Los feminismos populares frente al punitivismo, los escraches y la justicia penal

Los feminismos populares frente al punitivismo, los escraches y la justicia penal

2Ago22 0 Por Gabi Bard Wigdor, Orne Maritano

Las estrategias punitivas aisladas no han conseguido justicia ni vidas más vivibles para las corporalidades feminizadas, entonces: ¿es posible construir mayorías con lógicas punitivas? Más bien, pareciera que nos atoramos con prácticas y miradas individualistas, separatistas y expulsivas. Desconfiamos de los discursos punitivistas y de los neoliberales que prometen que, en el empoderamiento individual y en la autosuficiencia, vamos a ser libres y felices. ¿Podemos darnos estas charlas espinosas?

 

“Las instituciones descansan tranquilas por no tener que tratar con aquellas locas, extrañas, conflictivas, molestas, feas, lesbianas, confrontacionales, que tiran piedras contra sus aposentos políticos y comunicacionales”. 

Victoria Aldunate Morales

Mientras escribimos esta nota, un prestigioso psicoanalista es escrachado en las redes sociales por “machista, patriarcal y consumidor de mujeres”. Se pide su expulsión de todos sus espacios laborales, que se le retire la matrícula de psicólogo y que deje de dar clases. Debatimos mucho, nos enojamos por las posiciones encontradas y nos sentimos perdidas. ¿No es acaso el terreno de la política donde debemos dirimir estas cuestiones? ¿No son las aulas, la comunidad, las redes, los espacios militantes donde debemos dar una batalla cultural por justicia feminista? El planteo no es que las víctimas no denuncien ni busquen sus mecanismos de reparación en los términos que lo necesiten, hablamos, más bien, de la comunidad de feministas que se creen con la posta e indican que el camino es excluir, expulsar y castigar.

Desconfiamos de los discursos punitivistas y de los neoliberales que prometen que, en el empoderamiento individual y en la autosuficiencia -como si eso fuera verdaderamente posible-, vamos a ser libres y felices. No hay libertad, felicidad ni justicia cuando las condiciones de vida son estas formas precarias de supervivencia. Por eso, desde hace un tiempo, venimos dialogando entre compañeras sobre una preocupación común en relación a las formas de abordaje de las violencias machistas en nuestro país.

Notamos una excesiva expectativa acerca de que el Estado, el sistema judicial o las instituciones formales con sus dispositivos de “atención de la violencia de género” sean espacios que, en sí mismos, puedan resolver asuntos tan jodidos y complejos como son las múltiples y diversas manifestaciones de la violencia y las desigualdades de género-clase-raza, las cuales son creadas por el mismo orden. Y por esto, nos preguntamos: ¿recurrir a esos sistemas de justicia son verdaderas opciones para reclamar por nuestros derechos y libertades? ¿Son los escraches una solución real al dolor y la impunidad que nos muestran esas instituciones?  

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(Imagen: La tinta)

Somos conscientes de que con las preguntas que traemos podemos errar, equivocarnos, pero de eso se trata hacer praxis, la famosa teoría-acción feminista, atrevernos a un pensar-sentir vivo que no se quede cómodo con consignas que ya tienen consenso, pero también límites: las vidas de las mujeres y cuerpos sexo-disidentes no están libres de violencias a pesar de la enorme batería de leyes y políticas que se impulsan desde el Estado, y las medidas de restricción, tobilleras y detenciones que las mismas han generado. Ni las desigualdades ni el potencial de muerte cesan. El capitalismo se subjetiva y se encarna tanto en instituciones, políticas, espacios sociales y cuerpos singulares que actúan dicho orden, que están atrapados por la lógica de la víctima-victimario.

Creemos que estamos heredando un efecto colateral del 2015, cuando, al ritmo de la necesaria y maravillosa “marea verde”, crecía un discurso acerca de que los trans-travesticidios y femicidios, junto a las violencias estructurales contra nuestros cuerpos feminizados, eran únicamente resultado de vínculos violentos con varones cisgénero que encarnan una masculinidad hegemónica. Caracterizados -en general- de modo homogéneo como violentos por naturaleza o como responsables individuales de las desigualdades y violencias que el orden imprime en nuestros cuerpos.


