas latitudes. Pobre, despedido de su trabajo por razones políticas, separado de su familia. No era eso lo que me atraía, sino la vocación intelectual, su dedicación a la escritura, que fuera un apasionado por el cine. También su intransigencia política y cultural. Se me ocurría que experimentar sus padeceres estaba más que compensado por su forma de ver el mundo.

Stefano Satta Flores.

Experimentaba por entonces el deseo de escribir, trabajar como profesor, tal vez algún conchabo periodístico. Y militar mis convicciones políticas.

Mis apetencias idealistas se cruzaban con los consabidos comentarios de lxs adultxs: “Sólo unos pocos triunfan”, “Te vas a morir de hambre”. Mi vacilante opción hasta el momento era estudiar para contador. No tardaría en abandonarla, en un rasgo de sensatez.

Como a lxs demás, me había provocado repulsión la contrafigura de Gassman, pasado a la otra vereda en búsqueda de dinero y poder, a despecho de sus ideas y sentimientos anteriores. Se había hecho trampa a sí mismo y a sus antiguos compañerxs de lucha y de vida. Un “triunfo” patético, no lo querría para mí ni para nadie cercano.

La charla cinematográfica se prolongó durante un par de horas y se derivó hacia amigxs y amores. Mi compañera de división me gustaba más que un poco y eso daba motor a mi pretendida elocuencia, en realidad sólo verborragia adolescente.

Ya cansados, emprendimos la combinación de subte y colectivo que nos demandaría una hora de viaje. El clima opresivo de nuestro destino inicial quedaba en el olvido. Vivimos mucho más que una noche de cine. Habíamos asistido a una gran película, disparadora de ideas y sentimientos encontradxs, poniendo luego en común nuestras emociones. Inmersos en una atmósfera casi encantada.

Las sombras y amenazas de la época seguían allí. Nosotros ya no éramos los mismos. Y Nos habíamos… nos quedaba como una emoción a atesorar de por vida.

Daniel Campione en Facebook.

@DanielCampione5 en Twitter.

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