No estamos negando la responsabilidad directa de aquellos sujetos singulares que violentaron e, incluso, asesinaron a nuestras compañeras, sino que vinculamos la realidad de esos varones con un orden extractivista, que estructuralmente aniquila los cuerpos y no solo en razón de su género (que existen y mucho), sino en tanto representantes y referentes de la lucha por el acceso a la tierra, la vivienda, el trabajo digno y la oportunidad de un buen vivir para todxs (recordamos a Marielle, a Berta y tantas otras compañeras asesinadas). Nos matan por mujeres, lesbianas, trans o travestis, pero también por liderar procesos de luchas a nivel regional y global. Los cuerpos politizados son más peligrosos que los que reclaman desde el lugar de víctimas que buscan la tutela del Estado. 


Sucede que a veces nos gana la ceguera por la impotencia y el dolor, emociones que, combinadas, no nos dejan ver el mapa completo de la violencia héteropatriarcal ni sus formas complejas de operar sobre las subjetividades, los cuerpos y las emociones de todxs. Sentimos bronca, dolor, tristeza, frustración y desánimo hacia los varones cisgénero, y especialmente heterosexuales, en tanto consideramos que nunca podrán aportar a la causa feminista y que siempre serán “agresores, violentos, violines”, etc. Y esto, en algún punto, resta en la lucha y el trabajo de los transfeminismos por desbiologizar la sexualidad, por no esencializar el género, la clase, la racialidad y las identidades. ¿Acaso no luchamos contra los estereotipos y mandatos de lo que es una buena o mala víctima? ¿No marchamos contra las detenciones arbitrarias y contra la violencia racial por portación de rostro? Ahí sí vemos la potencial alianza con pibes, jóvenes varones racializados que están siendo aniquilados, perseguidos, anulados en sus potencias, con quienes tenemos que hablar, construir e incluir en nuestras luchas feministas contra el poder como dominación.

Pero parece que estamos dejando en el clóset debates históricos que dieron los feminismos, como es la construcción de gramáticas de justicia con conceptos tales como opresión, resistencias, organización y revoluciones: ¿será que dejamos de hablar de heterotopías y formas de hacer comunidad para pasar a reiterarnos con el pedido de cuotas, asistencia y ciudadanía? Extrañamos esos debates, necesitamos feminismos populares dispuestos a ensuciarse, a contaminarse con otrxs y de diversas luchas, con sus diferentes cuerpos, necesidades e intereses. 

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(Imagen: Eloísa Molina para La tinta)

“Ustedes le cuidan la pija al patriarcado”

¿Cuidarle la pija al patriarcado es cuestionar que el castigo, la justicia penal, el escrache virtual no sean la primera alternativa para exigir justicia? ¿Molesta que digamos que estas estrategias pueden dañar a las víctimas, a sus entornos amorosos y que impiden transformar la subjetividad de quien conceptualizamos como agresor (por ausencia de palabras menos estigmatizantes)? El antipunitivismo despierta bronca en el entorno cercano, nos preocupa y nos convoca a reflexionar sobre la “autopercepción de víctima” como una lógica escasamente efectiva para enfrentarse a la violencia patriarcal. Al menos, revisemos la imagen que hemos construido de un “victimario” como sinónimo de varón cisgénero, como si, por nacer marcado varón, ya fueras violento, monstruoso y enemigo natural de las mujeres y cuerpos disidentes de la cisnorma, al que tenemos que encerrar de por vida o dar pena de muerte. ¿Cómo es que el discurso de un sector del feminismo termina hermanado con aquellos grupos sociales que piden mano dura y bajar la edad de imputabilidad?

Esa trama insospechada es el neoliberalismo, del que los feminismos no están siendo ajenos. Ser mujer, travesti, trans se convierte siempre en sinónimo de víctima y no cualquiera, sino aquella a la que se le exige sentirse, comportarse o tramitar los efectos de las violencias en el cuerpo con una actitud de fin de la historia. La víctima tiene que ser indefensa, estar deshecha, no tener potencia ni ser capaz de agenciar respuestas que mejoren sus condiciones de vida y justicia. ¿Qué pasa cuando la persona que sufre un daño no está deshecha y, al contrario, se defiende, siente ganas de activar colectivamente sobre el tema, quiere reclamar justicia formal o solo terminar con el tema y dar vuelta la página para continuar con su vida? ¿Qué pasa cuando la víctima empatiza con el agresor, no lo justifica, pero lo comprende? Entonces, ya no creemos que merezca nuestra atención o acuerpamiento, incluso, a veces las rechazamos porque no les creemos o nos molesta. 

Hay una insistencia, a diario, en cancelar y punir, la excesiva expectativa para con el Estado y las instituciones que anulan respuestas que confronten con la lógica neoliberal de lidiar individualmente o a través del mercado con la violencia. En términos generales, no estamos proponiendo condiciones de vida alternativas al capitalismo héteropatriarcal, racista y ecocida. A la vez que estamos construyendo un sujeto varón que queremos capturado por el sistema punitivo-penal. Ojo, no se trata de cuidar por cuidar al tipo que violenta, sino de buscar formas de interpelación de la masculinidad para que estas situaciones no se repitan una y otra vez; de crear estrategias reparatorias junto a las corporalidades que han sufrido el daño y quienes han dañado; de exigirles a las referentes y teóricas feministas, a los espacios de género de las instituciones y las organizaciones, a todxs aquellxs cuyo rol institucional se respalda en los feminismos, que generen espacios alternativos, redes y sostenes comunitarios para todxs. Agentes que atiendan estos problemas y medien con los movimientos feministas y sociales, que convoquen a generar alternativas ante estos hechos una vez consumados y  prioritariamente trabajen en su prevención. Solo así es posible escapar de la impunidad, del fascismo social, del castigo como gramática de justicia y del deseo de dar muerte física o social.


Y somos también nosotrxs, lxs feministxs, quienes necesitamos abandonar la pretensión de representar a priori las voces de las víctimas y las sobrevivientes de situaciones de violencias patriarcales como espectáculos punitivos en las redes sociales y como usinas de discursos que contagian odio y que lo único que hacen es aliviar nuestra sensación de estar “haciendo algo”, de “estar siendo sororxs”, algo de esa culpa judeo-cristiana impregnada en la cultura. Salirnos de la gramática del sistema penal y del aparato estatal de control, ser más exigentes con nuestras comunidades y crear formas de hacer justicia plurales, situadas, corpóreas, ajustadas a cada caso y situación.


Al decir de Galindo, dejemos de confundir la autonomía que nos debemos con la protección de quien, al mismo tiempo, nos violenta. Parece el síndrome de Estocolmo.

Adriana Carrasco, recientemente, dijo que tengamos cuidado con desconectar la condición patriarcal heterosexual obligatoria, capitalista y colonial de la violencia estructural. Victoria Aldunate Morales, allá por 2019, nos provocó a recuperar la memoria de feminismos que confrontan al patriarcado como orden y que no se reducen a exigir “diversidad”, denunciar el machismo, la “inequidad”, “falta de oportunidades” o “discriminación” con el Estado como único interlocutor. 

Que la rabia nos active en un cuerpo colectivo que es la organización, la presión feminista en cada espacio institucional, el apañe cómplice en la causa, el encuentro político, formativo y rebelde para que, de verdad, “el miedo cambie de bando” y ese bando sea el régimen capitalista, racista, heteropatriarcal y extractivista.

*Por Gabi Bard Wigdor y Orne Maritano para La tinta / Imagen de portada: Ana Medero para La tinta.

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